Históricas

De los retiros reales a nuestras vacaciones: el difícil arte de detenerse

Antes de convertirse en un derecho laboral y en una industria turística, el descanso significaba disponer de tiempo libre y buscar otros aires: griegos y romanos sentaron las bases de una costumbre que las cortes europeas transformaron siglos después en retiros estacionales.

Antes de ser una fecha marcada en el calendario, una maleta abierta sobre la cama o un destino junto al mar o la montaña, las vacaciones fueron algo mucho más elemental y, dicho sea de paso, más elegante: tiempo liberado. Nada más. Y nada menos.

Ahí empieza todo: en la interrupción de las ocupaciones. La palabra viene del latín vacatio, de vacare, estar libre o desocupado, que es justamente lo que casi nadie sabe estar hoy sin sentir remordimiento. Mucho antes de que el descanso se convirtiera en un derecho laboral y, por tanto, en algo que hay que reclamar en lugar de disfrutar, griegos y romanos ya lo habían incorporado, con notable buen gusto, al arte de conservar la salud.

Hacia el 400 a. C., el tratado hipocrático Sobre los aires, las aguas y los lugares aconsejaba observar el clima, los vientos, el agua y las estaciones. La salud era cuestión de equilibrio entre alimentación, ejercicio, sueño y reposo. En los santuarios de Asclepio, los enfermos se entretenían varios días entre baños, paseos, dietas y rituales de sueño.

el tratado hipocrático Sobre los aires, las aguas y los lugares aconsejaba observar el clima, los vientos, el agua y las estaciones
Tratado hipocrático ‘Sobre los aires, las aguas y los lugares’

Roma heredó estas ideas y añadió las termas y el otium: el tiempo liberado del negotium, es decir, de los negocios y las obligaciones públicas. Las élites se retiraban a villas campestres o marítimas para descansar, leer y conversar, que es lo que hoy llamaríamos “desconectar”, cuando precisamente necesitamos hacer lo contrario: conectar, pero con nosotros mismos. Siglos después, la medicina convertiría el cambio de aires en tratamiento. Las vacaciones modernas nacieron de la unión de ambas corrientes: dejar temporalmente el trabajo y buscar en otro lugar la recuperación del cuerpo y, con algo más de esfuerzo, también la del ánimo.

Liberar el tiempo no bastaba. Para que comenzaran las vacaciones tal como hoy las reconocemos era necesario un segundo movimiento: abandonar el escenario de la vida cotidiana. Primero se dejó de trabajar; después se buscaron “otros aires”.

Las cortes europeas se adelantaron varios siglos a esa costumbre. Sus desplazamientos no eran vacaciones en sentido moderno, porque el gobierno, el ceremonial y las obligaciones viajaban con el monarca. Pero introdujeron una idea decisiva: cada estación podía tener su residencia y cada paisaje, una función.

En Italia, la dinastía de Saboya levantó entre los siglos XVI y XVIII alrededor de Turín la llamada Corona de Delicias. Venaria Reale, Stupinigi, Moncalieri y Racconigi formaron una constelación de palacios dedicados a la caza, las fiestas y los retiros cortesanos. Lugares de placer, sí, pero también escenarios de poder, porque hasta descansando había que dejarse ver.

Residencia dedicada a la caza y las fiestas edificada a partir del 1729 con proyecto de Filippo Juvarra, el Palacete de Caza de Stupinigi es una de las joyas monumentales de Turín, a 10 km de Piazza Castello
Residencia dedicada a la caza y las fiestas edificada a partir del 1729 con proyecto de Filippo Juvarra, el Palacete de Caza de Stupinigi es una de las joyas monumentales de Turín, a 10 km de Piazza Castello

También la monarquía española persiguió, siglo tras siglo, ese difícil equilibrio entre el negotium y el otium. No se trataba simplemente de alejarse de Madrid, sino de seguir el clima con disciplina: El Pardo en invierno, Aranjuez en primavera, La Granja en verano y El Escorial en otoño.

Aranjuez era pieza clave: la corte acudía en la jornada primaveral, atraída por la fertilidad de la vega, el agua abundante y un paisaje a medida para su disfrute. Pero cuando avanzaba el verano y apretaba el calor, era necesario ganar altura, porque contra la meseta en agosto no hay corona que valga.

Antes de la construcción de La Granja, los pinares de Valsaín cumplieron esa función. Allí, los reyes de la dinastía Trastámara habían levantado y ampliado una antigua casa de caza, utilizada también en tiempos de los Reyes Católicos. Felipe II la transformó en una residencia de recreo vinculada a la caza y al paisaje segoviano. La proximidad de la sierra, los bosques y las temperaturas más suaves convertían el lugar en una alternativa a los rigores estivales de la meseta. El deseo de descanso empezaba a expresarse en la arquitectura: más naturaleza, más agua, más intimidad y, sobre todo, en la elección del clima. Un grave incendio ocurrido en 1682 dañó profundamente el palacio, que nunca llegó a reconstruirse.

Tanto el palacio como los jardines de La Granja de San Ildefonso conforman un conjunto impresionante y digno de visitar

Felipe V dio un paso más, como corresponde a un Borbón con nostalgia de Versalles. Tras descartar la reconstrucción del antiguo palacio de Valsaín, en 1717 descubrió el cercano paraje de San Ildefonso y quedó seducido por su frescor y su riqueza cinegética. Allí levantó La Granja, pensada al principio como retiro personal y convertida después en residencia estival de la monarquía.

Los jardines franceses y las fuentes monumentales recordaban su infancia en la corte de Luis XIV. El agua en movimiento transformaba la percepción del calor y construía, alrededor del palacio, una escenografía refrescante. Detrás de cada surtidor había un sofisticado sistema hidráulico que aprovechaba el desnivel de la sierra para dar presión a las fuentes sin necesidad de bombeo alguno, una ingeniería tan discreta como eficaz.

La costumbre, como todas las buenas costumbres cortesanas, acabó descendiendo hasta la aristocracia. Las familias acomodadas levantaron quintas de recreo en los Carabancheles (Alto y Bajo), Chamartín y otros alrededores de Madrid, en busca de aguas abundantes, jardines y aires que se consideraban más saludables. El viaje era todavía corto, pero la idea ya estaba formada: dejar temporalmente la ciudad para recuperar el cuerpo y, si el tiempo lo permitía, también despejar el ánimo.

Así comenzaron las vacaciones, mucho antes de que existieran como derecho laboral o como industria turística. Primero fueron una exención; después, una pausa en las obligaciones; más tarde, el desplazamiento de la corte siguiendo las estaciones. El descanso moderno nació cuando el tiempo liberado encontró su paisaje: vacatio y aires puros.

*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com

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