Este sábado, antes de que el sol empiece a caer sobre el desierto de los Monegros, miles de personas bailarán bajo temperaturas que rozan los cuarenta grados y rodeadas de algunos de los mejores DJ del planeta. Monegros Desert Festival es una de las grandes catedrales europeas de la música electrónica, donde la fiesta continúa hasta bien entrado el mediodía siguiente.
Una semana después será el turno de Dreambeach, en la costa andaluza. Más tarde llegarán otras citas repartidas por toda España. Y entre los miles de asistentes, mujeres de cuarenta, cincuenta e incluso sesenta años bailando durante horas frente a un escenario sin el menor complejo. Algunas acuden con amigas de toda la vida; otras con sus parejas o incluso con hijos ya adultos. No intentan parecer más jóvenes ni revivir una adolescencia perdida. Simplemente disfrutan de una música que forma parte de su biografía.

¿Quién dijo que las pistas de baile tienen fecha de caducidad para las mujeres o que después de cierta edad llegaban otras obligaciones y otras expectativas sociales? La realidad contradice cualquier tópico. Y ahora la ciencia también. Una investigación de la Universidad de Leeds, publicada en la revista Psychology of Music, concluye que la participación de mujeres mayores de 40 años en la cultura de la música electrónica aporta beneficios psicológicos, físicos y sociales de enorme relevancia. Tras analizar a 136 mujeres de entre 40 y 65 años, las investigadoras observaron que estos espacios favorecen el bienestar emocional, fortalecen el sentimiento de pertenencia, ayudan a combatir el aislamiento y permiten recuperar parcelas de identidad que creían haber perdido bajo el peso de las responsabilidades cotidianas. En otras palabras, bailar es una forma de autocuidado.
No es una extravagancia
Uno de los aspectos más interesantes del estudio desmonta un prejuicio muy extendido. Estas mujeres no están descubriendo la música electrónica a los cincuenta años. No se trata de una moda tardía ni de una extravagancia de la madurez. Son, sencillamente, la misma generación que llenó las primeras raves de los años noventa. Las chicas que descubrieron el house, el techno o el drum and bass cuando España empezaba a mirar hacia Ibiza, Valencia o las grandes salas europeas hoy tienen cuarenta, cincuenta o sesenta años. Han cambiado muchas cosas desde entonces. Llegaron los hijos, las hipotecas, los ascensos, los padres dependientes, las menopausias y las noches en las que dormir seis horas seguidas parecía un lujo inalcanzable. Pero la música permaneció.
Por eso muchas de las participantes explican que, cuando vuelven a un festival o a una sala, vuelven a un lugar que ya conocen. La generación que abrazó la explosión de la electrónica en los noventa ha crecido al mismo ritmo que esa cultura. La modelo Cristina Tosio, de 46 años, continúa desarrollando una intensa carrera como DJ. En varias entrevistas ha explicado cómo la música electrónica es una parte esencial de su vida y cómo tuvo que luchar para que la tomaran en serio en un sector donde predominaban los hombres. Y está el caso de Lady Packa. Considerada una de las pioneras de las cabinas andaluzas, continúa pinchando a los 54 años después de más de tres décadas de profesión. Cuando comenzó apenas existían mujeres DJ en España.
Si el cuerpo aguanta una noche de festival es una cuestión individual. Lo curioso es que el debate no gira alrededor del cansancio, sino de la edad femenina. Nadie se sorprende cuando un hombre de cincuenta y cinco años presume de haber recorrido media Europa siguiendo a Bruce Springsteen. Se le considera un apasionado de la música. Con las mujeres pesa la idea de que cumplir años implica renunciar a determinados espacios de ocio. El estudio de Leeds recoge precisamente esa presión. Muchas participantes reconocen haber sentido que estaban haciendo algo impropio de su edad o haber percibido cierta mirada de juicio por parte de otras personas. Algunas incluso admiten que el obstáculo principal no procedía del exterior, sino de ellas mismas, después de haber interiorizado durante años esos estereotipos.
El edadismo no siempre necesita que alguien lo verbalice. A veces basta con que una mujer se pregunte, antes de salir de casa, si no será demasiado mayor para hacer algo que, en realidad, sigue deseando hacer. Las autoras del estudio insisten en que la música electrónica no constituye únicamente una forma de ocio. Para muchas de las mujeres entrevistadas representa un espacio de bienestar difícil de encontrar en otros ámbitos de su vida. El 62,9 % asegura acudir a estos eventos para escapar, aunque solo fuera durante unas horas, de las exigencias cotidianas. Un 58,3 % afirma sentirse allí una versión distinta de sí misma y casi dos de cada tres describen la experiencia con términos cercanos a lo espiritual.
Sensación de libertad
Ese aspecto resulta especialmente significativo en una etapa vital en la que muchas mujeres experimentan grandes cambios físicos y emocionales. La menopausia, la marcha de los hijos de casa, el cuidado de familiares dependientes o la consolidación profesional suelen coincidir en una década especialmente exigente. Mientras la sociedad parece recordarles constantemente que están entrando en una nueva fase de la vida, la música les ofrece un lugar donde el cuerpo vuelve a convertirse en una fuente de placer. El estudio habla de “reconstrucción de la identidad”. Recuperan una parte de sí mismas que nunca desapareció, aunque hubiera quedado enterrada bajo años de obligaciones.

Otro elemento que aparece en la investigación es el sentimiento de pertenencia. Las participantes dicen encontrarse con personas que comparten una historia parecida. Vuelven a reunirse en festivales donde descubren que existen muchas otras mujeres que crecieron escuchando a los mismos artistas, frecuentaron las mismas salas y ahora como ellas. La pista de baile recupera la experiencia de compartir un mismo momento con miles de desconocidos sin necesidad de decir una sola palabra. Ese sentimiento de comunidad aparece una y otra vez en los testimonios recogidos por la Universidad de Leeds. Muchas mujeres describen esos espacios como lugares donde dejan de sentirse observadas.
No significa que una rave sustituya a un psicólogo ni que un festival cure la ansiedad. Las propias investigadoras son prudentes y recuerdan que su trabajo analiza una muestra concreta de mujeres que ya participaban activamente en la cultura electrónica. No pretende afirmar que salir de fiesta sea una receta universal para mejorar la salud mental. Lo que demuestra es que, para quienes disfrutan de ese entorno, la experiencia puede convertirse en una poderosa fuente de bienestar físico, emocional y social.
Sorprende que todavía necesitemos un estudio científico para justificar que una mujer de cincuenta pueda pasar una noche bailando sin que nadie le pregunte si no se considera demasiado mayor para hacerlo. Al fin y al cabo, nadie cuestiona que salga a caminar, haga yoga o practique pilates porque son actividades asociadas al cuidado personal.

