Pocas películas españolas han logrado algo tan difícil como La llamada: hablar de religión sin cinismo y de juventud sin paternalismo. Estrenada en 2017, la adaptación cinematográfica del musical de Los Javis se convirtió rápidamente en un fenómeno generacional gracias a su humor, sus canciones y su capacidad para conectar con espectadores muy distintos. Sin embargo, detrás de la comedia musical existe una reflexión mucho más profunda sobre la identidad, la fe y el lugar de las mujeres dentro de esa experiencia espiritual.
Vista desde unas gafas violetas, La llamada no es una película contra la religión. Tampoco es una sátira de la vida cristiana. Todo lo contrario. Es una historia sobre personas que buscan su lugar en el mundo y que, precisamente a través de esa búsqueda, descubren una relación más auténtica con Dios.

La película sitúa a las mujeres en el centro absoluto del relato. María y Susana, dos adolescentes que pasan el verano en el campamento La Brújula, protagonizan una historia donde los grandes conflictos no giran alrededor de la mirada masculina ni de relaciones sentimentales convencionales. Lo que está en juego es algo más importante: la construcción de la propia identidad.
Las dos jóvenes viven un momento de tránsito. Quieren bailar, salir de fiesta, experimentar y explorar el mundo. Pero también están intentando descubrir quiénes son realmente. La película no presenta estas inquietudes como una rebeldía vacía ni como una oposición automática a la fe. Lo interesante es que la búsqueda personal termina convirtiéndose en una búsqueda espiritual (porque en el fondo, son lo mismo).
En muchos relatos audiovisuales contemporáneos, la emancipación femenina aparece ligada al abandono de cualquier forma de religiosidad. La llamada propone algo diferente. María no encuentra su libertad alejándose de Dios. La encuentra precisamente cuando deja de relacionarse con Él a través de esquemas prefabricados y comienza a escucharlo de manera personal.

Ese es probablemente uno de los aspectos más innovadores de la película. Dios no aparece como una autoridad que castiga o controla. Tampoco como una figura distante, sino como un compañero de camino, que escucha y habla al corazón. La experiencia religiosa que vive María no nace del miedo ni de la obligación, sino del encuentro.
La película recupera así una dimensión profundamente cristiana: la vocación entendida como diálogo. María descubre que creer no significa renunciar a quien es. Al contrario. La llamada de Dios la impulsa a conocerse mejor, a desarrollar sus talentos y a tomar decisiones libres.
Desde una perspectiva feminista, este planteamiento resulta especialmente interesante porque rompe con una imagen muy extendida según la cual la espiritualidad y la autonomía femenina son incompatibles. María no debe elegir entre ser libre o ser creyente. La película muestra que ambas dimensiones pueden convivir.

Algo parecido ocurre con la hermana Milagros, uno de los personajes más complejos y entrañables de la historia. Durante años ha intentado responder a lo que cree que los demás esperan de ella. Sin embargo, poco a poco comprende que la autenticidad también forma parte de la vocación. Su proceso no consiste en abandonar la vida religiosa, sino en redescubrir la alegría dentro de ella.
La propia hermana Bernarda ofrece otra lectura interesante. Bajo su apariencia rígida se esconde una mujer que intenta proteger aquello que ama. La película evita convertirla en una caricatura. Los Javis muestran afecto por todos sus personajes, incluso cuando los presentan con humor. Nadie es ridiculizado por creer.
Ese respeto explica por qué La llamada ha sido abrazada tanto por espectadores alejados de la Iglesia como por muchos creyentes. La película entiende que la fe forma parte de la experiencia humana y que puede convivir con las dudas, las contradicciones y los procesos de crecimiento personal.
También resulta significativo el peso que adquiere la amistad entre mujeres. María y Susana atraviesan juntas una etapa decisiva de sus vidas. Su relación está construida desde el cuidado mutuo y la lealtad. No compiten. No se enfrentan por atención masculina, sino que se acompañan mientras intentan comprender qué quieren hacer con su futuro.

La música termina de completar este recorrido. Cada canción funciona como una expresión de aquello que los personajes todavía no saben decir con palabras. Cuando cantan, revelan sus miedos, sus deseos y sus anhelos más profundos. Es un lenguaje emocional que permite mostrar cómo la búsqueda de sentido atraviesa todas las dimensiones de la vida.
Por eso La llamada entiende que la fe no es una meta alcanzada de una vez para siempre, sino un camino, un proceso de descubrimiento: un encuentro que transforma sin anular la personalidad de quien lo vive.
Más que una historia sobre jóvenes que se rebelan contra un campamento religioso, La llamada acaba siendo una historia sobre personas que descubren que Dios las conoce mejor de lo que ellas mismas se conocen. Y que, lejos de pedirles que sean distintas, las invita a convertirse plenamente en quienes están llamadas a ser.
La película evita una trampa muy frecuente en el cine: presentar el deseo femenino como un problema que debe corregirse. Aquí el deseo es simplemente una parte natural de la vida. Además, no cae en el moralismo: no ofrece respuestas cerradas sobre la religión, la sexualidad o la identidad. Prefiere acompañar a sus personajes mientras descubren quiénes son. Ese descubrimiento sucede entre canciones, campamentos de verano y apariciones divinas. Una combinación improbable que Los Javis transformaron en una de las historias más libres del cine español reciente.

