El episodio sucede en un parking. No hay testigos; solo un jefe que decide convertir el espacio más neutro en un escenario de intimidación y una periodista que escucha cómo su trabajo, su criterio y su autoestima se reducen a nada en cuestión de minutos. Ángeles Caballero (Madrid, 1976) recuerda ese momento como un punto de inflexión. No lloró entonces. Lloró después, caminando con sus hijos de la mano hacia el mercado, en una escena doméstica que desbordó lo profesional. “Estoy llorando por este tío”, pensó. Y ahí empezó otra cosa: una forma distinta de mirar el trabajo, el poder y los límites.
Esa experiencia, lejos de ser una anécdota aislada, atraviesa el fondo de una conversación en la que Caballero desmenuza sin épica —y sin concesiones— el funcionamiento de una profesión que conoce desde dentro. Periodista formada en la cultura del dato y la verificación, con una trayectoria consolidada entre prensa económica y generalista, ha convertido la columna en un espacio de pensamiento donde la intuición no sustituye al rigor, sino que lo acompaña. Hoy, desde su tribuna en El País y su presencia en radio y televisión, aborda cuestiones como el feminismo, la desigualdad, la convivencia o la edad con una mirada que combina experiencia personal y contexto.
En Orfidal y caballero, su último libro, ese registro se amplía. No es exactamente un diario, aunque lo parezca. Tampoco un ensayo, aunque dialogue con la realidad. Es un texto que oscila entre la observación cotidiana y la reflexión crítica, donde caben las redes sociales, la maternidad, la amistad, la precariedad emocional y las formas contemporáneas de violencia. Caballero escribe desde un lugar incómodo: el de quien reconoce sus propias contradicciones mientras señala las ajenas. Habla del odio digital y del aprendizaje de bloquear, de las relaciones que se rompen cuando la ideología se vuelve trinchera, de la dificultad de sostener vínculos en un entorno cada vez más polarizado.
En ese recorrido aparece también una lectura generacional. Mujeres educadas para no incomodar, para “molestar lo justo”, que han tenido que aprender a hablar más alto y a identificar los mecanismos de poder que las rodeaban. Mujeres que, en muchos casos, han alcanzado posiciones de responsabilidad replicando estructuras que antes las dañaron. “Una mezcla de supervivientes y villanas”, apunta, sin complacencia. Lejos de presentarse como portavoz de nada, Caballero insiste en una idea que atraviesa todo el libro: contar lo propio como forma de entender lo común. Sin grandilocuencia, sin voluntad de ejemplaridad, pero con la conciencia de que lo cotidiano —un trayecto en autobús, una conversación en casa, un comentario en una tertulia— también es un campo de disputa.

En la portada de tu libro dices que es un diario, pero en los agradecimientos dudas de esa definición. ¿Qué ha sido para ti escribir este libro? ¿Diario, desahogo, terapia?
Creo que ha sido una prolongación de mí misma. El primero tuvo mucho más de catarsis y de ejercicio terapéutico; este, en cambio, es casi como una extremidad. Lo llamé diario porque tenía que denominarlo de alguna manera, pero al releerlo vi que a veces tiene un punto de bronca, de bronca de madre; otras veces aparece esa “nariz de payaso” con la que convivo la mayor parte del tiempo. También ha sido un desahogo, porque hay reflexiones que no me parecía pertinente convertir en una columna, ni en un artículo, ni en un reportaje, ni siquiera en una opinión en los medios en los que colaboro. Podría haber sido un hilo de Twitter, pero tal y como está ahora prefiero convertirlo en un libro. Es una manera de permanecer, pero más como espectadora que como miembro activo. No quiero irme de ese espacio porque sigue siendo un campo de observación interesante.
En el libro hablas también de tu relación con las redes sociales y de cómo has pasado de responder a bloquear. ¿Qué ha cambiado en ti?
