El abogado de Christopher Gregor advirtió al jurado al comenzar el juicio: “Cuando vean el vídeo se horrorizarán”.
Las imágenes procedían de la cámara de seguridad de un gimnasio de Nueva Jersey. En ellas aparecía Christopher, de 31 años, junto a su hijo Corey, de seis. El padre pulsaba varias veces el botón para aumentar la velocidad de una cinta de correr. El niño intentaba mantener el ritmo, pero acababa cayéndose. Christopher lo agarraba por la camiseta, lo levantaba y volvía a colocarlo sobre la máquina sin reducir la velocidad.
Antes de que aquella grabación lo convirtiera en protagonista de un proceso judicial, Corey era un niño sociable al que le gustaba el dibujo y el espacio. Su madre, Breanna, tenía 17 años cuando nació y se encontraba en tratamiento por una adicción. La custodia del pequeño quedó en manos del padre.

Breanna continuó viendo a su hijo con frecuencia. Durante una de las visitas, lo llevó al pediatra. El médico dejó constancia de varias lesiones y el pequeño aseguró que el padre le obligaba a correr “porque estaba gordo”. La madre alertó a los servicios de protección infantil. También solicitó la custodia de emergencia, pero su petición fue rechazada.
Días después del episodio en el gimnasio, Christopher informó a Breanna de que Corey tenía dificultades para hablar, caminaba con inestabilidad y había vomitado. El padre lo llevó al hospital. Allí, el niño sufrió una convulsión. Los médicos intentaron reanimarlo, pero no pudieron salvarle la vida.

La autopsia detectó una laceración en el corazón, una contusión pulmonar y daños en el hígado. Los forenses concluyeron que Corey había muerto a consecuencia de un traumatismo contundente en el pecho y el abdomen, y calificaron la muerte como homicidio.
Durante el registro de la vivienda de Christopher, los investigadores examinaron su historial informático. Encontraron búsquedas sobre cuánto tardaban unas marcas rojas en convertirse en moratones y sobre la posibilidad de rastrear un teléfono o un vehículo.
Tras casi seis semanas de juicio, el jurado descartó el delito de asesinato, pero declaró a Christopher culpable de homicidio involuntario agravado. El juez lo condenó a 20 años de prisión por la muerte de Corey y a otros cinco por el maltrato sufrido en la cinta de correr.

Ante el tribunal, pidió perdón por lo ocurrido en el gimnasio, aunque mantuvo que no había causado la muerte de su hijo.
Breanna ha insistido desde entonces en que la vida de Corey no puede quedar reducida a aquellas imágenes. Antes de convertirse en una prueba judicial, era un niño que dibujaba planetas, hacía bromas, bailaba y soñaba con jugar al fútbol.

