La entrevista

Mascha Schilinski, directora de ‘El sonido de la caída’: “Todas las mujeres estamos conectadas por un trauma compartido”

La película recorre un siglo de historia a través de cuatro mujeres unidas por un mismo espacio, trazando una memoria compartida donde el trauma, el silencio y la opresión patriarcal se transmiten de generación en generación

Mascha Schilinski, directora de 'El sonido de la caída'
Mascha Schilinski, directora de 'El sonido de la caída'
Montaje: kiloycuarto

Su segundo largometraje, El sonido de la caída, ha sido una de las películas más aplaudidas internacionalmente desde que se estrenó hace ahora un año en el festival de Cannes, donde acabó compartiendo con Sirāt el Premio del Jurado. A lo largo de su metraje, acompaña alternadamente a cuatro chicas que habitan la misma casa rural en sendas épocas distintas -la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Alemania en los años 80 y el momento presente- y cuyas vidas se muestran conectadas a pesar del tiempo a través de un ciclo ineludible de opresión patriarcal.

¿Cómo surgió la idea en la que se basa El sonido de la caída?

Cuando irrumpió la pandemia, escapé de la ciudad junto a quien acabó siendo la coguionista de la película, mi amiga Louise Peter, y encontramos una mansión rural que llevaba deshabitada 50 años pero aún estaba llena de muebles y objetos. Allí encontramos una fotografía; había sido tomada hace un siglo, en el punto exacto donde nosotras nos encontrábamos, y en ella aparecían tres mujeres que daban la sensación de estar mirándonos a los ojos. Nos conmovió profundamente, y sentimos que nos transmitían una profunda melancolía. Aquella misma noche, mientras tomábamos vino, empezamos a fantasear sobre las historias que esas mujeres parecían ocultar. ¿Quiénes eran exactamente? ¿Qué habían experimentado? ¿Qué vieron exactamente en el momento en el que miraron a la cámara? ¿Qué teníamos en común nosotras con ellas? De repente, aquella casa se convirtió en recipiente de una serie de asuntos que sentimos la necesidad de explorar.

¿Qué asuntos quisieron explorar?

Principalmente, la transmisión transgeneracional del trauma, historias silenciosas y ocultas que determinan a las mujeres desde mucho antes de que nazcamos, y que nos provocan tanta vergüenza que no nos atrevemos a contárselas a nadie. Suelen ser pequeños momentos, no los grandes acontecimientos en los que mucha gente piensa al oír la palabra trauma, y se manifiestan a partir de emociones reprimidas y señales a menudo difícilmente explicables de que algo no va bien. Como digo, es un sentimiento difuso de inquietud que es común a todas las mujeres, un trauma compartido que nos conecta a todas, y yo he querido escuchar cuidadosamente cómo suena.

Tal y como usted lo describe, no parece algo fácil de capturar a través de una película…

¡No lo es! Dado que se adentra en la vida interior de sus personajes, es una película bastante elíptica y fragmentada, un relato tejido a partir de las sensaciones físicas que experimentan. Al entrelazar sus vivencias mediante pequeños gestos y acciones, pude visualizar cómo el trauma recorre este edificio a lo largo del tiempo sin necesidad de explicitar en exceso las psicologías de todas esas chicas. Decidí que la cámara se moviera a lo largo de la película como un fantasma, flotando de un tiempo a otro y de una habitación a otra, para dar la sensación de que todas las mujeres que vivieron en la casa están soñando o recordando al mismo tiempo. De ese modo, la imagen funciona como una especie de memoria colectiva.

¿Cómo eligió las diferentes épocas que la película alterna?

Quise que cada época coincidiera aproximadamente con una generación distinta. Las cuatro protagonistas son, cada una a su manera, mujeres sometidas a la época en la que viven. Las costumbres, las normas sociales y las convenciones de su tiempo tienen un impacto directo en ellas, y moldean tanto su comportamiento como la imagen que tienen de sí mismas. La película sugiere que todo eso no solo queda grabado en ellas, sino que se convierte en un legado transmitido de generación en generación. A lo largo de las décadas, la situación de la mujer ha mejorado notablemente, al menos en los ámbitos social y legal. Sin embargo persisten muchas dinámicas, especialmente relacionadas con la mirada masculina. La película, en cierto modo, ofrece una retrospectiva sobre la mirada masculina: muestra cómo la figura femenina ha sido constantemente desnudada y sometida por el hombre, de una manera simbólica pero a la vez muy rotunda.

En cierto modo, El sonido de la caída explora la niñez, un asunto que usted ya abordó en su primer largometraje, Dark Blue Girl (2017). ¿Qué le atrae de él?

Lo que más me fascina de la perspectiva infantil es su lucidez. Los niños intentan orientarse en el mundo en el que nacen, y al hacerlo descubren rápidamente las deficiencias en su construcción y todo aquello que no funciona, y que los adultos intentan ignorar u ocultar; poseen una capacidad casi mágica. A través de sus preguntas, y de sus reacciones de incomprensión, los más pequeños dejan al descubierto todas las absurdidades en las que los adultos nos hemos enredado, el conjunto de reglas que hemos establecido y que nos impiden encontrar la felicidad. Esta capacidad deconstructiva es lo que más me interesa de la perspectiva infantil.

El sonido de la caída es una de las películas más aclamadas de este último año, pero ¿es cierto que estuvo a punto de no encontrar financiación para hacerla?

Totalmente. Desde el proceso de escritura del guion, a muchos les costó entender qué pretendía con ella. La película no tiene un protagonista típico, ni tres actos, ni una trama en el sentido clásico, y no funciona de forma lineal. Por eso, mucha gente me dijo: “No puedes hacer una película así”. Pero cuando alguien trata de imponerme que las cosas tienen que ser de una manera determinada, simplemente porque siempre han sido así, yo pienso: “Pues esta vez serán distintas”.

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