Medio siglo después de que el rey Juan Carlos nombrara presidente del Gobierno a Adolfo Suárez, la Selección Española de Fútbol ha resucitado un concepto que, cuando la Transición, empezó a usarse con frecuencia y que, desde el zapaterato, contadísimas excepciones al margen –“Iniesta de mi vida”, etecé–, yacía en el sepulcro de Lázaro.
Me refiero al consenso. En Adolfo Suárez. La opción más difícil (Taurus, 2026), el historiador Juan Francisco Fuentes explica que sus orígenes eran muy recientes y que apenas se utilizó hasta entonces “porque no hubo una política de consenso merecedora de tal nombre antes de la Transición democrática”. No en la dictadura, por supuesto, pero tampoco en la Segunda República. “De la reconciliación al consenso –continúa el profesor–: tal podría ser la definición del momento crucial que vivió la política española en el verano de 1977”.
Pasaron los años, el vocablo abarató su significado y, finalmente, políticos de los hunos y de los hotros le dieron una paliza similar a la que recibió el Frodo de Cruz y Raya en aquel mítico sketch de “La manta élfica”. Cuando, en septiembre de 2022, le pregunté a Rocío Monasterio cuál es la palabra que más detestaba, la por entonces portavoz de Vox en Madrid me respondió: “Consenso. Porque se abusa de ella”. Por su parte, al año y muy poco, Pedro Sánchez, en su discurso de investidura, reivindicaba la política de muros para marginar a los más de 11,2 millones de españoles que votaron el 23 de julio de 2023 a PP y a Vox: “Si algo ha dejado claro la derecha reaccionaria es que no se va a detener. Y por eso en este debate, señorías, estamos eligiendo algo muy importante. O bien alzamos un muro ante estos ataques recurrentes a los valores de la España democrática y también constitucional, o bien le damos salvoconducto”.
Arrancó el Mundial y los Cucurella, Porro, Rodrigo –por Dios, ¡Florentino, fíchalo!–, Lamine Yamal y demás chavales comandados por ese extraordinario caballero que responde al nombre de Luis de la Fuente –qué lección de educación y de saber estar dio hace unos días, tras los abucheos de cuatro gañanes argentinos– han ido destruyendo, hasta la victoria final, esas trincheras, esas vallas rematadas con concertina erigidas por políticos de cien mil raleas. España se volcó con una Selección que les representa mejor que 350 diputados. Poquito a poco, eh. Que la aventura no estuvo, de primeras, exenta de suspicacias y reticencias. Recordemos el “¿Y por qué no?” de ese centralazo que es Aymeric Laporte, o aquellas declaraciones de Oyarzábal en El Mundo, con el campeonato ya en marcha: “Estáis en una onda un poco negativa, no sé muy bien el motivo”.
De Mataró a Santa Cruz de Tenerife, de Betanzos a Mahón, una vastísima multitud de paisanos ha celebrado el triunfo noble y limpio de unos futbolistas que se han ganado el cariño y el respeto de la afición, en palabras del rey Felipe VI, armándose “de paciencia sin desesperaros”: “Habéis sido piña, equipo, solidarios, generosos y, además, habéis ganado con gallardía”. Luego están, claro, los muyahidines de guardia y los esnobs. Y los nacionalistas euskaletarroides que firmaron agresiones en Bilbao, Vitoria, Berriz y Berriozar. Lo que ganaríamos los demócratas si, desde el consenso, construyéramos un muro contra semejante gentuza. Aunque a algunos les costara el Gobierno.
En fin, no hemos venido a hablar de utopías, sino a celebrar el Campeonato del Mundo. Viva España, carajo. Manque gane.

