Arantxa Echevarría: “Quiero jugar, quiero hacer un poco de todo. Igual que lo hacen los chicos”

La directora madrileña reivindica en esta entrevista la libertad de moverse entre géneros, reflexiona sobre el lugar de la comedia en el cine español y defiende el momento que viven las mujeres cineastas

MADRID, 28/05/2026.- La directora Arantxa Echevarría posa en la presentación de su película “Cada día nace un listo”, este miércoles en Madrid. EFE/ Marcos Villaoslada
La directora Arantxa Echevarría posa en la presentación de su película “Cada día nace un listo”, este miércoles en Madrid.
EFE/ Marcos Villaoslada

Tras consolidarse como una de las voces más personales del cine español reciente con películas como Carmen y Lola (drama, 2018), La familia perfecta (comedia, 2021), Chinas (drama, 2023) y La infiltrada (thriller, 2024), Arantxa Echevarría vuelve a cambiar de registro con Cada día nace un listo, una comedia negra que llega a los cines el próximo 5 de junio. La directora madrileña reivindica en esta entrevista la libertad de moverse entre géneros, reflexiona sobre el lugar de la comedia en el cine español, analiza la picaresca contemporánea y defiende el momento que viven las mujeres cineastas. Todo ello sin perder de vista un objetivo que ha guiado su carrera desde niña: contar historias que conecten con el público.

Has probado diferentes géneros en tus últimas películas. ¿Por qué te apetecía hacer una comedia?

Para mí era como dar un golpe sobre la mesa y decir: “Pues no”. Quiero jugar, quiero hacer un poco de todo. Igual que lo hacen los chicos. A los directores nunca les preguntan: “¿Por qué has hecho As bestas y de pronto haces una serie sobre chavales de treinta años?”. Nadie les cuestiona esos cambios. A nosotras, en cambio, siempre nos colocan en esa tesitura.

Creo que un director es como un novelista: puede escribir una gran historia de ciencia ficción, una distopía o una obra sobre su pasado. Nunca ponemos eso en duda. Tiene un estilo propio, pero puede expresarse en géneros diferentes. Además, después de hacer La infiltrada necesitaba una especie de ducha emocional. Fue un proyecto muy duro porque hablaba de mi pasado, del conflicto, y estuve muy cerca de las víctimas. Tanto Carolina como yo lo vivimos con mucha intensidad. Cuando terminé pensé: “Ahora quiero hacer algo que me cambie el humor, reírme y sonreír”. Y también reírnos de nosotros mismos, que es, en el fondo, de lo que habla esta película.

Todos tenemos días sentimentales y otros absolutamente absurdos en los que nos reímos de todo. Somos un poco esas dos caras: el día bueno y el día malo, el drama y la comedia. Es algo muy cercano al ser humano.

Hugo Silva está espectacular y Susi Sánchez sorprende mucho en este registro. Ellos parecen habérselo pasado muy bien, pero tú, ¿cómo has vivido la experiencia desde detrás de la cámara? ¿Qué has hecho diferente respecto a otros trabajos tuyos?

Me parece el género más difícil de todos. Tocar la fibra sensible del espectador me resulta más sencillo que hacerle reír, porque cada persona tiene un sentido del humor distinto. Esta película es bastante gamberra y tiene un humor a veces oscuro, así que nunca sabes si va a funcionar igual para todo el mundo. Cuando escribí el personaje de Mari pensé directamente en Susi. Cuando le enviamos el guion me preguntó: “¿Tú estás segura?”. Y yo estaba convencida. Creo que un buen actor puede hacer cualquier género, igual que un buen director.

El truco de la comedia no es intentar ser gracioso, sino tomarte el personaje muy en serio. Si te fijas, Susi está completamente seria todo el tiempo. Lo mismo ocurre con Hugo y con el resto del reparto. No hacen caricaturas. Lo que sucede es que les pasan cosas disparatadas y reaccionan con absoluta naturalidad. Recuerdo que durante el rodaje le decía mucho a Susi: “Después de esta película te van a retirar el Goya”. Pero ella estaba feliz. Disfrutaba muchísimo porque hacer comedia también supone jugar más y exigirse de otra manera. Y me da mucha rabia porque creo que Hugo está soberbio. Sin embargo, al tratarse de una comedia, quizá tenga más difícil que se reconozca su trabajo.

