El testimonio era anónimo. Como los miles que desde hace años recibe Cristina Fallarás en su cuenta de Instagram. Una mujer escribió a la periodista para contar que había sufrido acoso sexual, manipulación y chantaje por parte de quien describía como “el copywriter mayor referente ahora mismo en España”. En ningún momento mencionaba un nombre.
Aun así, doce días después de la publicación, el publicista Israel Bravo remitió un burofax a Fallarás. Para él, las referencias incluidas en el relato permitían identificarle sin ninguna duda y reclamaba la retirada inmediata del testimonio, una indemnización de 20.000 euros por daños morales y el compromiso de que no volviera a difundirse ninguna publicación que pudiera volver a señalarle. Al no prosperar ese requerimiento, presentó una demanda por vulneración de su derecho al honor.
En su demanda, Bravo defiende que la descripción utilizada en el testimonio -“el copywriter mayor referente ahora mismo en España”- conducía directamente a su persona y que esa identificación quedó confirmada por los comentarios publicados posteriormente por otros usuarios, donde aparecían sus iniciales o referencias a su apellido. También señala que nunca ha sido denunciado ni investigado por hechos similares y reprocha a la periodista haber difundido unas acusaciones tan graves sin realizar, a su juicio, las comprobaciones necesarias.

Fallarás comprobó la información
La respuesta presentada ahora por la defensa de Fallarás rechaza íntegramente esa versión. La periodista asegura que habló con la autora del testimonio antes de publicarlo, comprobó su identidad, eliminó los datos que pudieran identificar objetivamente a una persona concreta y recuerda que fueron terceros quienes escribieron posteriormente el nombre de Israel Bravo en los comentarios. Además, defiende que la Constitución no exige acreditar judicialmente unos hechos antes de informar sobre ellos, sino actuar con la diligencia exigible al contrastar la información disponible.
Pero la contestación a la demanda no se queda ahí. La defensa de Fallarás cree que el procedimiento va más allá de este conflicto concreto y afecta a un proyecto que durante años ha recopilado miles de testimonios anónimos sobre violencia machista. Recuerdan, además, que el Instituto de las Mujeres anunció en octubre de 2025 que incorporaría ese archivo a un proyecto de memoria colectiva destinado a investigaciones, estudios y futuras políticas públicas.
El precedente de Ajax
No es la primera vez que Cristina Fallarás se enfrenta a una demanda de este tipo. Antes del procedimiento iniciado por Israel Bravo, el rapero Ayax también acudió a los tribunales tras reconocerse en otro testimonio anónimo publicado por la periodista. Como ocurre ahora, su nombre tampoco aparecía en el relato. Sin embargo, mantiene que las referencias permitían identificarle y reclamó una indemnización por considerar vulnerado su derecho al honor. Para Fallarás, ambos procedimientos tienen un denominador común, quienes se consideran aludidos no demandan a las autoras de los testimonios, sino a la persona que decidió recopilarlos y hacerlos públicos.

Los dos casos han reabierto un debate que comenzó mucho antes de estas demandas. ¿Qué representa hoy la cuenta de Cristina Fallarás? ¿Por qué tantas expertas han defendido su existencia?
La respuesta está, en parte, en un dato demoledor. La inmensa mayoría de las mujeres que sufren violencia sexual nunca llega a denunciar. Tan solo lo hace el 10 por ciento de las víctimas. El miedo, la vergüenza, la dependencia económica o emocional, la ausencia de pruebas o el temor a no ser creídas hacen que miles de agresiones permanezcan fuera del sistema judicial. Para muchas de ellas, contar lo ocurrido en un espacio como el impulsado por Fallarás se convirtió en la primera oportunidad de romper el silencio.
Psicólogas especializadas en trauma como Noemí Álvarez Boyero han explicado que estos espacios cumplen una función que trasciende la denuncia pública. Permiten salir del aislamiento, desplazar la vergüenza hacia quien ejerció la violencia y producir el denominado “efecto espejo”: que otras mujeres, al leer relatos similares, identifiquen por primera vez como violencia experiencias que durante años habían normalizado.
El procedimiento enfrenta, por un lado, el derecho al honor invocado por quienes mantienen que un testimonio anónimo permite identificarles y, por otro, la continuidad de un espacio que miles de mujeres han utilizado y utilizan para contar violencias que nunca llegaron a un juzgado y cuyo valor ha sido reconocido incluso por las instituciones públicas.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