He pasado de responder —incluso intentando entablar conversación o dando las gracias— a bloquear. Y ahora estoy en una fase nueva: entro a ver respuestas en hilos ajenos y bloqueo a quienes insultan. Nunca he respondido insultando ni haciendo comentarios sobre el físico, la ideología o el lugar donde escribe alguien. Si leo un artículo que no me gusta, me lo guardo para mí o lo comento con amigos, pero no lo digo públicamente. Creo que la hipocresía es fantástica para la convivencia, aparte de la contención. No es necesario ser desagradable.
Además, no quiero dedicar tiempo a intentar convencer a alguien que ya viene convencido de casa. Es como cuando alguien responde airado a un artículo de opinión diciendo que por qué no he contado otra cosa: es un artículo de opinión, el periodista tiene el privilegio de elegir su enfoque. No voy a responder porque no voy a convencer a esa persona y, además, no sé quién es. Hay muchas otras cosas en las que invertir el tiempo.
Aparece una dimensión más personal y literaria. ¿Tiene que ver con esa mezcla entre la persona que vive, la que observa y la que escribe?
Sí, pero también tiene que ver con que tengo muy poca vergüenza. Comparto cosas con mucha naturalidad porque no intento construirme un personaje distinto del que soy. Tengo las referencias que tengo, conozco lo que conozco, intento aprender, leer, estar atenta, pero cuando cuento cosas que me pasan no quiero convertirlas en algo extraordinario. No soy una coleccionista de anécdotas para cincelarlas en un muro. Me pasan cosas como a cualquiera: en el autobús, en el supermercado, en la calle. Y creo que eso conecta con quienes me leen. No quiero convertir el oficio en una especie de aristocracia laboral. Es un trabajo que permite cosas maravillosas, pero no deja de estar atravesado por lo cotidiano.

Hablas también de esa convivencia entre lo reflexivo y lo festivo, entre la “jarana” y la profundidad, entre lo contenido y el lanzallamas que llevas en el bolso. ¿Cómo conviven esas dos partes?
Creo que todos somos un poco todo eso. A mí ya me resulta suficientemente cansado vivir como para estar constantemente interpretando un papel. Veo a colegas que se sostienen en una imagen muy rígida y pienso que les falta oxígeno. Hay momentos para la verbena, para la fiesta popular, y momentos para ir a la ópera, aunque no tengas ni idea. Me pasa con el cine, con la lectura, con las amistades: hay relaciones más profundas y otras más ligeras, y necesito ambas.
¿Te ocurre lo mismo cuando entrevistas a alguien? ¿Intentas romper esa barrera?
Sí. Intento que la entrevista sea una conversación, que la otra persona se relaje. Muchas veces quien tienes delante está cansado de repetir lo mismo o llega con cierta tensión, así que intento generar un espacio más cercano. Eso tiene una parte bonita, porque se produce algo genuino, pero también tiene una parte peligrosa: cuando después tienes que escribir sobre esa persona, entras en un terreno complicado.
¿A qué te refieres?
A las incompatibilidades. Me pasa mucho: hay personas sobre las que no puedo escribir porque son amigos muy cercanos, y otras sobre las que no puedo escribir porque tengo una opinión demasiado negativa. En ambos casos prefiero no hacerlo. Es curioso, porque voy ganando amigos pero perdiendo posibilidades laborales.
En ese sentido, ¿crees que en el periodismo hay más conflicto o “dagas” que en otros ámbitos, como la política?
Depende mucho de las personas y de los contextos. Tengo la suerte de que al trabajar desde casa mi relación con la gente del oficio son como permanentes first dates; tengo relaciones más puntuales con colegas: tertulias, encuentros, colaboraciones. Eso hace que no haya tiempo para el desgaste. También influye el momento vital de cada uno, el medio en el que trabaja… A veces notas más tensión, más acidez. Yo no me he peleado prácticamente nunca en una tertulia. Sí recuerdo dos episodios en los que alguien me respondió de forma muy maleducada: en uno me quedé completamente en blanco; en otro respondí y luego pensé que quizá no había sido necesario. Luego pensé, es que este tío es imbécil y siempre lo he pensado, y hoy lo he confirmado. Pero también forma parte de una evolución: aprender cuándo callar y cuándo decir “oye, estoy hablando yo”.
