Semana Mundial de la Lactancia: culpa, agotamiento y una pregunta incómoda: ¿quién cuida a la madre?

Detrás de cada toma puede haber cansancio, dudas y una madre que necesita tanto apoyo como su bebé

Durante los primeros meses de vida de un bebé, el pecho puede convertirse en el centro de casi todo. Las horas se organizan alrededor de las tomas, el descanso se interrumpe una y otra vez y el cuerpo de la madre parece dejar de pertenecerle. A esa exigencia física se suma otra, menos visible pero igualmente pesada: la idea de que existe una manera correcta de vivir la maternidad. Y, en muchas ocasiones, esa idea pasa también por conseguir una lactancia “perfecta”.

La Semana Mundial de la Lactancia Materna, que se celebra del 1 al 7 de agosto, reivindica este año la necesidad de reforzar los apoyos que han demostrado funcionar para proteger y favorecer la lactancia. La OMS pone el acento en que no basta con recomendarla: es necesario crear las condiciones para que las madres puedan decidir y mantenerla con apoyo sanitario, familiar, social y laboral. Pero detrás de esa defensa de la lactancia existe también una realidad emocional que no siempre ocupa el mismo espacio: qué ocurre cuando amamantar no resulta sencillo y la mujer siente que está fallando.

Cuando alimentar al bebé se convierte en medir a la madre

La imagen de una lactancia natural, instintiva y sencilla puede chocar frontalmente con el posparto real. Dolor, problemas de agarre, tomas constantes, agotamiento o la sensación de no producir suficiente leche pueden transformar una experiencia que se esperaba idílica en una fuente de angustia. La psicóloga Amaya Navarro, experta en violencia de género y especializada en terapia perinatal, advierte de que esa distancia entre las expectativas y la realidad puede tener consecuencias sobre el bienestar emocional.

“Muchas mujeres llegan al posparto con la idea de que amamantar será un proceso natural y sencillo, cuando en realidad puede requerir aprendizaje, tiempo y apoyo”, explica Navarro. La especialista señala que, cuando aparecen dificultades, pueden surgir “sentimientos de culpa, frustración, tristeza o sensación de fracaso”. El problema, añade, aparece cuando esas dificultades dejan de entenderse como parte de un proceso de aprendizaje y pasan a interpretarse como una incapacidad de la propia madre.

“A menudo se transmite la idea de que, si la lactancia funciona, es señal de que la madre lo está haciendo bien, y que si aparecen dificultades es porque ella no ha sabido hacerlo correctamente”, sostiene. Para Navarro, esa asociación resulta especialmente dañina porque convierte la alimentación del bebé en una especie de examen de maternidad. “Una dificultad con la lactancia no dice nada sobre la capacidad de una mujer para cuidar, vincularse o ser una buena madre”, subraya.

La lactancia puede ser de una persona, la crianza no

En ese escenario, la pareja tiene un papel que va mucho más allá de preguntar si el bebé ya ha comido. Aunque el hombre no pueda dar el pecho, sí puede participar en prácticamente todo lo que rodea a cada toma y, sobre todo, contribuir a que la mujer no afronte sola la enorme demanda física y mental de los primeros meses.

“El acompañamiento de la pareja puede funcionar como un factor protector frente al estrés y el agotamiento”, afirma la psicóloga. Para ella, apoyar significa escuchar sin juzgar, facilitar el descanso, asumir tareas, estar disponible emocionalmente y respetar las decisiones de la madre, no añadir presión sobre cómo debería alimentar a su hijo.

La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es. Cuando una mujer siente que toda la responsabilidad depende de ella, el cansancio físico puede convertirse también en sensación de abandono. “Cuando la mujer percibe que está sola ante las demandas del bebé, puede aparecer una sensación muy dolorosa de abandono o de falta de reconocimiento con pensamientos como: ‘todo depende de mí’”, explica Navarro. Una sobrecarga mantenida puede terminar afectando al estado de ánimo y a la propia relación de pareja.

La corresponsabilidad, además, no debería reducirse a hacer aquello que la madre pide. «No se trata de que la madre tenga que pedir ayuda para cada tarea, sino de construir una verdadera corresponsabilidad», defiende. Cambiar al bebé, bañarlo, vestirlo, atenderlo entre tomas, preparar la comida, hacer la compra, organizar las citas o proteger los momentos de descanso son también formas de cuidar.

Y hay una cuestión que Navarro considera fundamental: el vínculo paterno no depende de alimentar. “Alimentar no es la única forma de cuidar», recuerda. El contacto piel con piel, sostener al bebé, consolarlo, dormirlo, hablarle o jugar con él también construyen ese vínculo. “La lactancia puede ser exclusiva de la madre, pero la crianza nunca debería serlo”.

Cuando el cansancio empieza a decir que algo no va bien

La desigualdad en los cuidados puede acabar convirtiendo la lactancia en el escenario visible de un conflicto que, en realidad, tiene raíces más profundas. “Muchas veces el conflicto no nace realmente de la lactancia, sino de lo que la lactancia pone de manifiesto: una distribución desigual de los cuidados”, señala la psicóloga.

No poder descansar nunca, estar constantemente irritable, llorar con frecuencia, sentir culpa por necesitar ayuda o pensar que todo depende de una misma son algunas de las señales que pueden indicar que la sobrecarga ha dejado de ser puntual. Navarro también alerta de pensamientos como “no puedo más o si yo no lo hago, nadie lo hará”.

Cuando aparecen tristeza intensa y persistente, ansiedad elevada, desesperanza, incapacidad para disfrutar o dificultades importantes para desenvolverse en el día a día, considera necesario pedir ayuda profesional. “En salud mental perinatal no deberíamos esperar a que una mujer esté completamente desbordada para intervenir”, afirma.

El mensaje de fondo de esta Semana Mundial de la Lactancia Materna no debería quedarse únicamente en cuánto tiempo se recomienda amamantar, sino también en qué necesitan las mujeres para poder atravesar esta etapa sin sentirse examinadas.

“Nuestro objetivo no es alcanzar una maternidad perfecta, sino una maternidad suficientemente buena, compatible con el bienestar de todos”, explica. Y en ese modelo, los hombres no aparecen como espectadores ni como simples ayudantes, sino como corresponsables.

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