¿Crees que el trabajo interpretativo en la comedia está menos valorado de cara a los premios?

Sí, estoy convencida.

Existe la idea de que la comedia tiene menos prestigio o es menos autoral que el cine considerado serio. Pero pienso en Ernst Lubitsch o en Billy Wilder, en películas como El apartamento o Con faldas y a lo loco, y estamos hablando de auténticas obras maestras.

Parece que poco a poco la comedia empieza a ocupar el lugar que merece. Este año hemos visto La cena en los Goya y el año pasado Casa en flames. Poco a poco se va entendiendo que una comedia también es cine y merece el mismo reconocimiento que cualquier otro género.

Con Diego Anido ya habías trabajado antes. ¿Qué buscas en los actores cuando afrontas una película de un género diferente?

Con Diego ya descubrí algo en La infiltrada. Allí interpretaba a Sergio Polo, un personaje durísimo, pura testosterona. Sin embargo, fuera de cámara es una de las personas más tiernas y divertidas que he conocido. Escribí el personaje de “el gallego” pensando en él porque ha hecho mucho teatro de comedia y tiene un sentido del humor extraordinario. Posee además un punto infantil que me encanta y que está muy presente en el personaje.

Yo creo que un buen actor puede hacer cualquier cosa. Si eres bueno, puedes hacer comedia, drama o lo que te echen. Y he tenido la suerte de contar con auténticos actorazos en esta película. Además, mi truco consiste precisamente en elegir muy buenos actores y dejarles jugar. Cuando un actor se apropia del personaje, este cobra vida por sí mismo.

Hugo era Toni López incluso en la pausa para el bocadillo. Susi y Diego se iban a comer y regresaban con nuevas propuestas. Estaban constantemente jugando e improvisando. Cuando los actores son tan buenos, el personaje acaba siendo incluso mejor de lo que uno había escrito.

Has defendido siempre personajes femeninos complejos, incómodos y alejados de ciertos clichés. ¿Sientes que eso sigue incomodando más cuando quien dirige es una mujer?

Quiero pensar que ya estamos un poco más acostumbrados. A mí me resulta más sencillo escribir personajes femeninos porque soy mujer. Y como ninguna de nosotras es simple ni unidimensional, los personajes tampoco lo son.

Hay algo que me gusta mucho de esta película: aparecen varias generaciones de mujeres. Desde el personaje de Sofía Otero, que tiene diez años, hasta la abuela interpretada por Susi Sánchez. Entre medias están Marina, Dafne, Belén… Mujeres muy distintas entre sí. Y, si te das cuenta, en el fondo son ellas quienes terminan ganando en la película.

Creo que poco a poco entendemos que las mujeres somos seres poliédricos y que tenemos muchas historias que contar. Necesitamos más personajes femeninos para poder reconocernos también en la pantalla. Quizá nadie se identifique exactamente con Mari, pero sí con esa mujer que intenta llegar a fin de mes, que sostiene a la familia y que carga con la responsabilidad cotidiana.

La película retrata al “listo”, al espabilado que se salta las normas y que, aun así, cae bien. ¿Cómo surge esa idea?

Creo que solemos llamar «picaresca española» a algo que en realidad es universal. En todos los países hay personas que se cuelan en una fila o intentan sacar ventaja. La diferencia es que aquí llegamos a casa y casi presumimos de ello. Por eso me hace gracia cuando hablamos de la picaresca española como si fuera algo exclusivamente nuestro. En realidad es algo muy humano.

