Los niños que nacieron en los ochenta y noventa todavía podían salir de casa con una bicicleta y regresar a la hora de cenar. Bajaban a comprar el pan, iban caminando al colegio, jugaban en la calle o llamaban al telefonillo de un amigo para saber si podían bajar. Sus padres no conocían su ubicación en tiempo real y tampoco existía un grupo de WhatsApp en el que preguntar si había llegado.
Un caso ocurrido en Estados Unidos ha reabierto el debate. Karyann Parkinson permitió que Sam, su hijo de cinco años, recorriera solo aproximadamente 800 metros por su urbanización de Williamsburg, en Virginia, para recoger plumas de ganso junto a unos estanques que conocía. Un vecino vio al pequeño, avisó a seguridad y acabó interviniendo la policía. Dos semanas después, la madre fue detenida y posteriormente condenada por contribuir a la delincuencia de un menor. La pena de seis meses de prisión quedó suspendida y Parkinson ha recurrido la sentencia.
La madre declara que había enseñado al niño a cruzar calles, volver a casa y pedir ayuda y que conocía perfectamente aquello que su hijo era capaz de hacer. Su defensa ha convertido el caso en una pregunta: ¿en qué momento proporcionar autonomía a un niño empieza a ser considerado irresponsabilidad?
La barrera española de los 12 años
En España puede que no haga falta llegar a un juzgado para comprobar cuánto ha cambiado nuestra percepción del riesgo. Basta mirar cada mañana las puertas de cualquier colegio. Los datos muestran una infancia mucho más acompañada de lo que recuerdan generaciones anteriores. Un amplio estudio publicado en 2023 en Acta Paediatrica que reunió datos procedentes de once investigaciones españolas y analizó finalmente a 4.983 niños y adolescentes encontró una enorme diferencia antes y después de los 12 años. Entre los menores de 6 a 11 años, sólo el 16,5% de los niños y el 10,5% de las niñas se desplazaban al colegio de manera independiente. Entre los adolescentes, las cifras rozaban ya el 78%. Es decir, aquello que durante generaciones formó parte del aprendizaje -recorrer unas calles sin adultos, orientarse, calcular el tiempo, resolver un pequeño imprevisto- se ha trasladado a edades más avanzadas.

Otro estudio realizado por investigadores de la Universidad del País Vasco con 1.002 niños y adolescentes de entre 8 y 16 años concluyó que solo el 36,33% realizaba de manera independiente el trayecto al colegio. Los niños a quienes sus padres permitían realizar el recorrido de manera autónoma manifestaban una mayor sensación de seguridad en su entorno y se percibían como más maduros y capaces de desplazarse por él. Quienes iban acompañados tendían, por el contrario, a considerar las calles más inseguras y a identificar con mayor frecuencia los peligros del trayecto.
¿Acompañamos a los niños porque el mundo es más peligroso o terminan percibiéndolo como más peligroso porque nunca les permitimos recorrerlo solos? Una investigación de la EHU publicada este verano vuelve sobre esa cuestión. Los autores defienden los caminos escolares seguros como una forma de devolver autonomía progresivamente a los menores y, al mismo tiempo, reducir los temores de los adultos.
La cuestión es determinar cuánto riesgo razonable necesita asumir un menor para aprender a desenvolverse sin que siempre haya un adulto anticipándose a cualquier problema. Antes parte de ese aprendizaje ocurría en la calle. Uno se caía de la bicicleta, se equivocaba de camino, discutía con otro niño, perdía las llaves o llegaba cinco minutos tarde. Eran pequeños problemas y precisamente por eso podían convertirse en pequeños aprendizajes.
Ahora los adultos tienen herramientas que permiten intervenir antes incluso de que aparezca la dificultad. Los grupos de WhatsApp resuelven los deberes olvidados, los móviles permiten preguntar dónde está el menor y la geolocalización puede seguir cada desplazamiento. Incluso una discusión infantil puede llegar a casa antes que el propio niño.
Gestores de sus vidas
El debate ha alcanzado este mismo comienzo de curso. Psicólogos y educadores han advertido del riesgo de que los grupos de WhatsApp de padres terminen convirtiendo a los adultos en gestores permanentes de la vida escolar de sus hijos y les impidan asumir progresivamente responsabilidades que corresponden a su edad. “La autonomía no aparece espontáneamente el día que un adolescente cumple determinada edad. Se aprende y necesita entrenamiento. Ir primero unos metros por delante de los padres; después comprar algo solo en una tienda cercana; más tarde recorrer una calle conocida; finalmente ir al colegio con amigos”, nos explica la psicóloga Cristina Delgado. La independencia infantil, según indica, no tiene por qué consistir en pasar de la vigilancia absoluta a la libertad absoluta, sino en ampliar progresivamente el espacio que un niño puede gestionar por sí mismo.

Tampoco existe una edad universal. “Importan la madurez del menor, la distancia, el tráfico, el barrio, la existencia de pasos seguros y la capacidad para reaccionar ante un imprevisto. Un niño de diez años puede estar preparado para recorrer 500 metros por una zona peatonal y otro de la misma edad no estarlo”.
También existe una diferencia entre niños y niñas. Los estudios españoles han detectado una mayor autonomía de desplazamiento entre los chicos durante la infancia, una brecha relacionada, entre otros factores, con la distinta percepción parental del riesgo. “La intención de los padres que acompañan, controlan y localizan a sus hijos es protegerlos. Pero la protección absoluta tiene un coste cuando impide adquirir precisamente las herramientas necesarias para protegerse algún día sin ellos”, señala Delgado.
El caso de Virginia ha llevado esa contradicción hasta un extremo judicial. Parkinson quiere que sus hijos trepen a los árboles, exploren y aprendan a sentirse seguros en el mundo. Su hijo regresó aquel día a casa con las plumas de ganso que había ido a buscar, pero detrás de él llegó un guardia de seguridad. Entre la generación que volvía a casa cuando se encendían las farolas y esta, en la que un adulto puede contemplar en una pantalla cada movimiento de su hijo, hemos ganado indudablemente capacidad de protección. La pregunta es si, por el camino, les hemos quitado también parte de la oportunidad de aprender a protegerse solos.

