Históricas

Bárbara de Braganza: diecisiete años de confinamiento

Encerrados por la corte: Fernando VI y Bárbara de Braganza transformaron su aislamiento en una explosión de arte y cultura

Bárbara de Braganza llegó a la corte española con apenas veintiún años para casarse con el príncipe Fernando de Borbón. Entró en Madrid como quien atraviesa un escenario ya envenenado por el silencio y las intrigas. Fernando había perdido a su madre, María Luisa Gabriela de Saboya, con 10 años, y su padre, el rey Felipe V, hombre melancólico, profundamente católico y emocionalmente dependiente, volvió a casarse apenas diez meses después con Isabel de Farnesio. Aquella unión fue fruto de la calculada ingeniería política del cardenal Giulio Alberoni, principal ministro del rey, que soñaba con devolver protagonismo a España.

Isabel de Farnesio comprendió enseguida que los hijos del primer matrimonio eran un obstáculo para sus ambiciones. Luis, el primogénito, fue apartado mediante un matrimonio precoz; reinó apenas siete meses antes de morir de viruela. Fernando sufrió otra forma de abandono: una educación mínima, sin preparación política ni contacto real con el gobierno. Creció sin conocer los documentos de Estado, ignorando la diplomacia europea y apartado deliberadamente del poder. De aquel vacío nació un hombre inseguro, tímido y emocionalmente frágil.

Detalle del retrato de Isabel Farnesio, reina de España por Jean Ranc, Primer tercio del siglo XVIII. Número de catálogo Poo2328. (c) Museo Nacional del Prado

Pero Isabel no contó con Bárbara. La princesa portuguesa llegaba formada en un ambiente radicalmente distinto. Hija de María Ana de Austria, vinculada al Sacro Imperio, y del fastuoso rey Juan V de Portugal, había recibido una educación excepcional para su tiempo. Hablaba portugués, castellano, francés, italiano, alemán y latín; estudió historia, filosofía moral y política. Para ilustrados como el padre Feijoo, Bárbara representaba el ejemplo más alto del talento femenino.

La llegada de la nueva princesa alteró el equilibrio de la corte. Isabel de Farnesio respondió con una crueldad fría y burocrática: sometió a Fernando y Bárbara a un confinamiento de 17 años. El reglamento de 1733 los convirtió en prisioneros disfrazados de príncipes. Podían recibir a pocas visitas, tenían prohibido acudir a ceremonias públicas, pasear libremente, asistir a templos o relacionarse con embajadores, salvo los de Francia y Portugal. No participaban en el Consejo de Gobierno ni eran convocados a los despachos ministeriales. Vivían apartados del corazón del poder.

Detalle de Bárbara de Braganza por Jean Ranc, Hacia 1729. Número de catálogo Poo2414. (c) Museo Nacional del Prado

Vivían rodeados de espías: damas y sirvientes informaban constantemente a Isabel de Farnesio. Sin embargo, Bárbara y Fernando sobrevivieron. Mientras Fernando encontraba la fuerza en su mujer, Bárbara aprendía a esperar. Observaba los movimientos de la corte, cultivaba alianzas discretas con diplomáticos extranjeros y tejía una red silenciosa de lealtades. Comprendió que sobrevivir exigía construir un mundo interior que nadie pudiera destruir.

Durante aquellos años encontró refugio en la música. Su relación con Domenico Scarlatti fue decisiva. El músico italiano, llegado desde Portugal como su maestro de clave, se convirtió en compañero intelectual y cómplice artístico. Bajo su influencia, Bárbara desarrolló una sensibilidad refinada y melancólica, casi religiosa. Tocaba el clavicémbalo, que era su forma de meditar; se necesitaba una relajación corporal total, articulación y precisión, y lo hacía con virtuosismo. Reunió una de las bibliotecas musicales más notables de Europa. Ella encontraba en la música un territorio verdaderamente libre.

En torno a Bárbara surgió además un pequeño círculo de mujeres fieles, como Rosa María de Castro. Damas y servidoras formaron una discreta corte paralela, una red de afectos, confidencias y lealtades que funcionó como un verdadero círculo político femenino. Intercambiaban cartas, regalos y favores como símbolos de lealtad frente al régimen doméstico impuesto por Farnesio. En un mundo gobernado por hombres, aquellas mujeres construyeron una forma discreta y persistente de influencia.

Bárbara de Braganza y Fernando de Borbón

Todo cambió en 1746 con la muerte de Felipe V. Bárbara actuó con una rapidez que sorprendió a la corte. Convertida ya en reina, alejó inmediatamente a Isabel de Farnesio al palacio de La Granja de San Ildefonso. Una decisión firme para apartar a la mujer que los había mantenido 17 años bajo vigilancia y aislamiento.

El reinado de Fernando VI y Bárbara de Braganza fue uno de los más singulares de la monarquía española. No gobernaron como rey y consorte, sino como una extraña sociedad afectiva y política. Fernando encontraba en ella equilibrio y dirección; Bárbara aportaba inteligencia, determinación y cultura de gobierno. Asistía a reuniones ministeriales, intervenía en asuntos diplomáticos y ejercía una influencia evidente sobre las decisiones de Estado. En algunas cortes europeas se decía con desprecio que Fernando era un “títere” en manos de su mujer. La realidad era que el reinado descansaba, en gran parte, sobre la lucidez de Bárbara.

Su corte estuvo marcada por las artes. El gran beneficiado fue Farinelli, convertido en director de los teatros reales y figura imprescindible de Aranjuez y el Buen Retiro. Bajo el patrocinio de Bárbara, la música alcanzó un esplendor casi teatral. Las fiestas sobre el Tajo, las óperas y los conciertos transformaron la corte española en uno de los centros culturales más refinados de Europa.

Iglesia de Santa Bárbara (Convento de las Salesas Reales)

Pero bajo aquel brillo persistía una tristeza. Bárbara no tuvo hijos. Consciente de que no podría descansar en El Escorial, mandó construir el monasterio de las Salesas Reales. Murió en 1758, en Aranjuez. Fernando VI quedó devastado. La pérdida quebró definitivamente su frágil equilibrio y cayó en una locura sombría, hecha de silencio, aislamiento y desesperación. Apenas sobrevivió un año a Bárbara.

Hoy, en la Iglesia de Santa Bárbara, parte del antiguo monasterio de las Salesas Reales, permanecen los sepulcros de mármol de Fernando VI y Bárbara de Braganza. Los cuerpos ya no reposan allí, pero los monumentos funerarios siguen ocupando el espacio que la reina imaginó para su memoria.

Quizá el mejor final para aquel reinado: dos personas sometidas durante años a vigilancia y aislamiento que encontraron en el afecto mutuo una forma de resistencia. De aquel encierro no surgieron guerras memorables ni conquistas, sino música, academias, jardines, conventos y una de las cortes más cultas de la Europa del siglo XVIII.

*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com.

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