Cuando Javier Ambrossi recogió el premio a mejor dirección en el Festival de Cannes y habló de “honrar el sufrimiento, el silencio y la muerte de las personas LGTBQ+ que nos precedieron”, la ovación parecía cerrar definitivamente una historia. Los Javis ya no eran solo dos creadores populares capaces de convertir una serie como Paquita Salas en fenómeno cultural o de emocionar a una generación queer con Veneno. Cannes acababa de situarlos dentro del canon.
El premio por La bola negra los coloca además en una genealogía muy concreta del cine español. Una genealogía que conduce inevitablemente hacia Pedro Almodóvar. No solo porque ambos compartan melodrama, cultura popular, símbolos religiosos, deseo queer o fascinación por las mujeres heridas. También porque el sistema cultural internacional vuelve a enamorarse de una figura muy específica: el hombre gay español capaz de convertir el universo femenino en gran relato emocional exportable.

La comparación no es arbitraria. Almodóvar construyó gran parte de su filmografía alrededor de madres excesivas, mujeres quebradas, actrices, cuidadoras, supervivientes y mártires contemporáneas. Desde Todo sobre mi madre hasta Volver, su cine convirtió el sufrimiento femenino en una forma sofisticada de melodrama moderno. Los Javis heredan buena parte de esa sensibilidad, aunque traducida a otro lenguaje generacional: más televisivo, más sentimental, más atravesado por la cultura pop y por la identidad queer contemporánea.
Su carrera se ha construido precisamente desde esa mezcla. La llamada transformaba el despertar religioso y sentimental de dos adolescentes en una fantasía musical. Veneno convertía la vida de Cristina Ortiz Rodríguez en una tragedia colectiva sobre marginalidad, deseo y violencia mediática. Paquita Salas hacía de una representante olvidada de actores una figura profundamente humana detrás de la comedia. Incluso en proyectos donde no dirigen directamente, como Cardo, aparece la misma sensibilidad hacia personajes femeninos rotos, excesivos, contradictorios y emocionalmente expuestos.

Las mujeres ocupan el centro de casi todos sus universos narrativos. Pero la pregunta empieza precisamente ahí. ¿Qué significa que el gran imaginario contemporáneo sobre las mujeres españolas continúe construyéndose y legitimándose internacionalmente a través de hombres, especialmente cuando hay tantas directoras contemporáneas válidas?
La cuestión no invalida el talento de Los Javis ni su importancia para la representación LGTBQ+. Su impacto cultural resulta indiscutible. Han abierto espacios inéditos para las identidades queer dentro de la televisión y el cine español, también dentro del mainstream. Han normalizado sensibilidades antes relegadas a los márgenes. Han introducido vulnerabilidad emocional, deseo homosexual y espiritualidad camp dentro de la cultura popular. El problema no son ellos, el problema es qué estructuras de legitimidad siguen funcionando incluso dentro de espacios aparentemente progresistas.
Porque mientras Cannes consagra a Los Javis, España vive uno de los momentos más fértiles de directoras de su historia reciente. Carla Simón ha revolucionado el cine autobiográfico y familiar desde una mirada radicalmente íntima sobre la maternidad y la memoria. Alauda Ruiz de Azúa ha desmontado los relatos tradicionales sobre los cuidados y las relaciones familiares. Pilar Palomero trabaja la adolescencia femenina desde la contención y el silencio. Belén Funes ha construido algunos de los retratos más complejos sobre precariedad y maternidad obrera. Elena Martín Gimeno o Itsaso Arana exploran sexualidad, deseo y vulnerabilidad desde lugares menos mediados por la fantasía masculina.

Sin embargo, el relato internacional del cine español sigue encontrando su gran centro simbólico en figuras masculinas. Antes Almodóvar. Ahora Los Javis.
Hay además una dimensión histórica y cultural muy española en esta fascinación. El hombre gay sensible que “entiende” a las mujeres funciona internacionalmente como una figura sofisticada, emocionalmente accesible y políticamente progresista. Hollywood ya convirtió a Almodóvar en una marca global. Cannes parece ahora dispuesto a hacer algo parecido con Los Javis. Especialmente con una película que rescata la historia de otro homosexual, Federico García Lorca, fusilado durante la Guerra Civil.
También influye el modo en que ambos manejan la sentimentalidad. Su cine no teme el exceso emocional, el melodrama, la lágrima ni la intensidad afectiva. Y eso conecta con una tradición cultural española profundamente vinculada al folclore, la religión, el sacrificio y la maternidad. La diferencia es que Los Javis reformulan todo eso desde códigos queer y desde una sensibilidad pop perfectamente contemporánea.
La bola negra, inspirada en la obra inacabada de Federico García Lorca, resume muy bien esa operación cultural. Lorca aparece convertido en símbolo total: deseo homosexual, trauma heredado, memoria reprimida y poesía popular. El resultado seduce tanto al circuito de festivales como al público masivo porque combina sofisticación cultural y emoción reconocible.

La cuestión no es entonces si Los Javis merecen Cannes. La cuestión es por qué, incluso en un momento de enorme explosión creativa femenina, el sistema cultural continúa colocando a hombres en el centro de los relatos considerados universales. Incluso cuando esos relatos hablan de maternidad, dolor, vulnerabilidad o experiencia femenina.
Ahí sigue funcionando una lógica antigua: la legitimidad cultural continúa pasando más fácilmente por voces masculinas, aunque esas voces sean queer, sensibles y profundamente aliadas del feminismo. El canon cambia de estética, de lenguaje y de símbolos. Pero el centro del relato, muchas veces, permanece en el mismo lugar.

