Las siglas LGTBI son hoy una referencia universal. Aparecen en medios de comunicación, leyes, campañas institucionales y manifestaciones. Pero pocas personas conocen por qué la L, de lesbiana, va primero. No fue un capricho ni una cuestión de orden alfabético. Detrás hay una historia que arranca en los años ochenta, en plena epidemia del sida, y que habla de solidaridad, valentía y un compromiso que cambió para siempre la forma en que el movimiento decidió nombrarse.
Un movimiento que durante décadas habló solo de hombres
Durante años, el movimiento por los derechos de las personas homosexuales gravitó casi en exclusiva en torno a los hombres gais. El término que lo agrupaba era simplemente comunidad gay, una etiqueta bajo la que quedaban invisibilizadas las lesbianas, las personas bisexuales y las trans. Cuando el movimiento empezó a organizarse de forma más estructurada y a utilizar siglas, la G encabezaba el acrónimo: GLBT. Así lo recoge la Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM, que documenta cómo esa abreviatura con G al frente acentuó el descontento de las mujeres lesbianas dentro del propio colectivo.

Las lesbianas lo vivían con una frustración doble. Por un lado, algunas corrientes del movimiento feminista de la época tampoco las acogían sin reservas: la expresión amenaza lavanda, acuñada en 1969 por Betty Friedan desde la National Organization for Women, reflejó el rechazo que sufrieron dentro del propio feminismo. Por el otro, dentro del colectivo LGTBI sus reivindicaciones eran tratadas como secundarias. Según recoge la Dra. Jill Gover, ex profesora de Historia LGBTQA+ de la California State University, las lesbianas sentían que los hombres homosexuales se comportaban de forma excluyente, y algunos grupos llegaron incluso a plantearse separarse del movimiento conjunto.
El sida y la ayuda de las lesbianas
El 5 de junio de 1981, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) informaron sobre cinco casos de una neumonía inusual en hombres jóvenes homosexuales de Los Ángeles. Los medios comenzaron a hablar de cáncer gay. Era la primera alerta pública sobre lo que después se llamaría sida. En 1983 ya era una epidemia. Miles de hombres gais enfermaban y morían mientras los gobiernos miraban hacia otro lado, las familias abandonaban a sus hijos y el estigma social crecía sin freno.
Fue entonces cuando las lesbianas dieron un paso al frente. Muchas se convirtieron en cuidadoras, enfermeras voluntarias y acompañantes de enfermos a quienes sus propias familias habían rechazado. Organizaron redes de apoyo, recaudaron fondos y se convirtieron en la columna vertebral de una comunidad que se desmoronaba.

Uno de los ejemplos más documentados es el del grupo Blood Sisters de San Diego, fundado en 1983. Ese año, las autoridades sanitarias prohibieron a los hombres homosexuales donar sangre. Las lesbianas, que no estaban sujetas a esa restricción, respondieron organizando campañas de donación específicamente destinadas a los enfermos. Su primera convocatoria, el 16 de julio de 1983, reunió a casi 200 mujeres y generó más de 130 donaciones. Entre 1983 y 1992, el grupo organizó doce campañas y sirvió de modelo para iniciativas similares en todo el país, según documentación conservada en los archivos de la Yale University Library y recogida por LGBTQ Nation y Diva Magazine.
Paralelamente, las lesbianas jugaron un papel protagonista dentro de ACT UP, la organización fundada en 1987 para exigir al gobierno y a la industria farmacéutica investigación y acceso a tratamientos. Según recogen distintas fuentes académicas, entre ellas el análisis de la investigadora Deborah Gould citado por ANRed, las mujeres y las lesbianas tomaron un rol protagonista dentro de ACT UP, participando en comités científicos, estrategia mediática y planificación de acciones directas, aunque la visibilidad pública tendiera a recaer sobre figuras masculinas.

El reconocimiento llegó en forma de letra
A medida que los tratamientos antirretrovirales fueron volviéndose más accesibles a finales de los noventa, los propios hombres homosexuales empezaron a mirar atrás y a reconocer lo que había ocurrido. Según la autora Jennifer Brier, fue en ese contexto cuando fue ganando terreno la práctica de referirse al colectivo anteponiendo el término lesbiana al de gay: primero en el lenguaje cotidiano, después en el nombre de organizaciones y finalmente en el propio acrónimo. El historiador John-Manuel Andriote, en su libro Victory Deferred: How AIDS Changed Gay Life in America, también señala cómo la epidemia ayudó a fomentar esa solidaridad y el posterior reconocimiento.
No existió una votación ni una resolución internacional que decretara el cambio. Fue un proceso gradual, impulsado desde el activismo, que fue consolidándose organización a organización hasta que la nueva fórmula se impuso en buena parte del mundo occidental. La L pasó al frente no por decreto, sino por consenso.
Una letra que es también una reivindicación
El cambio no era solo simbólico. Colocar la L en primer lugar era también una forma de combatir la doble invisibilidad que habían sufrido las lesbianas: marginadas por algunas corrientes del movimiento feminista y relegadas dentro del propio colectivo al que pertenecían. Era un gesto político que reconocía que el movimiento no podía seguir funcionando como si solo existieran los hombres gais.
La incorporación posterior de las letras B, T, I, Q y otras identidades confirma que el acrónimo nunca ha sido estático. Cada letra añadida es el reflejo de una lucha por la visibilidad de colectivos que durante demasiado tiempo quedaron fuera. Lo mismo ocurrió con la bandera de colores creada en 1978 por Gilbert Baker evolucionó hasta la actual Progress Pride Flag o bandera interseccional, diseñada en 2018 por Daniel Quasar, que incorpora los colores de la bandera trans y franjas marrones y negras para representar a las personas racializadas y a quienes perdieron la vida por el VIH. En 2021 se añadió también un círculo morado sobre fondo amarillo para visibilizar a las personas intersexuales.

