“Lo que ves en un eclipse total es completamente distinto de lo que sabes”, escribió Annie Dillard en su célebre ensayo Eclipse total después de contemplar el fenómeno del 26 de febrero de 1979. Es la frase repetida por Pablo de Vicente, director del Observatorio de Yebes, después de vivir el miércoles el suyo. “Mi primer eclipse total. Una preciosidad. No me lo imaginaba así. Verlo en persona es diferente. Me ha parecido corto. Me habrían gustado unos minutos más”», añadió con la emoción todavía a flor de piel.
Todos sabíamos científicamente qué iba a pasar. Habíamos visto fotografías, vídeos, simulaciones y horarios. Pero conocer un eclipse y estar dentro de un eclipse son experiencias diferentes. El paisaje perdió sus colores hasta parecer una fotografía antigua cuyos tintes se hubieran desvanecido. “Fascinante, perturbador”, explica una vecina que lo ha vivido desde su urbanización en la sierra madrileña. “En los alrededores de mi casa aparecieron los murciélagos. Las luces automáticas de la piscina se encendieron como lo hacen cada noche cuando detectan que ha desaparecido suficiente claridad. El paisaje parecía irreal”, añadía todavía sobrecogida por lo que acababa de ver.

El eclipse llegó después de meses de preparativos, cientos de miles de gafas vendidas, hoteles completos, carreteras vigiladas y un país entero haciendo cálculos para encontrar un horizonte despejado. Pero nada de eso explicaba lo que ocurrió cuando la Luna terminó por cubrir el Sol. La luz adquirió un tono imposible, bajó la temperatura, se encendieron farolas y luces automáticas, algunos animales interpretaron que había llegado la noche y millones de personas levantaron simultáneamente la cabeza.
Aplausos y muchas emociones
España vivió este miércoles su día de las dos noches. Y durante unos instantes se hizo el silencio. Después llegaron los aplausos, las exclamaciones y las emociones. A las 20.27 h. aproximadamente comenzó la totalidad en los primeros puntos de España. La sombra avanzó después de oeste a este, atravesó la Península y alcanzó finalmente el Mediterráneo y Baleares. Galicia, Asturias, Cantabria, Castilla y León, País Vasco, La Rioja, Aragón, Cataluña, Comunidad Valenciana y las islas quedaron, total o parcialmente según el lugar, bajo uno de los fenómenos naturales más extraordinarios que pueden contemplarse desde la Tierra.
En torno al 40% del territorio español estaba dentro de la franja de totalidad. En el resto del país, incluida buena parte del centro y del sur, el eclipse fue parcial, aunque con una ocultación extraordinariamente elevada. Desde playas, montañas, plazas, terrazas, piscinas, carreteras, observatorios y campos abiertos, millones de personas levantaron la cabeza hacia el oeste protegidas por esas pequeñas gafas oscuras que durante las últimas semanas habían llegado a convertirse casi en objeto de primera necesidad.
Había quien llevaba meses preparando el viaje y quien simplemente salió al jardín. Astrónomos rodeados de telescopios y familias armadas con sillas plegables. Unos llevaban cámaras profesionales y prismáticos convenientemente protegidos. Otros, sus móviles. También lo vivieron con singular expectación los niños, a quienes sus padres repetían por enésima vez que no miraran directamente al Sol.
Entre quienes viajaron expresamente a España se encontraba Brian May. El guitarrista de Queen, doctor en Astrofísica, eligió el Observatorio Astrofísico de Javalambre, en Teruel, para contemplar la totalidad. “¡Voy a España! ¡Hurra!”, había anunciado antes del viaje, acompañado de Set the Controls for the Heart of the Sun, de Pink Floyd. Este miércoles cumplió su propósito y retransmitió en directo desde su cuenta de Instagram imágenes del eclipse, compartiendo con sus seguidores los minutos previos y el momento en que la Luna terminó por imponerse al Sol. May, que recuperó sus estudios de Astrofísica décadas después de abandonarlos por Queen y terminó doctorándose en 2007, contemplaba así desde España un fenómeno en el que se daban cita sus dos grandes biografías: la estrella del rock y el científico.
Por la dimensión del acontecimiento, España recibió el eclipse como si se tratara de una gigantesca celebración nacional. Las estimaciones previas contemplaban cientos de miles de desplazamientos adicionales y las autoridades desplegaron decenas de miles de efectivos para gestionar tráfico, aglomeraciones y, especialmente, el peligro de incendios en plena ola de calor. La expectación había atraído además a numerosos visitantes extranjeros hacia una España rural convertida durante unas horas en uno de los grandes observatorios astronómicos del planeta.