En el libro se percibe una crítica constante, aunque no explícita, al machismo. ¿Crees que estamos perdiendo el filtro a la hora de expresar determinadas ideas?
Sí, creo que hemos perdido cierta vergüenza. Hay personas que en cinco minutos de conversación despliegan machismo, racismo, clasismo… sin ningún pudor. Y también creo que hubo un error por parte de quienes nos callamos antes. Yo procuro señalar esas cosas, sobre todo con personas cercanas, y hacerlo en privado, sin exponerlas. No para dejar en evidencia, sino para que haya margen de mejora. Pero tampoco podemos estar educando a todo el mundo constantemente. De vez en cuando hay que sacar a la villana que una lleva dentro, y esto me lo dice mi terapeuta.
También hablas de clase social y de burbujas, como aquel comensal que le dijo a un camarero que era “un horror” vivir en Legazpi. ¿Crees que existe una desconexión real con ciertas realidades?
Sí, pero también creo que todos hemos vivido en nuestra propia burbuja en algún momento. Yo misma, creciendo en Getafe, pensaba que todo el mundo vivía como yo. Todos somos “los pijos” de alguien: yo era la pija en Getafe y la paria en Madrid. Para mis amigas de la infancia yo era Marta Ortega… Yo, por ejemplo, me casé con un hombre maravilloso de Chamberí que no había ido jamás a Getafe. Y lo entiendo, o sea, no está en las rutas turísticas de la Comunidad de Madrid. Yo hay cosas que no salvo, aunque también depende del día. Hay días en que el lanzallamas me asoma por el bolso y tengo la mecha muy corta y quiero prender fuego a todo, pero lo importante es tener empatía y entender que muchas veces esa falta de perspectiva no viene de la mala intención, sino del desconocimiento. Ahora bien, hay diferencias evidentes, y yo tengo mucha rabia y mucho orgullo cuando se habla de “las periferias”, porque el clasismo no es con todas: nadie que viva en Boadilla del Monte o Las Rozas será mirado con la misma cara que el que vive en Parla, Getafe o Pinto, o en la Costa Marrón: Parla, Fuenlabrada y Alcorcón. no se mira igual a quien vive en determinados municipios que a quien vive en otros. Y eso sigue siendo una realidad. Basta ver las rentas o la percepción social de ciertos lugares.

En el libro cuentas un episodio con un jefe de periódico que te llevó al parking y te hizo pasar un mal rato. ¿Qué peso tuvo aquello en tu trayectoria?
Mucho. Ha tenido mucho peso porque creo sinceramente que es una manera más de ejercer violencia. Violencia laboral, aunque luego le pongamos el adjetivo que queramos, no deja de ser una forma de violencia. Una persona que tiene como misión minarte la autoestima para que te acabes yendo, y no solo para que te vayas, sino para que te vayas hecha una mierda. Aquel episodio del parking fue el remate de algo que venía pasando todos los días. De repente, lo que yo hacía pasó de estar bien a recibir una crítica constante. Que alguien te lleve aparte y te diga que recuerdes que sin él serías una piltrafa es muy fuerte.
Mi revelación llegó ese día, al volver a casa. Hice ese ejercicio de interpretación de “no ha pasado nada”, recogí a mi hija del colegio, a mi hijo de la guardería, dejamos las mochilas en casa y me fui al mercado de Santa María de la Cabeza. Iba con los dos de la mano y, al llegar al mercado, me vi a mí misma llorando a lágrima viva, sin hablar con ellos. Entonces pensé: “Estoy llorando por este tío. Este tío va a conseguir que yo tenga un principio de depresión”. Eso me embraveció un poco. Es verdad que me acabé yendo. Y también es verdad que a ese señor lo despidieron. El día que lo despidieron me lo comunicaron amigos que seguían allí y brindé.
¿Crees que el periodismo ha tenido tradicionalmente una forma autoritaria, jerárquica y masculinizada de ejercer el poder?
