Antoine de Saint-Exupéry, escritor: “La felicidad de una mujer no está en los lujos ni en la adoración, está en saberse comprendida, respetada y libre”

Antoine Saint-Exupéry escribió sobre la felicidad femenina desde el exilio en Nueva York, convencido de que no sobreviviría a la guerra

Antoine de Saint-Exupéry - Cultura
Saint-Exupéry en 1920.
Wikipedia

Antoine de Saint-Exupéry escribió El Principito en 1943, mientras la Segunda Guerra Mundial consumía Europa y él mismo vivía exiliado en Nueva York, alejado de Francia y convencido de que no sobreviviría al conflicto. Era un hombre acostumbrado a la adversidad: había sobrevivido a varios accidentes de aviación, perdido amigos en la guerra y atravesado desiertos literalmente. Desde ese lugar, sus reflexiones sobre la felicidad no suenan a teoría. Suenan a algo que alguien ha tenido que pensar de verdad para seguir adelante.

Una de las frases que se le atribuyen dice: «La felicidad de una mujer no está en los lujos ni en la adoración vacía, sino en la paz de saberse comprendida, respetada y libre para florecer». No es la única vez que el escritor francés exploró esa idea. En Tierra de hombres, publicada en 1939, ya dejaba escrito que la felicidad debía entenderse como una consecuencia de vivir con sentido, nunca como un objetivo en sí misma. «Si quieres comprender la palabra felicidad, tienes que entenderla como recompensa y no como meta», escribía en esa novela, considerada la más personal de toda su obra.

Lo que de verdad dice la frase

Hay tres palabras en esa cita que merecen separarse: comprendida, respetada y libre. Ninguna de las tres tiene que ver con posesiones ni con estatus. Las tres dependen, en cambio, de la calidad de las relaciones que construimos y de cuánto espacio nos damos para ser quienes somos dentro de ellas.

Ser comprendida no significa que los demás estén de acuerdo con todo lo que una hace o siente. Significa que hay alguien dispuesto a escuchar sin necesidad de corregir, de minimizar o de convertir la conversación en un debate sobre quién tiene razón. Es una de las experiencias más escasas en la vida adulta y, paradójicamente, una de las más sencillas de ofrecer cuando existe la voluntad de hacerlo.

Ser respetada implica algo más concreto: que los límites que una establece se toman en serio. La psicóloga Alba Cardalda lo explica con precisión en el pódcast Verdades (in)cómodas: «Si al poner un límite y no ser respetado no hay una consecuencia, no es un límite». La reflexión es importante porque traslada la responsabilidad de vuelta a una misma: no se trata de obligar a los demás a comportarse de una manera determinada, sino de decidir qué se está dispuesta a tolerar y actuar en consecuencia si ese acuerdo no se cumple.

El problema del materialismo como medida del éxito

La otra parte de la frase de Saint-Exupéry —la que descarta los lujos como fuente de felicidad— choca frontalmente con la lógica que domina buena parte de la conversación pública actual. Las redes sociales han convertido la acumulación visible en sinónimo de éxito, y el éxito en sinónimo de felicidad. La secuencia parece obvia cuando se ve desde fuera, y sin embargo casi nadie que la siga de cerca termina encontrando en ella lo que buscaba.

El médico Mario Alonso Puig, autor de libros como Reinvéntate y una de las voces más citadas en España sobre el tema, señala un problema de base en las relaciones contemporáneas que explica parte de esa insatisfacción. «Las hemos convertido en un trueque. Yo te doy, tú me das», explicó en una entrevista para la revista Clara, frente a lo que él considera una relación sana: «Un proceso de entrega en el que yo te doy lo que te quiera dar con todo mi cariño y tú haces lo mismo». La diferencia entre las dos no es solo filosófica. Es práctica y se nota en el día a día.

La libertad como condición, no como premio

De los tres elementos que menciona Saint-Exupéry, la libertad es probablemente el más difícil de sostener en el tiempo. No porque sea escasa, sino porque con frecuencia se renuncia a ella de manera gradual y casi imperceptible: por comodidad, por miedo al conflicto o por la presión de encajar en un molde que alguien más ha diseñado. La libertad que describe el escritor francés no es la de hacer cualquier cosa, sino algo más sutil: la de ser una misma sin tener que justificarlo.

Alonso Puig apunta en la misma dirección cuando habla del punto de partida necesario para construir cualquier relación sana: «Si uno no se quiere a sí mismo es muy difícil que quiera a los demás. Hay que quererse, apreciarse y valorarse un poquito más». Es un argumento que conecta directamente con lo que Saint-Exupéry ponía por escrito hace más de ochenta años desde un exilio voluntario en Manhattan, rodeado de incertidumbre y convencido de que lo esencial no se ve, no se compra y no se exhibe. Lo dejó escrito para siempre en El Principito, y lo confirmaría poco después con su muerte: desapareció en una misión de reconocimiento sobre el Mediterráneo en julio de 1944, sin que su avión fuera encontrado jamás.

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