Opinión

Réquiem por el revés a una mano

FLUSHING MEADOWS (United States), 08/09/2025.- US President Donald J. Trump is displayed on overhead televisions during prematch ceremonies before Carlos Alcaraz of Spain faces Jannik Sinner of Italy during the men's singles final of the US Open Tennis Championships at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in Flushing Meadows, New York, USA, 07 September 2025. (Tenis, Italia, España, Nueva York) EFE/EPA/BRIAN HIRSCHFELD
Las gradas del Abierto de Estados Unidos de Tenis.
EFE/EPA/BRIAN HIRSCHFELD
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Dos de las tracciones que mueven mi ajada carrocería son el cine y el tenis. Del primero escribo todas las semanas por aquí. Hasta hace poco, no sé por qué, quizás porque no sabía, o no me apetecía, o no lograba maridar fluidos, no he escrito sobre el último. La verdad es que no me salía de una manera orgánica: ni perfilar jugadores, ni analizar la siniestra forma en la que este deporte te desmonta mentalmente, ni lo precioso que es.

No sé, la cosa es que no encontraba la percha, como dicen los que redactan con título.

Últimamente me ha dado por escribir en varias publicaciones muy serias sesudos artículos con el tenis como música de fondo; uno, metiéndome a saco con el Mutua Madrid Open -alguien tenía que hacerlo-, sirviendo de bigmouth de lo que los jugadores piensan en realidad sobre este torneo sin necesidad de hacerles un warning; y otro, sobre lo que significa Wimbledon a nivel tenístico, sus fresas con nata y su identitario anacronismo funcional y estético. Ahora estoy viendo la miniserie documental sobre Rafa Nadal, llamada crípticamente Rafa y dirigida por Carl Theodor Dreyer. Promete crónica.

Tampoco he puesto negro sobre blanco nada a propósito de mi generación y la manera en la que ha conducido gran parte de mi vida y la gente con la que he podido jugar “a” tenis y que, milagrosamente, todavía continúa haciéndolo conmigo.

El asunto es que, escribiendo el otro día un artículo sobre la potencial muerte del cine tal como lo entendemos y de su brazo armado, las salas, canto del cisne de un oficio como el de pastor o curtidor, me vino a la cabeza la última generación de los artesanos del tenis: los postreros comanches del revés a una mano.

Y aprovechando el inicio del último Grand Slam del año, el mastodóntico US Open en su edición 146, aquí va mi letanía.

El extenista Rafa Nadal presenta el nuevo museo de su academia. EFE/ Cati Cladera
El extenista Rafa Nadal presenta el nuevo museo de su academia. EFE/ Cati Cladera

Verás, aunque no estés familiarizado con el tenis, se entiende muy fácil: en este deporte el golpe de revés (backhand) se puede ejecutar de dos maneras: bien o mal.

Va, en serio. Hay dos técnicas para golpear la pelota de revés: una es con una mano -si eres zurdo, como somos los normales, o diestro como los raritos-, pues con tu mano izquierda y la derecha como arbotante; y la otra, el revés a dos manos, colocando en la empuñadura la mano dominante debajo y la otra, lógicamente, encima. El resultado es como golpear a lo mecagüen una pelota de béisbol o una película de Nolan.

Cada técnica requiere de su propia pericia: el tipo de empuñadura, que es la manera en la que angulas la raqueta al cogerla, la forma en la que colocas tu cuerpo respecto de la bola –perfilada y distante como Isabel Windsor en el revés a una mano, basta y de frente a dos manos, como un divorciado en Snobissimo-; los apoyos, la terminación, el spin, etc… ¿Qué te creías? ¿Que este deporte era como el pádel?

El revés a una mano, como te podrás suponer después de este tutorial para dummies, requiere mucha más pericia técnica: tienes que cerrar la empuñadura, casi como si fueras a sepultar la raqueta, tratando de lograr el llamado spin, es decir, acariciar la pelota como una lija para que rote sobre sí misma a más velocidad que cuando la empuja Superman y que coja parábola, vuelo, altura, y lo que los tenistas llamamos “velocidad de bola”, que no es darle más fuerte, sino que cuando bote salga proyectada como un adolescente sin hora de llegada.

El revés a una mano es un gesto bello, estético, dinámico, pero tan inútil e inane como cenar en casa con mocasines: prácticamente ningún jugador del circuito profesional –ninguno del Top Ten- lo ejecuta así: tenemos a Tsitsipás, cuyo revés tiene el mismo débil encofrado que las columnas de Partenón, o los irreductibles Shapovalov, Dimitrov y Musetti. Y para el recuerdo, lo mejor que nos ha dado suiza después del Rolex: el precioso pecho palomo de Stan Wawrinka –que le hizo llorar al eslavo Djokovic- y, por supuesto, la madre de todos los reveses a una mano, fuera de cualquier calificativo: la danza walkiria del Ilustrísimo Señor Don Roger Federer, que según dicen, jugaba a esto del tenis. En España nos quedamos con el anarquista Feli López, el más disruptivo de los que ha habido por aquí y, desde luego, perdóneme el pastor luterano Rafa, mucho más divertido. No incluyo aquí a ninguna tenista porque en el Top 50 no hay ¡ni una! con revés a una mano. Cuánto te añoramos Steffi y tus lonchas como cuchillos a revés cortado.

Aryna Sabalenka
La tenista profesional bielorrusa Aryna Sabalenka
@arynasabalenka

El revés a dos manos, en cambio, es el que practican el resto de tenistas y que sufriremos en este Abierto de Estados Unidos que recién desembalamos: Carlitos –Here We Go!-, Zverev, Felix, Medvedev, Jódar, Fritz (de Sinner nos libramos por los pelos; más bien por su rodilla derecha). El revés a dos manos es un golpe feo, rudo, muy físico y en el que tienes que tirarte encima de la bola y no separarte de ella, a diferencia del elegante desdén del revés a una mano, e impactarla con todas tus fuerzas haciendo palanca, brillante metáfora del tenis que nos queda, similar a un short de Instagram: agresivo, impaciente, tempestivo, “palo va, palo viene”.

En 1992, a punto de abandonar mi viejo club de tenis, mi añorada Peña Vitoriana, el jefe de los profesores de aquella época, un tipo de Zaragoza llamado Toni, que llegó para poner orden en el caos provinciano, pidió que todos los chavales empezaran a entrenar el revés a dos manos.

Cuando mi hijo de cuatro años comenzó a dar clase en 2016 en nuestro club Fuencarral de Madrid, pedí tímidamente a su entrenador si le podía enseñar el golpe a una mano. Me miró con la cara de alguien al que se le aparece la parca, y muy amablemente me respondió: “creo que no”.

Así que aquí quedamos, hasta que seamos ceniza al viento, los ‘Joses’, Anita, Marce, Gonzaga, Ramón, Inés, Eric, Rober, Antoñito, Fer, David, el ‘tío Fede’ –decano de todos nosotros-, Alejo, Ignacio, homéricos Ulises en mis clubes de Madrid, Vitoria y Huelva, que ejecutamos el tiro de revés a una mano. Ni que decir tiene que todos pasamos de los 45, que no nos harán una wildcard para Flushing Meadows, y que con nuestra desaparición se irá uno de los oficios más preciosos de este deporte: descanse en paz, pues, el revés a una mano.

P.D. Mi querida Jelena ’Ostrapenko’, 31 en el ranking de la WTA, si supiera español, se desovaría de todos nosotros leyendo esto. Su revés a dos manos, misil balístico, corre más que cualquier derecha. Incluida la de ellos.

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