“Mi niño no respira”. Son las escalofriantes cuatro palabras que, con voz entrecortada y entre lágrimas, logró articular Manuel el 7 de marzo de 2016. En cuanto cruzó el umbral de casa percibió que algo iba mal. El silencio era total. Y a simple vista, sobre la cama de matrimonio solo estaba su mujer. Parecía dormida, pero estaba inconsciente. Debajo asomaba el bulto de su hijo Daniel, de 18 meses, completamente amoratado. “No respira. Está muerto”, le reiteró Manuel a la operadora de Emergencias. Al otro lado, intentaban guiar sus respuestas en medio del horror para poder asistirle: nombre, localidad… “Seseña… ¡Dios mío!”, gritó. Y añadió: “Mi mujer todavía respira”. En ese instante, él encajó las piezas de lo que tenía ante sí: “¡Algo le ha hecho mi mujer, algo le ha hecho! Dios mío, mi vida, mi tesoro, cariño mío… No me jodas, Ale, no me jodas”.
Alejandra no reaccionó. Ni ante los gritos ni la desesperación de su marido. Se había tomado un cóctel de barbitúricos con la intención de quitarse la vida tras asfixiar a su hijo con una almohada. El escenario era a priori tan confuso e irracional que la primera hipótesis que se barajó fue la accidental: que ella se hubiese desmayado sobre el bebé. Llevaba meses en un estado depresivo, durmiendo mal y sufriendo episodios de ansiedad. Pero nadie temió que fuese el mayor peligro para su hijo.

Tras el crimen, ingresó en la unidad d psiquiatría del hospital de Toledo y recibió el alta justo dos años después, con el juicio a la vista. Todos los informes y exámenes que le practicaron concluyeron lo mismo: Alejandra sufría un trastorno mental severo e inestabilidad emocional grave, y había matado a su hijo en pleno brote de psicosis posparto. Como en el caso de Lindsay Clancy, la estrategia de defensa tenía un camino a a seguir: pedir la eximente por enajenación mental. Pero al igual que en Massachusetts, la postura de la acusación iba a ser la contraria.
La primera mujer que se enfrentó a prisión permanente revisable
El crimen de Seseña reabrió el debate, a la vista de un padre destrozado que clamó justicia en platós de televisión con dos únicas condiciones. Manuel no quería escuchar la llamada desesperada que hizo al 112 y pidió que se mostrara una foto de su hijo en pantalla “para que todo el mundo vea cómo era Daniel”. Su hijo. La víctima. Para su exmujer reclamaba la máxima pena. De hecho, Alejandra Fernández, de 39 años, fue primera mujer en enfrentarse a la prisión permanente revisable en España. Sin embargo, nunca llegó a sentarse en el banquillo. A los tres meses de recibir el alta psiquiátrica, se suicidó.
Cora, Dawson y Callan. Son los nombres de las víctimas de Lindsay Clancy: sus hijos de 5, 3 años y 8 meses a los que estranguló con una banda elástica cuando se encontraban solos en casa. Como en el caso de Alejandra, no había nadie más. El marido de Lindsay se los encontró sin vida después de hacer unos recados que le encargó ella. Para la Fiscalía, la planificación subyace en ese comportamiento. También en el de Cristina, una valenciana de 38 años que el 27 de febrero de 2023 se encontraba “únicamente en compañía” de su bebé cuando lo acuchilló. Las heridas en cuello, tórax y mano derecha fueron mortales de necesidad. El pequeño tenía un año.

Ocurrió en Vilamarxant, Valencia. Y, como en Massachusetts, también ella saltó al vacío. Lo hizo desde la azotea de su casa. Y, como Lindsay, también sobrevivió. Año y medio después, se convocó a las parte en la Audiencia de Valencia. Pero el juicio no llegó a celebrarse pues hubo sentencia de conformidad e incluso el padre renunció a la indemnización. Sobre la mesa, la contundencia del diagnóstico de Cristina: “presentaba sus facultades cognitivas y volitivas totalmente anuladas debido a a un cuadro psicopatológico de psicosis posparto”.
Absuelta la mujer que obligó a su bebé a tragar un pendiente
La decisión final de la jueza, la absolución. Se le aplicó la eximente completa. Con lo que evitó la prisión e incluso el ingreso en centro penitenciario psiquiátrico. Sin embargo, su libertad quedó supeditada al cumplimiento de “tratamiento médico externo forzoso durante un plazo máximo de cinco años”. Y no es el único caso en el que la justicia española tuvo en cuenta la psicosis posparto para conceder la absolución. En 2015, en Madrid, la bebé había sobrevivido al intento de asfixia de su propia madre.
La mujer había forzado a su hija de tres meses a tragar una bolita de goma y un pendiente de perla. Por suerte, ninguno de los objetos llegó a la glotis. Pero el peligro era evidente. Un mes antes de los hechos, la madre fue ingresada por una “ideación auto y heterolítica dirigida contra su hija”. Desde el nacimiento de la pequeña, se habían sucedido las visitas a urgencias y los episodios de riesgo. Aunque según se constató en el juicio, cuando con posterioridad al intento de asfixia la acusada ingresó en la unidad de psiquiatría y fue tratada de la psicosis puerperal con terapia electroconvulsiva la evolución fue total. Con lo que la decisión final pasó por una libertad vigilada, durante diez años y sin fijarse prohibición alguna de acercarse a hija como había pedido la acusación.
Eximente incompleta tras degollar a su bebé como “un sacrificio”
Zaida llevaba tiempo mal. Muy mal. Pero su marido había dejado pasar la última de las alertas de las amigas de su mujer. Le habían diagnosticado depresión posparto, tras dar a luz a mediados de 2015, y en La Villa de Don Fadrique, Toledo, seguían su evolución con preocupación. Incluso la abuela materna se había erigido en principal cuidadora de sus nietos; la niña de tres años, y al bebé de apenas tres meses, a los que su madre intentó raptar por igual. Lo logró solo con el pequeño.
“Satán, Satán, ven a por mí”, la oyeron gritar mientras lo degollaba en el cementerio del pueblo, con la Guardia Civil sin tiempo de intervenir. Según la sentencia, Zaida fue “incapaz de controlar” el estado en el que estaba por las “ideaciones delirantes de temática místico-religiosa con referencias constantes a Satán, la Biblia y similares”. Dos años después de los hechos, la mente de la asesina era otra. Había recibido tratamiento y aceptó tanto los hechos como la condena. Los seis años de cárcel que le cayeron por matar a su hijo, con la consideración de eximente incompleta por sufrir “una alteración parcial de las facultades cogniscitivas y volitivas” debido a la psicosis posparto que sufría.

