Me regala el periodista David García Martín un libro anarka, raro y hermoso que responde al nombre de Niño parabólico (Periférica, 2025) y que firma Constantino Molina (Pozo-Lorente, Albacete, 1985), un escritor voraz que, como aquel zumbado que se inventó Cervantes hace cuatro siglos, parte de La Mancha al Universo. El autor, que emparenta literariamente con Larra, Valle, Gómez de la Serna y Umbral, ha parido una novela mercúrea, libérrima, invertebrada de trama, en la que habla de la vida sin hablar de la suya propia –la proposición admite, cuando menos, enmiendas parciales–, inventándosela “un poco para salirse de sí mismo y a la vez entrar así de lleno en la existencia”. Por sus días más o menos felices en Argüelles asoman Montaigne, el fantasma de Aleixandre y el padre de Monedero. Con un porrón de aje y “fuerza lírica”.
Hace unos días, Manuel Valdivia, creador de series como Médico de familia o Compañeros, me contaba que un editor le rechazó una novela lamentando que “hay más escritores que lectores”. Mis dudas tengo. Raro es el día en el que en mi correo electrónico no hay quince o veinte propuestas de entrevistas a escritores. Desconozco si habrá más escritores que lectores, sí que creo que hay más lectores que escritores con una voz propia y reconocible. El Auto-Tune también llegó a la literatura. Autores correctos los hay a puñados; autores distintos, prrr, Error 403 Forbidden.
Así pues, en este trasunto de casting de Operación Triunfo, aparece una especie de Bob Dylan de Albacete que dinamita el canon contemporáneo, sea lo que sea eso. Molina posee –y lo sabe– el don, la “fuerza lírica”, que decíamos antes, y la compara con un F-18: “Cuesta un tiempo hacerse con ella, manejarla, saber conducirla, tomar la altura justa y hacer que los pájaros en lugar de volar en desbandada la acompañen. Además, hace falta saber de espera y controlar de fantasmagoría o abstracción, porque casi siempre el sonido también llega después”. He tenido la tentación de teclear que la fuerza de Niño parabólico no reside en el qué, sino en el cómo, porque la prosa de su autor vive y bulle sin aspavientos, como un cliente del Pub Single antes de la tercera copa. Sin embargo, el libro es un puchero de reflexiones lúcidas y provechosas sobre el arte y la literatura elaboradas con observación, reflexión e inteligencia. Escribe el paisano: “A mí todo esto de hablar con los muertos me parece muy normal, y es que en eso consiste básicamente hacer arte. Ser artista es eso, saber que el tiempo como cronología lineal hacia delante no es cierta, sino que la cosa consiste en moverse por la nebulosa con total libertad e ir estableciendo conversación con esa nómina de nombres que la transitaron antes y aprender, contraponerse o debatir con ellos”. Nihil obstat.
Además, el niño de provincias que sigue siendo uno empatiza y suscribe con lo que Molina sostiene sobre el Foro: “Esta ciudad es un lugar que ya no navega, que no se busca, que ya es un todo caleidoscópico, expansivo en su quietud, y que a lo largo de los siglos ha pasado de ser barco a ser océano. (…) Yo todavía me busco en ella”. Ay del día en el que dejemos de hacerlo.

