Una mujer entra en una consulta médica y cuenta que ha sufrido violencia sexual. Pero quien la escucha no recibe únicamente un relato. También ve a la mujer que tiene delante. Cómo habla. Cómo viste. De dónde viene. Cuál es su situación económica. Qué vida lleva. Y, aunque nada de eso debería determinar el valor de su palabra, puede condicionar cómo es recibida. ¿Qué ocurre cuando una mujer teme que su posición social determine que la crean?
Una investigación publicada en Social Science & Medicine por Karen Lorimer, Pamela Sime y Lesley McMillan analiza las experiencias de mujeres de clase trabajadora que habían sufrido violencia sexual y su relación con los servicios sanitarios.
El trabajo introduce la clase en una cuestión que suele plantearse como una decisión individual: por qué una víctima habla o calla. Las investigadoras muestran que revelar una agresión también depende de lo que una mujer espera encontrar cuando lo haga.

La credibilidad también tiene clase
Las entrevistadas acumulaban experiencias en las que se habían sentido juzgadas, menospreciadas o no tomadas en serio por profesionales e instituciones. Ese aprendizaje podía aparecer antes de revelar una violencia sexual en forma de una pregunta: “¿Me creerán?”
El estudio utiliza el concepto classed gender stigma, un estigma atravesado simultáneamente por género y clase. No se refiere únicamente al dinero. También a cómo determinadas mujeres sienten que son percibidas y a la credibilidad que esperan que se conceda a su palabra.
La pregunta cambia entonces. En lugar de limitarse a “¿Por qué no lo contó antes?”, la investigación obliga a mirar también a quien debía recibir ese relato: “¿Qué razones tenía esa mujer para pensar que sería escuchada?”
Nadie necesita decir “no te creo”
Los prejuicios no siempre se manifiestan abiertamente. Pueden aparecer en una consulta demasiado rápida, determinadas preguntas, la sensación de estar siendo juzgada, una derivación sin acompañamiento o la falta de seguimiento.
Esas experiencias importan porque una consulta médica puede convertirse en el lugar en el que una mujer revele por primera vez una agresión sexual. La forma en que el profesional responde puede facilitar ese momento o convertirse en una barrera más.
Tener ayuda no significa poder acceder a ella
La desigualdad continúa después. Disponer de recursos económicos amplía las posibilidades de recibir atención. Una de las entrevistadas, por ejemplo, pudo acudir a terapia privada porque su hermana asumió el coste. Para otras, las alternativas eran mucho más limitadas.
Una participante utilizó una imagen especialmente gráfica para describir determinados recursos: era como tener delante un huevo cocido y no poder alcanzarlo. La ayuda existe, pero queda fuera de su alcance.
La metáfora resume una diferencia fundamental entre ofrecer un recurso y garantizar que una mujer pueda utilizarlo. El dinero, las circunstancias personales o las dificultades para desenvolverse en determinados servicios pueden convertir una ayuda formalmente disponible en algo inaccesible.
¿También tienen clase los datos sobre violencia sexual?
El estudio abre otra pregunta: si existen mujeres que encuentran más dificultades para revelar una agresión sexual, ¿conocemos por igual la violencia que sufren unas y otras?
La investigación no permite afirmarlo. Es un trabajo cualitativo realizado con mujeres de clase trabajadora en Escocia y no estudia si estas víctimas están infrarrepresentadas en las estadísticas de violencia sexual.

Pero sí muestra una parte del recorrido previo a cualquier registro: para que una institución conozca una agresión, primero alguien tiene que poder contarla. Y algunas experiencias pueden encontrar más dificultades que otras para llegar hasta allí.
De “¿por qué no habló?” a “¿supimos escucharla?”
Durante años, muchas preguntas sobre la violencia sexual se han dirigido hacia las víctimas. Por qué no lo contó. Por qué tardó. Por qué no pidió ayuda. Por qué no denunció. El estudio desplaza parte de esa responsabilidad hacia el otro lado.
Una víctima no decide hablar en el vacío. También pesan sus experiencias anteriores y lo que ha aprendido sobre el valor que otros conceden a su palabra.
Quizá, entonces, no debamos preguntarnos únicamente por qué algunas mujeres no hablan. También qué encuentran al otro lado cuando lo hacen.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

