Entrevista

Qué nos enseña Atapuerca sobre los incendios del siglo XXI: “Somos una especie imbécil”

El paleoantropólogo Eudald Carbonell propone una mirada diferente: el problema no son solo las llamas o el cambio climático, sino una civilización que ha roto el vínculo con la naturaleza

FERMOSELLE (ZAMORA), 29/07/2026.- Trabajos de extinción del incendio forestal en Fermoselle (Zamora) este miércoles. El incendio que se ha declarado hoy en Fermoselle (Zamora), en el parque natural Arribes del Duero, ha llegado a las inmediaciones de los cascos urbanos de tres poblaciones, donde actúan los medios de extinción, mientras al confinamiento de Fermoselle y los desalojos de siete localidades se ha sumado el de la residencia de mayores de Muga de Sayago. EFE/ Mariam A. Montesinos
Trabajos de extinción del incendio forestal en Fermoselle (Zamora) este miércoles. El incendio que se ha declarado hoy en Fermoselle (Zamora), en el parque natural Arribes del Duero, ha llegado a las inmediaciones de los cascos urbanos de tres poblaciones, donde actúan los medios de extinción, mientras al confinamiento de Fermoselle y los desalojos de siete localidades se ha sumado el de la residencia de mayores de Muga de Sayago. EFE/ Mariam A. Montesinos

El verano de 2026 está dejando una de las peores olas de incendios que recuerda Europa. Han ardido más de 430.000 hectáreas, una superficie muy superior a la media de la última década, y España concentra cerca de la mitad de todo el terreno calcinado. Francia ha vivido evacuaciones sin precedentes, Grecia vuelve a combatir grandes fuegos y Portugal e Italia tampoco han escapado a unas llamas alimentadas por el calor extremo, la sequía y el abandono de amplias zonas forestales.

Ante un paisaje que parece repetirse cada verano con mayor intensidad, nos preguntamos qué ha cambiado en nuestra relación con el fuego para que aquello que permitió la evolución de la humanidad amenace ahora con devorar buena parte de sus bosques. El paleoantropólogo Eudald Carbonell, uno de los mayores expertos mundiales en evolución humana y codirector de las excavaciones de Atapuerca durante 33 años, comparte con Artículo 14 su particular visión sobre los incendios.

Eudald Carbonell, arqueólogo y paleontólogo

Recuerda, en primer lugar, que la historia del fuego comenzó hace aproximadamente medio millón de años, cuando nuestros antepasados dejaron de temer las llamas y aprendieron a dominarlas. Aquella conquista cambió el rumbo de la evolución humana. Cocinar los alimentos, calentarse, protegerse de los depredadores o reunirse alrededor de una hoguera convirtió al fuego en uno de los mayores aliados de nuestra especie. “El uso del fuego se ha demostrado que puede ser muy importante para la humanidad porque la ha hecho humana. El descubrimiento del fuego es uno de los hitos de la evolución humana, pero en sí mismo puede ser muy destructivo para nosotros”, indica.

Por qué las llamas son ahora más destructivas

Desde su visión, los incendios, además de emergencia ambiental, son un espejo de nuestra propia evolución y de la relación que hemos construido con nuestros entornos. Entonces nos surge la curiosidad de saber qué pensarían aquellos primeros europeos que vivieron hace cientos de miles de años si contemplaran los incendios que hoy arrasan el continente. “No sé lo que dirían, pero quedarían muy impresionados por la capacidad que tiene de destrucción y porque son muy intensos y peligrosos. Seguramente ya los habían visto antes como fenómenos naturales”, responde.

Carbonell detalla cómo el fuego ha formado siempre parte del Mediterráneo. Lo verdaderamente nuevo ahora son las condiciones que nosotros mismos hemos creado para que las llamas sean mucho más destructivas. El motivo es, según opinión, doble. “Es un modelo de civilización que está cambiando, y demográfico, y también son consecuencia del cambio abrupto del clima que cada vez se hace más cálido a pesar de que avanzamos hacia una glaciación. Cambios climáticos siempre ha habido. Nuestra especie misma es fruto de un cambio climático”.