Creo que el periodismo está lleno de hombres y mujeres que hemos sido educados en el machismo y en el patriarcado. No sé si eso estará cambiando ahora con generaciones mucho más jóvenes que la mía, pero las redacciones han estado plagadas de hombres y mujeres educados en esa idea de “molesta lo justo” y “quéjate poco”.
Y las mujeres que están arriba son una mezcla de villanas y supervivientes. Están ahí después de haber tenido cadáveres en sus armarios y sabiendo que muchas veces solo se puede sostener una posición de poder adoptando determinados comportamientos. Es como en los libros de “elige tu propia aventura”: a veces no han tenido más remedio y otras veces han tenido la oportunidad de hacerlo de otra manera. Yo nunca he sido jefa de nada, nunca he tenido a nadie ni una sección a mi cargo, así que siempre he estado en este lado. He visto hombres y mujeres cargados de buenas intenciones y otros cargados solo de malas intenciones. He tenido un poco de todo.
La gente suele preguntarte si las personas a las que entrevistas coinciden con la imagen que tenemos de ellas. ¿Te ha pasado sorprenderte para bien o para mal?
Me ha pasado, sobre todo, con colegas que ahora son amigos míos y con los que tengo una amistad sostenida en el tiempo. Con ellos estoy de una manera prácticamente militante. Si alguien se mete con alguno, saco las garras. Con las entrevistas he llegado a una conclusión que supongo que me da haber cumplido ya 50 años: solo alguien muy imbécil o alguien muy metido en su burbuja va a ser estúpido con un periodista. Pero creo que si yo trabajara 12 horas al día con gente a la que adoro, como Aimar Bretos, probablemente nos habríamos pegado en directo. La convivencia tiene eso. Yo voy, veo a alguien a quien admiro, a quien quiero, le abrazo, y me vuelvo a casa. Pero si trabajara con mis mejores amigos o para mis mejores amigos, probablemente no nos soportaríamos. Siempre pongo el mismo ejemplo, voy a ser poco original: Antonio Maestre. Empecé bastante regular con él. Le contesté una cosa en Twitter sin ninguna mala intención y él me respondió de una manera que pensé: “¿Pero este imbécil?”. Y ahora le he presentado su libro, nos queremos, nos besamos, nos regalamos cosas. Allá donde me diga que vaya, yo iré, y me da bastante igual lo que opine el resto.
Creo que es una persona muy necesaria. En su último libro ha hecho, además, un ejercicio doloroso de reconversión. Ha transitado por caminos muy oscuros, como todos los que tienen que ver con la depresión. Y yo ahí, si me tiene, estaré.
Me pasa también con otras personas con las que he trabajado o colaborado: Carlos Alsina, Aimar Bretos, Antonio García Ferreras, Marta Flich, Pepa Bueno, Jabois… Les quiero mucho, aparte de admirarlos, que supongo que al final es un poco lo mismo. Pero claro, si nos meten 12 horas al día en una redacción, con un ordenador delante, yo acabo o en la López Ibor o en la cárcel. Porque me conozco.
¿Cómo convives con personas que piensan distinto a ti?
Procuro frecuentar a gente con la que tengo una manera más o menos parecida de ver el mundo. También reconozco que en este tiempo he ido soltando algunos lastres, y me ha resultado doloroso hacerlo. Gente que he tenido cercana ha decidido seguir el camino del asilvestramiento. Y yo he pensado: “No tengo ganas de pasar tiempo con estas personas. No tengo por qué quedar a cenar ni hacer reuniones”. Es un poco como la visita del médico: si hay que ir, se va, pero no tengo ganas. Creo que nos hemos hecho mutuamente un favor.
¿Tienes líneas rojas?
