Es, probablemente, la niña más famosa de la historia del arte. Millones de personas reconocen su rostro gracias a Las Meninas. Identifican su vestido, su melena rubia y esa mirada serena que Diego Velázquez convirtió en inmortal. Pero muy pocos conocen la historia de la niña que cambió el destino de una dinastía.
La pequeña que ocupa el centro de Las Meninas no era solo una infanta. Llegó a encarnar el futuro de la Monarquía Hispánica.
Se llamaba Margarita María Teresa de Austria y Habsburgo. Infanta de España. Durante años fue la gran esperanza de la Monarquía Hispánica. La muerte de su hermano Felipe Próspero en 1661 y la frágil salud del pequeño Carlos mantuvieron abierta la incertidumbre sobre la sucesión de la Corona.
Antes de cumplir los seis años ya simbolizaba la continuidad de una dinastía, antes de alcanzar la mayoría de edad se había convertido en emperatriz, y a los veintiún años ya había muerto, consumida por la misma razón por la que había venido al mundo: garantizar la continuidad de la Casa de Austria.

La infanta Margarita María nació en el Real Alcázar de Madrid el 12 de julio de 1651. Era la primera hija del segundo matrimonio de Felipe IV con Mariana de Austria y, durante sus primeros años, la gran esperanza de una dinastía que veía cómo el problema sucesorio amenazaba el futuro del imperio. Felipe IV sentía una especial debilidad por la pequeña. La llamaba cariñosamente “mi alegría”, un apelativo que resumía su carácter vivaz, su excelente salud y el consuelo que encontraba en ella un rey acostumbrado a perder hijos.
Su destino quedó fijado casi al mismo tiempo que su imagen. En 1656, Diego Velázquez la situó en el centro de Las Meninas. El cuadro, que Felipe IV conservó durante años en su despacho privado del Real Alcázar, continúa siendo una de las obras más estudiadas de la historia del arte. La luz busca a Margarita, las miradas convergen en ella y todo parece girar alrededor de aquella niña de apenas cinco años. No era simplemente una infanta retratada por el pintor de cámara. Era el centro de la familia, del cuadro y, probablemente, también de los afectos del rey.
Velázquez conocía a Margarita desde su nacimiento. La vio crecer en el Alcázar y retrató su infancia como ningún otro pintor. Ese conocimiento íntimo parece percibirse en el lienzo. Hay cuadros pintados con maestría y otros con afecto. Las Meninas pertenece a ambas categorías.

Aquella niña fue también una de las personas más observadas de la Europa del siglo XVII. Mucho antes de que existiera la fotografía, su crecimiento quedó documentado en una extraordinaria serie de retratos realizados por Velázquez y, tras su muerte, por Juan Bautista Martínez del Mazo. Vestida de rosa, de azul o de blanco y plata, Margarita viajaba sin moverse de Madrid. Cada cuadro emprendía el camino hacia Viena para que su prometido, el emperador Leopoldo I, hermano de su madre y once años mayor que ella, pudiera comprobar cómo crecía la futura esposa que apenas conocía.
Esos retratos fueron auténticos informes diplomáticos. No se buscaba solo comprobar su belleza, sino también su fortaleza física. En ellos se observaban discretamente su estatura, su complexión y los rasgos que podían anticipar la salud de la futura madre de los herederos imperiales.
Hacia los nueve años comenzaron las negociaciones de su matrimonio; a los doce se firmaron las capitulaciones, aunque la delicada salud de su hermano Carlos retrasó su salida de España. Con catorce años se casó por poderes en el Real Alcázar de Madrid y, en 1666, con apenas quince años, emprendió el viaje definitivo hacia Viena.

La travesía duró cerca de siete meses. Antes de abandonar Madrid acudió al Real Monasterio de las Descalzas Reales para encomendarse a la protección divina. Después llegaron Valdemoro, Aranjuez, Ocaña, Gandía, Denia, Barcelona, Milán y Trento. En cada ciudad la esperaban fiestas, ceremonias y una demostración cuidadosamente organizada del poder y del prestigio de la Casa de Austria.
Su llegada a Viena fue recibida con un extraordinario despliegue de celebraciones y ceremonias concebidas para recordar a Europa que los Habsburgo seguían siendo una de las grandes potencias del continente, en un momento en que la Francia de Luis XIV disputaba su hegemonía.
Contra lo que cabría esperar de un matrimonio concertado entre familiares, las crónicas hablan de una relación afectuosa entre Margarita y Leopoldo I, unidos por su pasión por la música, el teatro y las artes. La joven emperatriz llevó consigo parte del refinamiento del barroco español y mantuvo con orgullo muchas de las costumbres de la corte madrileña, entre ellas el guardainfante, la estructura rígida que daba volumen a la falda y que se había convertido en un símbolo de rango y poder. Su amplitud obligaba a mantener las distancias, condicionaba la forma de caminar y de moverse y proyectaba una imagen de autoridad y solemnidad.

Pero el mismo destino dinástico que había marcado su infancia terminó consumiendo su vida. En apenas seis años afrontó siete embarazos. Solo una de sus hijas, María Antonia, alcanzó la edad adulta. El 12 de marzo de 1673 falleció en Viena con solo veintiún años, embarazada de cuatro meses, víctima de una infección que encontró un organismo agotado tras siete embarazos en apenas seis años. Había muerto por aquello para lo que había sido educada desde la cuna: asegurar la continuidad de la Casa de Austria.
Margarita María Teresa descansa hoy en la Cripta Imperial de Viena. Sin embargo, su verdadera tumba es también uno de los cuadros más admirados de la historia del arte. Millones de personas contemplan cada año a la niña de Las Meninas sin saber que detrás de aquella mirada serena se escondía una mujer cuya vida estuvo determinada desde la cuna por la política, la dinastía y el deber.

Velázquez la hizo inmortal. Tres siglos después, Pablo Picasso la reinterpretó en cincuenta y ocho ocasiones y poetas como Boris Pasternak encontraron inspiración en ella. Hoy, casi cuatro siglos después de que posara para Velázquez, aquella niña ha trascendido a la propia Margarita Teresa. Su inconfundible silueta, moldeada por el guardainfante, se ha convertido en el gran icono de Las Meninas y en una de las imágenes más reconocibles de la cultura española.
*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com.