El propio título resume la película. Decimos que alguien es “listo”, no “inteligente”. Y parece que incluso admiramos más al listo que al inteligente. A mí eso me llama mucho la atención. Intento enseñar a mis hijos que hay que respetar los turnos, devolver una cartera si la encuentras o actuar correctamente. Pero luego ves a alguien que te dice: “¿Cómo vas a devolver el dinero?”. También influye esa sensación constante de impunidad. Ves a alguien que ha robado millones y sigue adelante con total normalidad, mientras tú intentas llegar a fin de mes. Te preguntas qué estás haciendo mal. La película es una crítica a esa sociedad. Y también a las redes sociales. Parece que todo el mundo quiere hacerse rico rápido, convertirse en influencer, mudarse a Andorra y triunfar de la noche a la mañana. Existe una obsesión por conseguirlo todo de forma inmediata y por tener siempre más que el vecino. Es algo que personalmente no comparto, pero que veo constantemente a nuestro alrededor.

En los últimos años has estrenado prácticamente una película por año. ¿Cómo has vivido la evolución de las mujeres directoras y cómo has conseguido mantener ese ritmo de trabajo?

Es una pregunta muy compleja. Yo quería ser directora desde los ocho años. Me lo siguen recordando mis amigas del colegio. Pero entonces parecía algo imposible porque no había referentes. Estaban Pilar Miró y Josefina Molina, poco más. Entré en el cine desde abajo, sin padrinos ni contactos. Fui meritoria, auxiliar y ayudante de dirección. Y no había espacio para las mujeres directoras.

Mi primera película llegó cuando tenía cincuenta años. Estaba cansada de esperar y decidí producirla junto a Pilar Sánchez Díaz. Así nació Carmen y Lola. Tuve la enorme suerte de que la película encontró al público. Fuimos a Cannes y aquello cambió muchas cosas. Pero imagínate: llevaba más de cuarenta años soñando con dirigir.

Por eso ahora siento que no tengo tiempo que perder. Estoy en un momento en el que puedo elegir proyectos y hacer una película al año. Tengo muchas historias que contar. Levantar una película lleva muchísimo tiempo. Carmen y Lola me costó ocho años. Chinas, cuatro. Se te va la vida esperando. Además, hacer cine es muy caro. La infiltrada costó siete millones de euros. ¿Quién confía esa cantidad a una persona? Por eso hay que aprovechar este momento. La buena acogida de mis últimas películas me permite seguir trabajando y ya estoy preparando la siguiente. Si alguien me dice que pare, le responderé que no tengo tiempo para eso.

Estamos viviendo un momento extraordinario para las mujeres cineastas. Alauda Ruiz de Azúa ganó el Goya, yo lo gané el año anterior… Durante mucho tiempo no estuvimos ahí. Ahora nuestras películas funcionan, interesan al público y los productores apuestan por nosotras. Mi único miedo es que haya un cambio político o cultural que nos devuelva a la cuneta. Porque eso puede ocurrir. Por eso lucho como una condenada. Quiero hacer todo tipo de géneros para demostrar que somos capaces de hacerlo todo: una comedia negra, un thriller o cualquier otra cosa.

Recuerdo que, durante un coloquio de La infiltrada, un espectador me dijo que el director de la película era buenísimo. Cuando le explicaron que la directora era una mujer respondió: “Eso lo habrá hecho un tío”. Y dije: “No, lo he hecho yo”. Soy una mujer y soy perfectamente capaz de hacerlo. Lo que pasa es que durante mucho tiempo no nos dejaron. Ahora que tenemos la oportunidad, debemos aprovecharla.

¿Te interesa más hacer taquilla o ganar premios?

Lo que más me interesa es contar historias que conecten con la gente y que el público quiera ver. Si además llegan los premios, maravilloso. Significa que han gustado a la industria, a la crítica y a los espectadores. Pero, sinceramente, prefiero no ganar ningún premio y saber que mis películas llegan a la gente. Porque incluso cuando hago una comedia estoy hablando de cosas que me importan. Lo hago desde el humor porque creo que es una forma muy eficaz de llegar al espectador sin que apenas se dé cuenta. Si se divierte y, además, se lleva alguna reflexión a casa, entonces ya es un regalo extra.

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