Tengo muchas y creo que cada vez más. No sé en qué lugar me coloca eso, porque a lo mejor me estoy perdiendo a gente muy interesante en algún aspecto, pero es que me cansa. Paso mucho tiempo escuchando, por trabajo, a gente que dice cosas que me interpelan, me duelen y me hieren. Además, yo estoy en una situación de persona superviviente en este y en cualquier otro tiempo: blanca, heterosexual, casada por la Iglesia, un niño, una niña… Me falta el golden retriever. Tengo todo el pack. No soy de ninguna minoría, no tengo una vulnerabilidad concreta, tengo una vida de clase media bastante acomodada. Pero vivo en este mundo y no necesito que sea una amiga quien esté en una situación determinada para ver lo que hay ahí fuera. Cuando veo que hay decisiones que toman unos y que afectan siempre a otros, me toca bastante las narices. Me pongo bastante rabiosa.
En el libro hablas mucho de tus hijos. ¿La maternidad ha cambiado tu visión del mundo?
Totalmente. Creo que cuando digo que, según voy cumpliendo años, más que hacerme conservadora me voy haciendo cada vez más revolucionaria, tiene que ver con ellos. Yo me siento muy moderna hasta que hablo con ellos. Me parece interesante que nos sacudan por todas partes. Mis hijos me han quitado la tontería desde el minuto uno.

El libro se titula Orfidal y caballero, pero dices que nunca te has tomado un Orfidal. ¿Por qué elegiste ese título?
Porque lo tenía guardado en la carpeta de mensajes por enviar. Es una licencia, pero es verdad que lo tenía escrito. Mi amiga Paloma me dijo hace muchos años: “Deberías tener una sección en la radio que se llamara Orfidal y caballero”. Y lo recuperé para el libro. Pero no me he tomado jamás un tranquilizante, ni un ansiolítico, ni una pastilla para dormir ni para nada.
¿Qué opinas de la manera en que a veces se trata la salud mental de las mujeres, entre la frivolidad, la medicalización y el tópico de la mujer desesperada o medicada?
Creo que Orfidal y caballero fue básicamente una gracia con el título de la película. No perseguía ninguna frivolidad ni ligereza sobre la salud mental. Es verdad que tiendo mucho al humor negro con estas cosas y con otras. También hay algo que conté en mi primer libro: mi madre, en los últimos años de su vida, fue alcohólica. Creo que el alcohol es el gran “melón” de este país. Un país donde todo se celebra con alcohol y todas las penas se ahogan con lo mismo. Es barato, está disponible en cualquier sitio y no tienes que pedirle a nadie que te lo traiga clandestinamente. El uso y el abuso del alcohol y de otras drogas también pueden leerse como una pregunta: qué vida llevamos para tener que anestesiarla, para tener que soportarla. Entiendo perfectamente que el título pueda recibirse como un cliché, al modo Almodóvar: otra vez estamos empastillando a todas las mujeres. Pero, por otra parte, siendo un país con un consumo altísimo de antidepresivos, también puede verse como el reflejo de que muchas mujeres tiran de eso como diciendo: “Dame una pastilla para poder soportar esto”. Tengo esa dualidad. Pero por mi historia, yo no soporto que se frivolice con temas como el alcoholismo, el cáncer (mis padres murieron de cáncer) o con la discapacidad, especialmente cuando se dice que es “una bendición”. Dicho esto, no puedo controlar cómo se perciben todas las palabras.
¿Por qué invitarías a la gente a leer tu libro?
Cuando en la editorial me preguntaron cómo englobábamos el libro, les dije: “No pongáis eso de un libro de una mujer para otras mujeres”. Este libro lo tienen que leer también hombres. Lo que digo es: entérate un poco. Entérate de cómo van las cosas. Luego te puedo caer fatal, pero entérate de que hombres y mujeres hacemos viajes distintos. También me interesa esa evolución. Hay cosas que escribí hace cinco o diez años y ahora pienso: “Pero tú eras tonta. ¿Por qué te has reído de esto? ¿No te das cuenta de que hay gente que puede sentirse ofendida?”. Una máxima que intento aplicar es: si dudas, no lo pongas. Invitaría a cualquiera que le apetezca. Es un libro ligero, como yo. Se puede compaginar con un ensayo sesudo, académico, o con un gran novelón. Hay capítulos más cortos, algunos son graciosos, otros no tanto… Pero creo que se puede leer.
