Hace un año, un niño de once años atravesó la puerta de los juzgados de Granada con una mochila a la espalda y el miedo escrito en varias cartas. Había suplicado que no le obligaran a volver con su padre. Había pedido ayuda a la ONU, a Save the Children y a Amnistía Internacional. Había reclamado, una y otra vez, que escucharan su voz. Aun así, el 25 de julio de 2025 fue entregado por orden judicial a Francesco Arcuri y regresó a Italia.
Aquella imagen dio la vuelta a España. Durante días, el país asistió a una batalla judicial marcada por recursos de última hora, resoluciones contradictorias y un intenso debate sobre la protección de la infancia. Después llegó el silencio. Las cámaras se marcharon, los focos se apagaron y aquella historia dejó de ocupar las portadas.
Ese niño era Daniel, el hijo menor de Juana Rivas.

El pequeño sigue en Italia
La historia, sin embargo, nunca terminó. Doce meses después de aquella entrega, Daniel continúa en Italia mientras la Justicia de ese país mantiene abierto el juicio contra Francesco Arcuri por presuntos malos tratos hacia sus hijos. Lejos del foco mediático, el procedimiento ha seguido avanzando con nuevas declaraciones, diligencias y pruebas, aunque todavía no existe una sentencia.
Coincidiendo con el primer aniversario, su madre vuelve a reclamar que el caso no caiga en el olvido. “Me gustaría reivindicar que mañana hace un año de que se llevaron a mi Daniel. Necesito que no se olviden de que Juana Rivas no se rinde”, afirma.
La Navidad que lo cambió todo
Aunque la batalla judicial entre Rivas y Arcuri se remonta a años atrás, el último capítulo comenzó durante las Navidades de 2024.
Daniel viajó a España para pasar las vacaciones con su madre. Cuando llegó el momento de regresar a Italia manifestó que no quería volver con su padre y aseguró tener miedo. Aquella decisión desencadenó un nuevo enfrentamiento entre los tribunales españoles e italianos. Mientras la defensa de Juana Rivas solicitaba que el niño permaneciera en España alegando que existían riesgos para su integridad, la Justicia italiana insistía en ejecutar la resolución que atribuía la custodia a Arcuri.
Durante los meses siguientes se sucedieron recursos, informes y resoluciones. El caso volvió a ocupar el centro del debate público y reabrió una pregunta que dividió a juristas, asociaciones y expertos: ¿qué debe prevalecer cuando un niño rechaza regresar con el progenitor que tiene atribuida la custodia?
“Nadie me escucha”
En plena batalla judicial, Daniel decidió escribir. Lo hizo en varias cartas dirigidas a la ONU, Save the Children y Amnistía Internacional. En ellas pedía que alguien atendiera su versión antes de obligarle a regresar a Italia. “Ya tengo once años y sé lo que quiero para mi vida”, escribió. En otra resumía su angustia con una frase que acabaría convirtiéndose en uno de los símbolos del caso: “Nadie me escucha”.
Aquellas cartas provocaron una enorme conmoción. Organizaciones de protección de la infancia, asociaciones de mujeres y numerosos especialistas reclamaron que la opinión de Daniel fuera tenida en cuenta antes de ejecutar una decisión que marcaría su vida.

Mientras tanto, las concentraciones de apoyo se multiplicaban por distintas ciudades y la defensa de Juana Rivas agotaba todas las vías judiciales para intentar frenar la entrega.
El 25 de julio
Los últimos días estuvieron marcados por una carrera contrarreloj. Hubo nuevos recursos, solicitudes de suspensión y una primera comparecencia en la que Daniel se negó a marcharse con su padre. Finalmente, el 25 de julio de 2025, la entrega se consumó en Granada.
Daniel abandonó el juzgado acompañado por Francesco Arcuri rumbo a Italia. Con aquel viaje terminaba uno de los episodios más mediáticos de los últimos años relacionados con la protección de la infancia y comenzaba una etapa mucho más discreta, pero igual de decisiva.
Cuando se apagaron los focos
Tras el regreso de Daniel a Italia, la atención mediática desapareció. No ocurrió lo mismo en los tribunales.
Durante estos doce meses el juicio contra Francesco Arcuri ha seguido su curso en Italia. A lo largo de las distintas vistas han comparecido psicólogos, personal sanitario, trabajadores sociales y miembros del entorno familiar. También han declarado Juana Rivas, su hijo mayor Gabriel y el propio Arcuri, ofreciendo versiones radicalmente opuestas sobre lo ocurrido durante los años de convivencia y sobre la situación de Daniel.
La resolución continúa pendiente y será clave para determinar si existieron los malos tratos denunciados.

Más allá de la custodia
Hace tiempo que el caso dejó de ser únicamente un conflicto entre dos progenitores. La historia de Daniel reabrió el debate sobre el derecho de los niños a ser escuchados, el peso que debe tener su voluntad cuando expresan miedo y la coordinación entre distintos sistemas judiciales cuando conviven procedimientos civiles y penales.
También puso sobre la mesa una realidad incómoda: los tiempos de la Justicia rara vez coinciden con los tiempos de la infancia. Mientras los tribunales deliberan, practican pruebas y resuelven recursos, los niños siguen creciendo.
Las heridas invisibles
Especialistas en psicología infantil y trauma llevan años advirtiendo de que los procedimientos judiciales altamente conflictivos pueden dejar una profunda huella emocional.
La exposición continuada al conflicto entre adultos, la incertidumbre, las declaraciones repetidas y la sensación de que otros deciden constantemente sobre su vida pueden traducirse en ansiedad, inseguridad, sentimientos de desprotección y pérdida de confianza en las instituciones llamadas a protegerlos.
Por ello, organismos nacionales e internacionales insisten desde hace años en la necesidad de reducir la revictimización infantil y garantizar que la voz de niños y adolescentes sea escuchada de forma efectiva en todos los procedimientos que les afectan.
La historia continúa
Hoy Daniel tiene un año más. También acumula otro año de procedimientos judiciales y decisiones adoptadas por adultos sobre su futuro. Porque doce meses después de aquella mañana de julio, la pregunta sigue siendo la misma: cómo proteger a un niño cuando lo único que pide es que alguien escuche su voz.
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