Nací entre los bosques geométricos de olivos de una provincia, Jaén, en cuya superficie cabrían con acomodo el País Vasco y media Cantabria. Hace décadas era una tierra tradicionalmente desangrada por la emigración, y también, un vivero de tricornios, porque en Baeza se alzaba la academia de la Guardia Civil, donde entraban muchos jóvenes con acento andaluz. Y lo siguen haciendo.
En mi infancia, cuando un guardia —un civil, decíamos coloquialmente los sureños— era destinado al País Vasco, se empleaba el término geográfico “el Norte”, un lugar señalado por la brújula donde cumplir unos años de peligrosa misión hasta que regresaba. Si regresaba.
Bienvenidos al Norte es una película muy graciosa que muestra los prejuicios de los franceses más cosmopolitas hacia los habitantes de Calais, tenidos por inveterados rústicos. La película, con gags exagerados y actores histriónicos, es un ejemplo de cómo la comedia francesa es deudora de los filmes de Louis de Funes y carece de fórmulas de recambio.
Pero aquel Norte español no era ninguna humorada. Los civiles, con guerreras verdes y sin chalecos antibalas, patrullaban en pareja en un Cuatro Latas —un Renault 4 con el mismo blindaje que el papel platino de una chocolatina— por los caminos rurales y los pueblos de bucólicos caseríos. Los independentistas, con la rabia emanada de la septicemia de sus almas, los llamaban maketos, y los terroristas los acribillaban a tiros o los reventaban con bombas.
Raro era el día en que el telediario no informaba de atentados que dejaban malheridos o muertos a unos guardias civiles cuyos funerales, a veces, se negaban a oficiar curas de corazón de pedernal, y si lo hacían, los ataúdes eran sacados por la puerta de atrás de las parroquias, al igual que en muchos pisos de antes las familias burguesas tenían una puerta de servicio para que las criadas entrasen discreta y directamente por la cocina.
Recuerdo cómo las viudas de los civiles asesinados retornaban a sus respectivos pueblos enlutadas y con sus hijos huérfanos. En ocasiones, eran tan jóvenes que apenas habían disfrutado la vida en pareja, pero vestían de negro y llevaban a cuestas su pena honda. Muchas de aquellas mujeres de destinos truncados se hartaban del estigma de la viudez que la sociedad de entonces les marcaba a fuego, como a reses, y se largaban lejos, a otros lugares, a rehacer su vida. Otras, sin embargo, se quedaban en sus pueblos natales, guardándoles la ausencia al marido muerto o dejando que el tiempo amainase su depresión y cicatrizase sus heridas. Esas mujeres eran un tabú, la cara b de la vida en el Norte. Ningún escritor escribiría jamás una novela sobre ellas ni ningún cineasta haría una película teniéndolas como protagonistas, o actrices de reparto, o extras…
También recuerdo —¿cómo puedo olvidarlo?— cuando en mis veraneos de juventud en la malagueña Costa del Sol, de repente, se metían en el mar dando gritos de alegría grupos de niños pastoreados por sus monitores. Eran huérfanos de civiles caídos en el Norte que, gracias a alguna asociación de víctimas del terrorismo, iban a la playa durante uno o dos días para bañarse y tener un remedo de la vida normal que disfrutábamos el resto de veraneantes.
Por eso, cuando Agustín Díaz Yanes dirigió Un fantasma en la batalla, tanta gente de mi generación y de la de mis padres nos reconciliamos con el olvidadizo cine español, nos emocionamos con esa historia basada en hechos reales de una guardia civil —mujer tenía que ser, valiente entre valientes— infiltrada durante años en el entorno de ETA y, al final épico de la película, derramamos lágrimas que nos supieron dulces, en contraste con tantas lágrimas saladas que vertimos durante un tiempo tan largo que parecía infinito, cuando los tricornios de charol descansaban sobre la bandera nacional que cubría los féretros.
Recientemente, el Gobierno vasco, en virtud de las transferencias penitenciarias concedidas por el Gobierno de la nación, concedió el tercer grado a un antiguo dirigente etarra condenado por 39 asesinatos y autor de atentados tan atroces como el de la casa cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza en 1987, donde fallecieron once personas, cinco de ellas, niños. El terrorista múltiple no aguardaba en el corredor de la muerte de una cárcel estadounidense o china. Cumplía una condena de casi cinco mil años (aligerada desde hace un año por dicho gobierno autonómico, pues de lunes a viernes solamente dormía en la trena) que la consejera vasca de Justicia y Derechos Humanos ha acortado con una firma, supongo que realizada en su despacho y no sé si decidida en la Casa del Pueblo, tomando un chiquito y un pincho. El terrorista ni siquiera ha hecho un corta y pega de la IA para condenar de manera pública y explícita la violencia y pedir perdón por su cerro de crímenes.
Un etarra anda suelto. Se llama Henri Parot.

