Isabel de Borbón, por cuyas venas corría sangre francesa e italiana, era hija del Rey Enrique IV de Francia y de María de Médici. Fue prometida con apenas diez años y enviada a España a los trece.
En 1615, en la Isla de los Faisanes, en el río Bidasoa, se llevó a cabo un solemne intercambio: Isabel pasó al lado español para casarse con Felipe IV, mientras que Ana de Austria cruzó hacia Francia para unirse a Luis XIII.
Lejos de cualquier ideal romántico, se trató de un acuerdo cuidadosamente calculado. La isla, situada justo en la frontera, garantizaba una aparente igualdad: ni Francia ni España cedían terreno. Dos princesas fueron intercambiadas para sellar una alianza entre ambas potencias; entre el murmullo del río, se despedían de todo lo que conocían.

Isabel llega a España en 1615. Es algo mayor que Felipe IV, que entonces cuenta apenas diez años: dos niños unidos por una alianza que los supera.
Cuando muere Felipe III en 1621, no deja organizado el traspaso, ni un equilibrio firme en la corte. El nuevo rey, con solo dieciséis años, se encuentra rodeado de grupos de poder y dependiente de quienes saben moverse en ese mundo. Entre ellos destaca su gentilhombre de cámara, el conde-duque de Olivares, quien mantenía un trato estrecho y constante con el rey. Hasta entonces había ocupado un lugar discreto, pero cercano: suficiente para observar, influir y, sobre todo, ganarse la confianza del joven príncipe.
Olivares le llevaba dieciocho años. No era solo una diferencia de edad, sino de experiencia, de mundo y de manejo de la corte. Supo situarse como guía, consejero y filtro de la realidad del rey. En un entorno donde la información era poder, esa cercanía le permitió moldear decisiones y orientar la voluntad del monarca hasta ser nombrado su valido.
Isabel, entre 1621 y 1640 —casi durante veinte años—, tuvo once hijos. Solo uno alcanzó la adolescencia y una hija llegó a la edad adulta.
Mientras tanto, en la sombra, Olivares toleraba y, según muchos, organizaba discretamente las infidelidades del rey, contribuyendo a mantenerlo distraído. Se cree que Felipe IV tuvo más de treinta hijos ilegítimos, aunque solo reconoció a uno: Juan José de Austria, fruto de su relación con la actriz conocida como la Calderona. Isabel lo sabía todo. Lo sabía y callaba.

Y, sin embargo, Isabel no fue una figura pasiva. Fue reina regente en varias ocasiones durante la guerra de Cataluña. Intervino en asuntos diplomáticos, poseía una visión de Estado propia, y presidió la Junta de Gobierno, desde donde emitía pareceres y remitía consultas al rey en el frente. Firmaba documentos de Estado, cédulas de pago y resoluciones urgentes sin esperar confirmación real. “Yo, la Reina”. Su condición de mujer y la desconfianza que cultivaba el valido la obligaban a reafirmar su autoridad constantemente, imponiendo su firma una y otra vez para poner en marcha la maquinaria institucional. Una firma que era, cada vez, una pequeña declaración de guerra.
En cierta ocasión, expresó su opinión sobre un asunto de gobierno en presencia del rey y del conde-duque. Este zanjó la cuestión con una frase que resume toda una época: “La misión de los frailes es solo rezar y la de las mujeres, solo parir”. Todo lo sostuvo con dignidad y entereza.

Se le atribuye un papel decisivo en la caída del valido en 1643. Participó en la llamada “conspiración de las mujeres”, junto a figuras como Margarita de Saboya, Ana de Guevara y su dama de más confianza, Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, a quien la corte llamaba en voz baja la secreta valida de la reina, logrando que el rey abriera los ojos ante los desaguisados de su hombre de confianza. No es poca cosa derribar a un valido que llevaba veintidós años atrincherado en el poder. Y antes de morir tuvo al menos ese último giro del destino: ver cómo su marido, por fin, apartaba a Olivares y comenzaba a escucharla.
Y así, en aquel octubre madrileño de 1644, se nos fue la Gobernadora, dejando al Rey Planetario solo. Isabel entregó su alma asida al Cristo que le sujetaba su íntima Paredes, tras el último embarazo que su cuerpo ya no pudo sostener. Felipe, que andaba guerreando por Aragón, regresó con el alma en jirones confesando que debía de ser de bronce para no haber perdido el juicio tras perder a su “mujer, amiga, ayuda y consuelo”.
Llegó con trece años; murió con cuarenta y uno. En esos veintiocho años, aprendió a resistir, a gobernar y, al final, a desenmascarar al gran perturbador de la corte. Se marchó quien el pueblo, con ese instinto que a veces tiene el pueblo, llamaba “la Deseada”: la que se echa de menos. Esa francesa tan nuestra que supo poner firme al mismísimo Olivares, gobernar sin que nadie se lo agradeciera y morir con más dignidad de la que esta corte merecía.
*Eugenia Bugallal es fundadora de www.spanish-balcony.com.
