Históricas

María Luisa Gabriela de Saboya, la pieza de intercambio entre Francia y España

María Luisa Gabriela de Saboya llegó a España con trece años como pieza de una alianza dinástica, pero acabó convirtiéndose en una de las grandes figuras políticas del reinado de Felipe V

María Luisa Gabriela de Saboya, reina de España. Pintura de Miguel Jacinto Meléndez.
María Luisa Gabriela de Saboya, reina de España. Pintura de Miguel Jacinto Meléndez.
Montaje: Ana Capdecón

María Luisa Gabriela de Saboya nació en Turín el 17 de septiembre de 1688. Para su familia nunca fue solo una hija. Como tantas princesas de su tiempo, desde muy pequeña supo que su futuro dependería menos de sus deseos que de los intereses de las grandes dinastías europeas.

Cada uno veía en ella una oportunidad. Su tío abuelo, Luis XIV, el poderoso Rey Sol, buscaba consolidar la influencia francesa sobre la Monarquía Hispánica. Su padre, Víctor Amadeo II, duque de Saboya, esperaba utilizar el matrimonio de su hija para fortalecer su posición y ampliar sus dominios en Italia. Y al otro lado de los Pirineos aguardaba Felipe V, un muchacho de apenas diecisiete años que, como ella, tampoco había elegido su destino y necesitaba un apoyo para sostener una corona discutida desde el primer día.

Nadie les preguntó a aquellos dos adolescentes qué deseaban. Su matrimonio fue un acuerdo entre reyes y una decisión de Estado. Sin embargo, quienes la contemplaban como una simple moneda diplomática cometieron un error de cálculo: María Luisa no había sido educada para adornar un trono, sino para gobernarlo.

En la refinada corte de Turín recibió una buena formación. Aprendió historia, religión, música, danza y protocolo. Desde muy joven destacó por su facilidad para la escritura. Sus cartas revelan una extraordinaria capacidad de expresión. A ello se unía una pasión por la lectura que conservaría durante toda su vida.

Pero la educación de una futura reina iba mucho más allá de los libros. Sus directores espirituales moldearon un carácter sereno, disciplinado y profundamente consciente del deber. María Luisa comprendió desde niña que una princesa pertenecía antes a la Corona que a sí misma.

Aquella educación estuvo marcada también por la espiritualidad de la Casa de Saboya. Creció junto a la Sábana Santa de Turín, asistiendo a ceremonias solemnes que reforzaban la idea de que la monarquía era también una misión sagrada. El destino quiso que el último gran acto de María Luisa en Turín tuviera lugar bajo la mirada de la Sábana Santa. El 11 de septiembre de 1701 contrajo allí matrimonio por poderes con Felipe V. Al día siguiente emprendía un viaje sin regreso hacia España.

Representación de la boda entre María Luisa y Felipe.
Biblioteca Nacional de Francia

Su llegada a España tampoco significó el comienzo de una nueva libertad. Luis XIV había previsto hasta el último detalle. Temeroso de que la joven reina pudiera actuar bajo la influencia de su padre o de la nobleza española, ordenó que todo su séquito saboyano fuera despedido en la frontera. María Luisa cruzó los Pirineos despojada de las personas que habían formado parte de su infancia y rodeada de rostros desconocidos.

Quedó bajo la tutela de la poderosa princesa de los Ursinos, nombrada camarera mayor por expreso deseo del Rey Sol para acompañarla, aconsejarla y, en la práctica, supervisar cuanto ocurría a su alrededor. Sobre el papel, el plan era perfecto.

Pero aquella decisión la hirió profundamente. Nada más reencontrarse con Felipe V le expresó su indignación, pero el joven rey, sin comprender el alcance de la ofensa, restó importancia al asunto y lo calificó de «niñerías». La respuesta tuvo el efecto contrario al que esperaba. María Luisa, con apenas trece años, le cerró la puerta de sus aposentos y durante tres noches se negó a recibirlo.

Felipe V comprendió entonces que no estaba ante una niña caprichosa, sino ante una reina con voluntad propia. Rectificó, le pidió perdón y le prometió que nada semejante volvería a suceder. Solo entonces, la cuarta noche, María Luisa volvió a abrirle la puerta.

Aquel episodio, aparentemente doméstico, fue mucho más que un desencuentro matrimonial. Fue la primera demostración de que la joven reina no estaba dispuesta a dejar que otros decidieran siempre por ella.

La adolescente que llegó a Madrid no tardó en demostrar que poseía una madurez extraordinaria. Muy pronto dejó de ser únicamente la esposa del rey para convertirse en el principal apoyo político y emocional de Felipe V.

La reina con su primer hijo (el futuro Luis I), por Miguel Jacinto Meléndez, 1708.
Wikimedia Commons

Durante la Guerra de Sucesión asumió la regencia del reino en cinco ocasiones. Presidió consejos, despachó con los ministros y ejerció la autoridad que Felipe V le había delegado. Aunque contó con el asesoramiento constante de la princesa de los Ursinos y de sus principales colaboradores, la reina fue consolidando un papel político propio que sorprendió a embajadores y cronistas. Felipe V llegó a otorgarle plenos poderes para gobernar en su nombre, autorizándola a ejercer «toda la autoridad, poder y facultades» que residían en la Corona.

También conquistó algo que ningún decreto podía imponer: el cariño de sus súbditos. Madrid comenzó a llamarla sencillamente la Saboyana. Renunció a las costosas fiestas preparadas para celebrar su llegada y destinó ese dinero a limosnas y al sostenimiento del ejército. Saludaba al pueblo en las calles, escuchaba sus peticiones y acompañó a la corte en los años más difíciles de la guerra sin perder nunca la cercanía que la convirtió en una de las reinas más queridas de su tiempo.

Además de gobernar, cumplió con la principal obligación dinástica de una reina: asegurar la sucesión. Fue madre de cuatro hijos, entre ellos dos futuros reyes de España, Luis I y Fernando VI. Pero los embarazos continuos, el peso del gobierno y una enfermedad devastadora fueron consumiendo lentamente su salud. La linfadenitis cervical tuberculosa deformó su cuello y obligó a los médicos a recurrir a tratamientos tan dolorosos como inútiles. Aun así, continuó cumpliendo con sus obligaciones mientras las fuerzas se lo permitieron.

Murió el 14 de febrero de 1714. Tenía sólo veinticinco años. Con ella desaparecía mucho más que una reina. Felipe V perdía el único apoyo capaz de sostenerle cuando el peso de la Corona amenazaba con vencerle. España perdía a una soberana que había gobernado con una madurez impropia de su edad y que dejó una huella mucho más profunda de lo que permiten imaginar sus veinticinco años de vida.

Europa creyó negociar el destino de una princesa. Sin saberlo, estaba entregando a España una reina.

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