Un Sol que no parecía Sol
Llegado el momento, sobraron casi todos los preparativos. Solo había que mirar. Antes de la totalidad, el eclipse llevaba casi una hora avanzando. La Luna había ido comiéndose lentamente el Sol y en los miradores las gafas de cartón pasaban de mano en mano. Primero cambió la luz. La tarde perdió de repente la calidez de agosto y los colores se enfriaron. Las fachadas, los árboles, las carreteras y las caras adquirieron una tonalidad extraña, como si alguien hubiera bajado la intensidad de la luz sin apagarla del todo. No era todavía de noche, pero tampoco parecía ya de día.
A medida que se acercaba el máximo, el Sol dejó incluso de parecer un Sol. A través de las gafas se veía un creciente cada vez más estrecho, una especie de uña luminosa suspendida sobre el horizonte. Cada pocos segundos desaparecía otro fragmento. La luminosidad descendió rápidamente. El cuerpo empezó a percibir la bajada de temperatura. Las sombras se hicieron extrañas y la sensación ambiental dejó de corresponderse con la hora que marcaba el reloj. Durante unos instantes desapareció también aquello que normalmente compone el ruido de fondo de una tarde de verano. El eclipse ocurría en el cielo, pero también en nuestra piel, en nuestros sentidos e incluso en los animales.
El miedo de las elefantas
Con especial sorpresa lo siguió Cristian, veterinario del Safari de Madrid. “Me ha sorprendido brutalmente. Las cebras corrieron con miedo y las elefantas se escondieron en el cobijo. Al volver el día, se tocaron entre ellas con las trompas para calmarse unas a otras”. No todos reaccionaron igual. Joan Vilaró, granjero catalán, no cuenta, sin embargo, que sus animales apenas se inmutaron. “Ni siquiera las vacas que se encontraban al aire libre reaccionaron cuando cambió la luz”.
Para nosotros existían horarios, aplicaciones y retransmisiones. Para ellos solo había señales, como la caída de la luz, el descenso de la temperatura y un anochecer que llegaba cuando todavía no correspondía. A unos 150 millones de kilómetros de nosotros y, al mismo tiempo, a menos de 400.000, el Sol, la Luna y la Tierra acababan de colocarse casi exactamente sobre una misma línea.
El último hilo de Sol
Un eclipse conserva todavía algo primitivo incluso para una sociedad que conoce con precisión matemática cuándo empieza, cuánto dura y a qué segundo termina. Sabíamos desde hacía años que el 12 de agosto de 2026 la Luna ocultaría el Sol. Podíamos consultar en el móvil el minuto exacto. Habíamos visto simulaciones, gráficos y fotografías. Y, aun así, cuando ocurrió, resultó desconcertante.
Durante la totalidad, quienes se encontraban dentro de la franja pudieron quitarse las gafas protectoras y contemplar directamente el disco negro de la Luna rodeado por la corona solar. El día se convirtió entonces en una especie de crepúsculo imposible. En algunos lugares duró poco más de un minuto. En otros se acercó a los dos. En Oviedo, por ejemplo, la totalidad alcanzó aproximadamente un minuto y 48 segundos; en A Coruña fueron unos 76 segundos. El máximo del fenómeno en su recorrido mundial llegó a dos minutos y 18 segundos. Meses de espera para poco más de cien segundos. Y, sin embargo, fueron suficientes.
La totalidad terminó con la misma rapidez con la que había llegado. Un punto cegador apareció en uno de los extremos del disco lunar. El Sol comenzó a regresar. Y la transformación fue asombrosamente rápida. Volvió la claridad y las formas recuperaron volumen. El paisaje empezó a calentarse visualmente. Los sensores dejaron de tener razón. Poco a poco regresaron también los sonidos cotidianos. Era de día otra vez.
Habíamos visto anochecer y, en lugar de avanzar hacia la oscuridad, el tiempo parecía haber dado marcha atrás. Después de la noche llegó otra vez la tarde. Y poco más tarde, cuando el Sol terminó finalmente de esconderse detrás del horizonte, llegó la segunda noche. La verdadera. Annie Dillard tenía razón. Una cosa era saber lo que iba a ocurrir y otra muy distinta verlo.















