Opinión

Tiempo de (des)cuento

Fuera de las instituciones hay relojes que no se paran. | Ilustración:
Fuera de las instituciones hay relojes que no se paran. | Ilustración: César Sánchez, kiloycuarto.es
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Hay un momento al final de algunos partidos en el que ya casi nadie juega para ganar. Se juega para que pase el tiempo. Para llegar al pitido final. Hay quien se tira al suelo sin que apenas le hayan tocado, quien protesta cualquier cosa y quien solo intenta que el reloj siga corriendo. Quedan pocos minutos y basta con que no ocurra nada.

La política española empieza a parecerse demasiado a eso.

Pedro Sánchez insiste en que agotará la legislatura hasta 2027. Tiene todo el derecho a hacerlo. Pero este será el último curso político completo y la conversación ya ha cambiado de tiempo verbal. El Gobierno calcula cuánto margen le queda; la oposición, cuánto desgaste puede acumular. Y no ocurre solo en Madrid. El 23 de mayo habrá elecciones municipales en toda España y autonómicas en diez comunidades. Presidentes regionales, alcaldes y candidatos empiezan también a mirar de reojo el marcador.

Fuera de las instituciones hay relojes que no se paran.

La vivienda es quizá el ejemplo más evidente. Casi uno de cada tres hogares jóvenes estaría en situación de pobreza una vez pagados los gastos de vivienda. La tasa de emancipación juvenil en el 14,5%, el mínimo registrado. Y no será por falta de conversación. En lo que va de Legislatura, el Congreso ha dedicado cerca de 42 horas a intervenciones relacionadas con vivienda.

Llevamos años hablando de ella. Hemos aprobado leyes, anunciado planes, discutido topes y bonificaciones. Después empieza el reparto: el Gobierno señala a las comunidades, las comunidades al Gobierno, los ayuntamientos recuerdan sus limitaciones y la oposición explica todo lo que haría si gobernara.

Muchas de esas explicaciones son plausibles. La vivienda depende de distintas administraciones. Precisamente por eso resulta tan fácil convertir la complejidad institucional en una coartada. Pero repartir competencias no puede significar repartir excusas.

Mientras discutimos de quién es cada competencia, una generación sigue haciendo algo bastante menos sofisticado: esperar. Esperar para emanciparse, para encontrar un alquiler digno, para formar una familia… Para empezar, al fin, la vida que lleva años esperando.

Me toca de cerca: pertenezco a esa generación y pienso en el futuro desde la responsabilidad de criar a mis hijos. Por eso me interesa cada vez menos saber a quién culparemos dentro de diez años. Me interesa saber quién está haciendo hoy lo necesario para que entonces haya algo que funcione. Asignemos responsabilidades. Seamos un poquito más serios.

Con la emergencia climática ocurre algo parecido. España está especialmente expuesta a sus consecuencias, pero seguimos tratando la adaptación como una política del futuro. Cada verano redescubrimos el calor extremo, la sequía o los incendios con la sorpresa de quien abre una factura que sabía que iba a llegar. Y vuelve el descuento de responsabilidades: Bruselas, la autonomía, el ayuntamiento, el gobierno anterior, el actual…Puede que todo pueda ser verdad y, aun así, no sea suficiente.

La democracia reparte el poder para limitarlo. Lo que no puede hacer es repartir tanto la responsabilidad que resulte imposible encontrarla. Las legislaturas terminan. Las campañas terminan. Los problemas estructurales tienen la mala costumbre de quedarse.

Dentro de unos meses todos volverán a pedirnos el voto. Sería razonable pedirles algo a cambio: menos tiempo explicándonos por qué no pueden y más haciendo aquello que sí depende de ellos.

Estamos entrando en tiempo de (des)cuento. De la legislatura y del margen para seguir aplazando problemas. Porque quizá hayamos tenido ya demasiado tiempo de cuentos: excusas, reproches y responsabilidades que siempre son de otro. Menos cuentos y más partido. El reloj sigue corriendo también cuando la pelota está fuera.