Opinión

Museo Puta: las trabajadoras sexuales representan su propia historia

El Museo Puta, en L'Hospitalet, Barcelona.
El Museo Puta, en L'Hospitalet, Barcelona.
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Durante siglos, las trabajadoras sexuales han ocupado lienzos, novelas, películas y fantasías. Han sido musas, metáforas del pecado y/o víctimas en el imaginario colectivo. Casi nunca, sin embargo, han tenido la posibilidad de contar su propia historia. El Museo Puta, en L’Hospitalet, Barcelona, nace precisamente para romper ese silencio.

Impulsado por la asociación APROSEX, colectivo formado por trabajadoras y trabajadores sexuales que luchan por los derechos laborales y la desestigmatización, en colaboración con otras trabajadoras, y comisariado por Linda Porn y Pancho Godoy, el proyecto visibiliza artistas de España y América Latina. Es un proyecto colectivo e itinerante, que no pretende únicamente exponer obras de arte. Aspira a algo mucho más ambicioso: construir un archivo vivo de memorias, conocimientos y experiencias que durante demasiado tiempo han sido expulsadas de los espacios de legitimidad cultural.

“El museo es la última casa que nos faltaba habitar“, afirma Linda Porn. La frase resume el corazón del proyecto. Porque cuando un colectivo ha sido históricamente representado por otros, ocupar un museo deja de ser un gesto artístico para convertirse en un acto profundamente político.

La exposición reúne obra física y audiovisual de artistas como Carolina Calle, Bruna Kury, Georgina Orellano, María Riot, Colectivo Ayllu, Anneke Necro, Montse Neira, Linda Porn, Pancho Godoy o Silvia Rubí, entre muchas otras. Sus piezas dialogan desde lenguajes diversos -fotografía, vídeo, instalación, performance o pintura- pero comparten una misma voluntad: hablar en primera persona.

Y ahí reside una diferencia fundamental. Durante siglos, la prostitución ha sido observada desde fuera. Las políticas públicas, la academia, los medios de comunicación o el arte han construido discursos sobre las trabajadoras sexuales sin contar con ellas. El Museo Puta invierte esa lógica. No busca explicar el trabajo sexual desde una mirada externa, sino desde quienes lo han vivido.

Ese cambio de perspectiva resulta especialmente significativo en un contexto político marcado por el auge de las propuestas abolicionistas. En España, el debate sobre el trabajo sexual se ha endurecido en los últimos años. Diversas iniciativas legislativas plantean la desaparición de la prostitución mediante la penalización a los clientes, mientras organizaciones como APROSEX advierten de que estas políticas terminarían aumentando la precariedad, la clandestinidad y la vulnerabilidad de muchas trabajadoras sexuales, especialmente de las migrantes y las personas trans.

En un momento en que el trabajo sexual continúa siendo uno de los temas más polarizados del debate público, el Museo Puta introduce una variable incómoda e imprescindible: escuchar. Escuchar antes de legislar, antes de teorizar y antes de representar. Porque, independientemente de la posición que cada cual mantenga respecto a las políticas abolicionistas o regulacionistas, resulta difícil sostener un debate democrático si las propias trabajadoras sexuales continúan siendo las grandes ausentes de la conversación.

La dimensión anticolonial atraviesa buena parte de Museo Puta. Las piezas recuerdan que la criminalización del trabajo sexual no puede separarse de otros sistemas de opresión construidos durante la modernidad colonial: el racismo, el control sobre los cuerpos migrantes, la persecución de las disidencias sexuales y de género o la pobreza. Desde esa perspectiva, las artistas recuperan memorias íntimas borradas por la historia oficial, explorando la espiritualidad, la sacralidad y las formas de relaciones afectivo-sexuales que existían antes de la imposición de las jerarquías coloniales.

Cada obra desafía décadas de representaciones estereotipadas. Quizá esa sea la mayor potencia del proyecto. No pide permiso para existir ni espera reconocimiento externo para validar sus relatos. Simplemente ocupa un espacio del que históricamente había sido expulsado. Quizá el verdadero valor del Museo Puta no sea responder todas las preguntas. Tal vez consista en obligarnos a formular otras nuevas

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