¿Crecer en un hogar con violencia machista convierte a un niño en un futuro maltratador?

Un niño que aprende a reconocer el miedo antes incluso de saber nombrarlo. Cuando una mujer sufre violencia machista dentro de casa, sus hijos no permanecen al margen

Consecuencias de los hijos que viven en un hogar con violencia machista

Hay infancias que no recuerdan una casa tranquila. Recuerdan discusiones detrás de una puerta, silencios demasiado largos, noches en vela y una madre que intenta aparentar que todo está bien mientras ellos aprenden, poco a poco, que algo no lo está. Son niños que quizá nunca recibieron un golpe, pero que crecieron escuchándolos. Que no fueron el objetivo directo de una agresión, pero sí estuvieron dentro de ella.

Patricia Melgar, doctora en Pedagogía e investigadora, pone el foco precisamente en esos menores que durante demasiado tiempo han quedado en un segundo plano. Su planteamiento parte de una idea esencial: cuando una mujer es víctima de violencia machista y además es madre, no estamos ante una única víctima. “A los hijos e hijas de las mujeres víctimas de la violencia de género los consideramos también víctimas, las víctimas invisibles”, sostiene.

No se trata únicamente de lo que un niño ve. También de lo que siente, de lo que interpreta y de cómo construye su manera de entender el mundo. “Los hijos de las mujeres maltratadas son receptores directos de la violencia contra sus madres, aunque ellos directamente no hayan recibido ni un solo golpe”, señala Melgar.

La angustia de una madre también se transmite

Para un niño, la figura de referencia es también su refugio. Por eso, cuando esa persona vive aterrorizada, insegura o sometida, la sensación de protección se resquebraja. Melgar describe cómo “vivenciar la angustia de la madre maltratada, su temor, inseguridad, tristeza, les produce una elevada inseguridad y confusión”. El miedo puede acabar apareciendo en forma de problemas de sueño, ansiedad, estrés, alteraciones alimentarias o síntomas físicos.

La violencia, además, puede convertirse en el paisaje cotidiano de una infancia. “Los niños no son víctimas solo porque sean testigos de la violencia de género, sino porque ‘viven en la violencia’”, recoge el estudio, al advertir de que esa exposición puede afectar a su desarrollo emocional, cognitivo, conductual y social.

Por eso la edad, el tiempo de exposición, la intensidad de la violencia, el contexto familiar y la intervención que reciba cada menor pueden marcar diferencias. No todos los niños reaccionan igual ni presentan las mismas señales. Pero hay indicadores que deberían hacer saltar las alarmas: cambios bruscos de comportamiento, miedo a volver a casa, aislamiento, problemas escolares, ansiedad, agresividad, tristeza o alteraciones del sueño. Melgar insiste, no obstante, en que estos indicadores son señales de riesgo y no una relación automática de causa y efecto.

El peligro de pensar que la violencia se hereda

Uno de los aspectos más relevantes del planteamiento de Patricia Melgar es precisamente su rechazo a una idea muy extendida: que los niños que crecen en hogares violentos están destinados a convertirse en adultos violentos.

“No hay estudios científicos que avalen la idea tan extendida de que la violencia es hereditaria”, sostiene. Y alerta del peligro de convertir esa creencia en una etiqueta para quienes han sufrido violencia durante su infancia.

Para Melgar, el problema está en mirar a estos menores como futuros adultos y no como lo que son en el presente: niños con derecho a crecer sin violencia. “No hay que violentar a la infancia porque está mal violentar, no por las consecuencias que esto vaya a tener en la persona mayor que llegue a ser en el futuro”, defiende. Y lo resume con una frase especialmente contundente: “No son proyectos de personas, son personas”.

El riesgo de etiquetar también puede convertirse en una profecía autocumplida. “La violencia no tiene su origen más que en el privilegio. Poder ejercer violencia es lo que tienen en común todas las personas abusivas”, afirma. Su mirada desplaza así el foco: no se trata de buscar una supuesta semilla hereditaria de la violencia, sino de comprender qué condiciones permiten ejercerla y qué herramientas sociales pueden impedirla.

No basta con salvar a la madre

El acompañamiento de estos menores no puede limitarse a protegerlos físicamente cuando se produce la salida del domicilio. También necesitan que alguien escuche lo que han vivido y les ayude a reconstruir aquello que la violencia ha alterado.

Melgar reclama una intervención que atienda tres dimensiones. “En el ámbito emocional hay que ofrecer al niño la posibilidad de ser escuchado y de hablar sobre sus sentimientos a fin de que se libere y normalice sus emociones”. En el plano cognitivo, considera necesario ayudarles a revisar las ideas que han podido interiorizar sobre la violencia y las relaciones. Y, en el conductual, proporcionarles herramientas para afrontar el miedo, recuperar cierta sensación de control y desarrollar estrategias de protección.

Porque un niño que ha aprendido que los conflictos se resuelven mediante miedo, sometimiento o agresividad necesita conocer que existen otras formas de relacionarse: diálogo, respeto, límites y cuidado. La intervención temprana puede ser determinante para que aquello que vivió no termine definiendo su manera de relacionarse en el futuro.

El segundo golpe: cuando falla el sistema

Hay otra herida que puede aparecer después de escapar de la violencia: la que provoca el propio sistema cuando no sabe escuchar a las víctimas. Melgar habla de victimización secundaria cuando una mujer o un menor acude a una comisaría, un hospital, los servicios sociales o un juzgado buscando protección y termina reviviendo su experiencia una y otra vez.

“Esta nueva victimización se da por parte de las instancias de las que ella espera ayuda y apoyo”, advierte. Por eso reclama profesionales especializados, evitar declaraciones innecesarias y adaptar los procedimientos judiciales a la edad y desarrollo de los menores.

La infancia no debería tener que contar una y otra vez aquello que le hizo daño para demostrar que realmente ocurrió. Tampoco debería enfrentarse al agresor cuando pueda evitarse ni quedar expuesta a procedimientos pensados desde la lógica adulta.

Detectar, escuchar, proteger y acompañar. Esa es la cadena que, según Melgar, debe activarse cuando existe violencia machista y hay menores en el entorno. La responsabilidad no recae únicamente sobre las madres. También sobre colegios, servicios sanitarios, profesionales de la psicología, trabajadores sociales, cuerpos policiales, jueces y el conjunto de la sociedad.

Porque el niño que permanece callado también está contando algo. A veces lo hace con una pesadilla, con una bajada repentina de las notas, con una rabieta, con miedo a regresar a casa o simplemente dejando de hablar. “Cuando estamos ante una mujer víctima de violencia de género, y es madre, debemos de tomar conciencia de que estamos ante más de una víctima”, concluye Melgar.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

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