Si quieres saber qué se valora en una civilización, busca qué tipo de edificio es el más ostentoso y grande. Fíjate en la catedral de Burgos, en la pirámides de Giza. Párate a contemplar el Taj Majhal, contempla el templo de Kulkukán. Piensa en Stonehenge, en Newgrange, en la torre Eiffel. Visualiza el aspecto del Capitolio, de la Ciudad Prohibida, la Casa del Pueblo de Bucarest.
Y ahora veamos qué valoramos nosotros a tenor de nuestras grandes construcciones: Palm Jumeirah en Dubai, el Caesar’s Palace, el Icon of the Seas de Royal Caribbean. La Bolsa de Diamantes de Surat, el Valdebebas Shopping, el Empire State, si me apuran y quieren pensar en algo bonito.
Nuestras mayores y más costosas construcciones, las que más recursos han consumido, las que están llamadas a ser admiradas, son las dedicadas al consumo. Consumo, añado, de bienes y servicios suntuarios a los que poner la coletilla “de lujo”. Zapatos de lujo, bolso de lujo, reloj de lujo, vacaciones de lujo (si pone “ensueño” es para clases medias), cena de lujo, y diamantes auténticos, porque decir “diamantes de lujo” es pleonasmo. En los márgenes de las construcciones mastodónticas están las cosas que no se valoran en la sociedad, que son las no productivas. Las personas somos imprescindibles en el consumo (no tanto en la producción), y tenemos una edad útil para tal cosa. Lo primero para consumir es desear, y el deseo es infinito. El deseo, tan rápido como empezamos a hablar, se enrosca en nuestras carencias y emocionales y en nuestros impulsos. Lo que desean los bebés no es monetizable, porque se conforman con cualquier cosa.
Lo mismo pasa con los ancianos, que pierden poder adquisitivo y también fuerza para desear. Duermen demasiado y son muy lentos. No son útiles. La edad fértil para el consumo estará entre los cinco y los ochenta años, un poco menos en personas que pierdan antes sus facultades. Así pues, nuestra sociedad no le presta demasiada atención a esos primeros y últimos años, donde se consume poco pero se precisa mucho. Son demandas básicas pero caras, porque no se pueden automatizar. No podemos saber cuándo un individuo tendrá necesidad de orinar o defecar, ni cuando llorará o cogerá algún objeto que no deba. Son edades no solo improductivas, sino también ingobernables.
Hace dos semanas me encontré, en un bar inenarrable, a unas mujeres con poca pinta de parar por allí; no parecían venir del penal ni ir a robar a nadie. Les pregunté si venían de algún sitio, y me dijeron que sí, que de la manifestación. Eran profesoras de infantil (de cero a tres años) que se planteaban si ir a la huelga. Pues bien, han ido a la huelga. Estas señoras cobran poco más de mil euros por cuidar a los humanos más indefensos. Esas criaturas que, de una en una ya son pesadas, le llegan a las aulas de veinte en veinte. Uno se hace caca, el otro vomita, y un tercero le introduce a un cuarto un crayón por la nariz. Les dan de comer, les cuidan, les entretienen, les cambian y les enseñan mientras nosotros producimos por algo más de dinero (rara vez por menos). Mil euros en España (y no digamos ya en Barcelona, Madrid, Sevilla, Málaga, Mallorca) no dan para vivir, y a veces no dan ni para el alquiler. Mil euros no son un pago justo por atender a niños de menos de tres años. De hecho, mil euros no son un pago justo por casi ningún trabajo (seamos objetivos), pero es llamativo que siempre sean estas cantidades las que van a parar a los trabajos de cuidados a los más vulnerables: profesoras de guardería, cuidadoras, trabajadoras sociales (pongo los trabajos en femenino porque las mujeres son la enorme mayoría).
La huelga de profesores de guardería ha sido calificada de “salvaje”, porque ha afectado al trabajo de otros. Esos otros, si nadie cuida de sus hijos, no pueden ir a trabajar, porque con un niño pequeño al cargo no se puede. A la hora de plantearse la división de gastos de los presupuestos, convendría empezar por lo elemental y, si queda algo, ir a lo suntuario, a todas esas campañas realizadas por asesores y amigos, a esa renovación del parque informático a la que ningún diputado se niega. Podíamos ir recortando de acompañantes en los viajes oficiales y quitar dietas a quien no las necesita, subvenciones en la cafetería, y sobresueldos varios. No poca gente dice que “con eso no se hace nada”, pero seguro que sirve para mejorar las condiciones de vida de las que cuidan de nuestros bienes más preciados, que en teoría son los hijos. Así, de paso, hasta se incentivaba la natalidad, que de eso tampoco vamos sobrados. Así dentro de mil años, cuando otros desentierren nuestros restos, no dirán que solo nos dedicábamos a comer nachos con queso los fines de semana en el centro comercial.

