Antes de que el ácido le cambiara el rostro, la colombiana Consuelo Córdoba ya sabía lo que era sufrir.
Tenía tres meses cuando su madre la abandonó. Su padre viajaba continuamente y fueron sus abuelos quienes se hicieron cargo de ella. Creció en el campo, en una familia que sobrevivía buscando oro y cambiando lo poco que encontraba por arroz, sardinas o cualquier alimento con el que llenar la mesa.
Consuelo no pudo comenzar la escuela hasta los 15 años. Lo que debía ser una oportunidad para cambiar su vida acabó abriendo otra herida. Un profesor abusó de ella y se quedó embarazada.
Cuando nació la niña, Consuelo acudió a casa de la familia del maestro buscando una respuesta. Él negó que fuera su hija. La madre del abusador pronunció entonces una frase que no olvidaría: “La hija de mi hija, mi nieta será. La hija de mi hijo, en duda estará”.

Nadie respondió por lo ocurrido. No hubo una condena ni alguien que protegiera a aquella adolescente. Su hija quedó al cuidado de la bisabuela y Consuelo abandonó el pueblo para buscarse la vida lejos de allí.
Pasó por Buenaventura y Cali. Lavó ropa ajena, planchó durante horas y trabajó en distintas casas realizando labores domésticas. Después llegó a Cartagena. Allí conoció a un hombre de ojos azules, hijo de un español. Aquel hombre acabaría convirtiéndose en su marido. También en su agresor.
Un amor convertido en miedo
Consuelo describe los primeros años de la relación como una época feliz. Trabajaban, compartían una casa y tenían proyectos. Hubo un tiempo en que creyó haber encontrado el hogar que le había faltado desde niña.
Después aparecieron el alcohol, los celos y los golpes. Su marido comenzó a llegar borracho y a agredirla. Cuando Consuelo hablaba de separarse, él la amenazaba. Le repetía que, si no era para él, no sería para nadie. Aquella frase, que tantas veces se pronuncia antes de un crimen, terminó convirtiéndose en una advertencia real.
Consuelo decidió trasladarse sola a Bogotá. Había conseguido trabajo como empleada doméstica interna y quería empezar de nuevo. Su marido viajó varias veces desde Cartagena para convencerla de que regresara. Ella se negaba.
La última visita ocurrió en el año 2000. Una noche cenaron juntos. Poco después, él se marchó de la vivienda. Regresó unos minutos más tarde gritando que lo habían atracado. Aunque llevaba las llaves, pidió que le abrieran la puerta. Escondía detrás de su cuerpo una botella de vidrio.
Consuelo bajó para saber qué había ocurrido. Entonces él la culpó del supuesto robo y le arrojó el contenido de la botella sobre el rostro y el cuerpo. “Yo no sabía que me había echado ácido; pensé que era aguardiente”. El líquido comenzó a quemarle la piel. Consuelo corrió a por agua mientras su marido escapaba. El dueño de la casa le llevó rápidamente al Hospital. Allí permanecería durante dos años.
Una vida entre quirófanos
Los días se convirtieron en meses y los meses, en operaciones. Mientras los médicos intentaban reparar las lesiones, Consuelo ayudaba a alimentar y cuidar a los niños ingresados en la unidad. Estaba sola en Bogotá, sin familiares que pudieran acompañarla.
Ha pasado por 88 intervenciones. Sólo 18 de ellas para reconstruir la nariz. A pesar de ello todavía necesita utilizar dos tubos para poder respirar.

Llegó un momento en que los médicos le comunicaron que el hospital ya había realizado todos los procedimientos posibles. Las operaciones que quedaban eran plásticas y su coste estaba fuera de su alcance.
Su vida quedó entonces repartida entre consultas, medicamentos y recorridos por las plazas de mercado. Pedía dinero para pagar una habitación, comprar comida y adquirir los fármacos que necesitaba.
Una justicia que nunca llegó
Después de recibir el alta, Consuelo denunció al agresor. Fue localizado y condenado a cuatro años de prisión. Permaneció sólo unos meses encarcelado. “Pagó a alguien del sistema judicial y salió libre”.
Hace un año, Consuelo pidió que averiguaran qué había sido de él. Le dijeron que había formado otra familia y que tenía dos hijos. Después decidió no preguntar más. Su hija, después de que ocurriera la agresión, se desentendió de Consuelo. Nunca más ha sabido de ella.
La promesa que hizo al papa Francisco
En 2017, durante la visita del papa Francisco a Colombia, Consuelo intentó acercarse al Pontífice durante varios días. No tenía dinero ni invitación, pero se desplazó de un lugar a otro con su bastón, convencida de que debía contarle su historia. “El Papa me pidió que prometiera que no recurriría a la muerte asistida. Yo acepté si Colombia me ayudaba”. Éste fue categórico: “el país te va a ayudar”.
Consuelo salió de aquel encuentro creyendo que algo iba a cambiar. Llegaron las fotografías, las entrevistas y las palabras de apoyo. Las operaciones nunca llegaron. Después se apagaron las cámaras y ella regresó a las calles.
Hasta que el pasado 3 de septiembre, fue entrevistado para un canal de Youtube, llamado “Vamos pa’ eso”. La entrevista la vieron 1.5 millones de personas y se hizo viral.
@vamospaeso “Colombia me va a ayudar”, le prometió al Papa para no rendirse. Hoy, años después, la realidad sigue siendo difícil, pero nosotros podemos cambiar su historia. 💙 ❤️🩹 Encuentra el link de la Vaki en nuestras Historias y haz tu aporte para Consuelito. Entrevista completa en nuestro canal de YouTube o Spotify. #VamosPaEso #HistoriasReales #ConsueloCordoba #Podcast #Colombia
“Si las cosas se dan y me ayudan para hacerme la boca y la nariz, al menos esas dos operaciones, sigo viviendo”. No estaba pidiendo recuperar el rostro que tenía antes del ataque. Quería respirar mejor, comer con menos dificultad y dejar de recorrer las calles explicando su desgracia a desconocidos.
El entrevistador puso en marcha una campaña de recaudación y en horas se anunció que había apoyos para financiar las dos intervenciones reconstructivas. Además el empresario colombiano Arturo Calle comunicó la compra de una vivienda y una ayuda económica mensual.

Consuelo no espera venganza. “Le perdoné desde el primer momento. Soy persona de fe. Yo tengo un Dios de amor, y él tiene el demonio”. Pero perdonar no significa olvidar, ni hace menos dolorosos tantos años de abandono. El ácido le arrebató una parte de su rostro; las promesas incumplidas estuvieron a punto de quitarle también las ganas de vivir. Ahora su futuro depende de que la ayuda anunciada se convierta, por fin, en hechos.