La explicación, por eso, va más allá del calentamiento global. Para el investigador, los incendios revelan un problema de civilización. La especie que ha sido capaz de modificar el planeta, desarrollar tecnología y anticipar el futuro es incapaz de actuar pensando en las próximas generaciones. Su diagnóstico es tajante: “Somos una especie imbécil porque pudiendo tener muy en cuenta y capacitarnos para resolver los problemas del planeta no somos capaces de hacerlo. Disponemos de conocimiento científico, tecnología y capacidad de previsión, pero a menudo actuamos contra nuestros propios intereses colectivos como sucede en este caso”.

Sin conciencia crítica de especie

Lamenta además que no aprendamos de los errores. “Repetimos conductas que sabemos que generan problemas: guerras, destrucción ambiental, desigualdades sociales o modelos económicos que comprometen el futuro de la humanidad. Conocemos los riesgos y, sin embargo, seguimos tomando decisiones que nos exponen a catástrofes previsibles”.

Esa incapacidad para pensar como especie es algo que Carbonell defiende bajo el nombre de “conciencia crítica de especie” y llama a conseguirla. “Es decir, dejar de comportarnos como individuos o grupos aislados y empezar a actuar pensando en la supervivencia y el progreso de toda la humanidad. Tenemos la inteligencia necesaria para evitar muchos de los problemas que nosotros mismos generamos, pero nos falta la conciencia colectiva para hacerlo de manera efectiva”.

Carbonell dirigió las excavaciones de Atapuerca durante 33 años

Al echar la vista atrás, Carbonell echa en falta el equilibrio perdido que permitía que el ser humano viviera dentro de la naturaleza, no frente a ella. “El campo era cuidado por los humanos. Los humanos cuidábamos el campo y el campo cuidaba a los humanos. Cuando se ha destruido esta unidad ha empezado el desequilibrio”.

“Al no cuidar la naturaleza, no nos cuidamos a nosotros”

Con el abandono del mundo rural también ha desaparecido el conocimiento acumulado durante generaciones. “No lo estamos perdiendo. Lo hemos perdido ya. Hemos cambiado de dimensión y no somos ni cazadores ni recolectores ni agricultores ni ganaderos: somos una sociedad industrializada”. Ese cambio ayuda a entender por qué hoy los bosques acumulan enormes cantidades de biomasa que terminan alimentando incendios de una intensidad desconocida hasta hace pocos años. “El fuego siempre ha existido y existirá. Lo que ocurre es que al no tener limpios los bosques, al no cuidar la naturaleza, no nos cuidamos a nosotros mismos”.

El problema, por tanto, no es la existencia del fuego. “Los incendios forman parte de la dinámica natural de muchos ecosistemas mediterráneos desde hace miles de años. El problema es nuestra relación con el territorio. Durante generaciones, los bosques estaban gestionados, se extraía leña, había actividad agrícola y ganadera y el paisaje mantenía una estructura más diversa. Hoy, en muchos lugares, hemos abandonado esa gestión y hemos permitido que se acumule una gran cantidad de biomasa que actúa como combustible”, insiste.

Su pronóstico es claro: “Si los bosques no se limpian, si no se planifican los usos del suelo y si seguimos ocupando espacios vulnerables sin pensar en las consecuencias, acabamos generando las condiciones para que los incendios sean cada vez más intensos y más difíciles de controlar”. Carbonell lamenta que hayamos roto el vínculo con aquello que hizo posible nuestra propia evolución. “Nos hemos desnaturalizado. Hemos tratado la naturaleza como algo que no nos incube y no es así. Nuestros antepasados vivieron en contacto directo con el entorno, dependían de él para sobrevivir y comprendían mucho mejor sus ritmos, sus límites y sus riesgos. Sabían observar el territorio, interpretar las señales del clima, gestionar los recursos y adaptarse a los cambios porque su propia existencia estaba ligada a ese conocimiento”. Hoy hemos dejado de comprender esa tierra que arde.

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