Históricas

Margarita de Austria-Estiria, Felipe III y el duque de Lerma

La reina que gobernaba, el rey que consentía y el valido que era una perla

En la España de comienzos del siglo XVII convivieron tres figuras que, juntas, explican mejor que ningún tratado el funcionamiento real del poder: una reina brillante, un rey débil y un valido voraz. Es decir, talento, apatía y codicia compartían escenario.

Cuando Margarita de Austria-Estiria llegó a España en 1599, tenía catorce años. Venía a casarse con Felipe III y, sin saberlo, a sostener un imperio quebradizo. Un año después, en Valencia, se unieron en matrimonio. Él firmó. Ella, integró… y sostuvo.

Porque si el rey tenía la costumbre de delegar, la reina tenía la virtud de asumir. No dominaba el castellano, pero aprendió enseguida el lenguaje de la autoridad, que no necesita diccionario sino determinación. Y la tuvo. Mientras el monarca flotaba entre distracciones, Margarita ejercía, sin proclamarse, como auténtica columna vertebral de la Corona.

Entretanto, el hombre fuerte del régimen gestionaba discretamente los asuntos del régimen: Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma. Primer ministro antes de que existiera el término y pionero, también, en una práctica que haría fortuna: la confusión entre lo público y lo propio. Bajo su dirección, la política se convirtió en una empresa familiar y el Estado, en una oportunidad de negocio.

Hasta se permitió mudar la corte a Valladolid, donde ya había adquirido propiedades con ojo de mercader: negocio redondo, porque obligaba a nobles y cortesanos a instalarse allí y a contribuir a su fortuna, y jugada política, porque alejaba a la reina del Monasterio de las Descalzas Reales, donde tejía su red de apoyos y empezaba a resultar incómoda.

La corrupción, que nunca llega de golpe sino con un calendario a la carta, encontró en el duque de Lerma un gestor aplicado. Vendió títulos en Italia como quien liquida existencias: veintitrés principados y una ristra de ducados, marquesados y condados que salían al mercado con más facilidad que escrúpulos. Todo ello convenientemente anotado en una contabilidad paralela que respondía al eufemismo de “gastos secretos”. Secretos, desde luego.

Y en medio de ese panorama —mitad corte, mitad lonja— floreció la figura de la reina.

Margarita ocupó el trono y lo interpretó. Entendió, antes que muchos, que el poder también se representa. Su reinado fue un “boom” mediático antes de que existiera la palabra. Cerca de trescientas crónicas de acontecimientos circularon celebrando su llegada, su boda y sus primeros pasos como reina. España descubría el poder de la imprenta; la reina despertaba fascinación rodeada de un halo de misterio, ya que no hablaba la lengua; el duque de Lerma se presentaba como el gran anfitrión; y Europa asistía al nacimiento de una celebridad de Estado. Lo que hoy llamaríamos una “influencer” internacional.

Nada en su imagen fue casual. Abandonó su identidad centroeuropea para enfundarse en la severidad del traje español: saya rígida, chapines elevados y una estética que imponía más que favorecía. En un mundo de hombres, Margarita instauró un lenguaje más eficaz: su imagen.

Retrato del Duque Lerma

Su figura se construyó sobre tres pilares: poder a través de la presencia, devoción inquebrantable y silencio estratégico. Fue madre, sí; y también símbolo. Reina santa para unos, mito político para otros.

Pero donde realmente se decidían las cosas era en los pasillos. Allí se libró la verdadera batalla: la de Margarita contra el duque de Lerma.

El valido, consciente del peligro, intentó aislarla desde el principio. Intervino su correspondencia, sustituyó a su entorno y colocó vigilancia de confianza. Quiso domesticarla. Margarita respondió con inteligencia, paciencia y una notable habilidad política. Desde espacios como el Monasterio de las Descalzas Reales tejió una red de apoyos, sumó aliados y fue desgastando, poco a poco, el poder del favorito.

En su círculo, algunos jesuitas la llamaban “Ester”, en referencia a la reina bíblica valiente, sabia y defensora de su pueblo. La comparación no carecía de intención. Porque en 1606 Margarita dio un paso decisivo: denunció ante el rey las irregularidades y manejos de Lerma y de sus fieles —Rodrigo Calderón y Pedro Franqueza, entre otros—. No lo derribó en ese momento, pero sembró la incertidumbre.

Mientras tanto, cumplía con la dinastía con una eficacia casi inverosímil: ocho hijos, entre ellos el futuro Felipe IV. Gobernaba, paría y conspiraba —todo en silencio— en una corte donde el ruido lo hacían otros.

Murió en 1611, con apenas veintiséis años, tras un sobreparto. Su muerte sacudió Europa y desató rumores de veneno, como corresponde a toda corte que se precie. No llegó a ver la caída definitiva del duque de Lerma, pero dejó el terreno preparado. Supo rodear al rey de las personas adecuadas y sembrar una voluntad política que sobrevivió a su desaparición.

Porque Margarita no fue una reina decorativa ni un paréntesis en la historia. Fue, con todas las letras, una reina moderna: consciente de la imagen, hábil en la intriga, firme en la fe y decidida a sostener un imperio que otros administraban con irresponsabilidad.

Con el paso del tiempo, cada cual ha ido quedando en su sitio: el rey en su discreta ausencia, el valido en sus negocios… y la reina donde verdaderamente importa. Porque de aquella “perla” que fue el valido quedó el brillo pasajero de quien supo aprovechar su momento; de la reina, en cambio, permaneció algo más difícil de alcanzar: el ejercicio real del poder. Y en esa diferencia, silenciosa pero decisiva, se encuentra quien realmente supo gobernar.

TAGS DE ESTA NOTICIA