Durante décadas, el cine español estuvo dominado por relatos masculinos y por una forma concreta de mirar el mundo: historias de ambición, violencia o épica social narradas desde una perspectiva que rara vez se detenía en la intimidad cotidiana de las mujeres. No significa que no hubiera cineastas mujeres —las hubo, y algunas extraordinarias—, pero su presencia era minoritaria y su impacto en el sistema industrial limitado.
En los últimos años, esa situación ha cambiado con claridad. Una nueva generación de directoras ha irrumpido en el panorama cinematográfico español con historias que exploran territorios antes poco transitados: la maternidad real, la infancia, la adolescencia femenina, la sexualidad, los cuidados o la identidad. Sus películas han ampliado los temas del cine español y también su manera de narrarlos.
El cambio no ha sido repentino. Ha llegado poco a poco, festival a festival, estreno a estreno. Pero hoy resulta difícil pensar el cine español reciente sin nombres como Eva Libertad, Estibaliz Urresola, Clara Roquet, Belén Funes, Itsaso Arana o Elena López Riera. Una generación que no solo ha aumentado la presencia de mujeres detrás de la cámara, sino que ha introducido nuevas formas de mirar.
La irrupción de Eva Libertad
Uno de los nombres que mejor representa este momento es el de Eva Libertad. Ganadora de un Premio Goya por dirigir la película Sorda, su trabajo ha despertado un interés creciente por su capacidad para abordar las relaciones familiares y los vínculos emocionales desde una mirada profundamente humana.

Libertad ha explorado en sus películas cómo las experiencias personales —la maternidad, la discapacidad, la vulnerabilidad emocional— atraviesan la vida cotidiana de los personajes. Sus historias se construyen desde lo íntimo, sin subrayados dramáticos, con una atención particular a los silencios y a los gestos pequeños.
Su cine se sitúa en una tradición contemporánea que prefiere observar antes que explicar. En lugar de imponer una lectura moral, deja que los personajes se definan a través de sus decisiones, sus dudas y sus afectos.
Identidad y nuevas infancias
Otra de las figuras fundamentales de esta generación es Estibaliz Urresola. Su película 20.000 especies de abejas se convirtió en uno de los grandes acontecimientos del cine español reciente, tratando el tema de la identidad de género con ternura y sin prejuicios.

La historia sigue a una niña que comienza a expresar una identidad de género distinta a la que su entorno esperaba. Urresola evita convertir la película en un discurso ideológico y se concentra en la mirada de la infancia: en cómo los adultos intentan comprender, acompañar o resistirse a esa transformación.
La directora construye una narración delicada sobre el proceso de aceptación familiar, donde las preguntas pesan más que las respuestas. La película abrió una conversación pública sobre identidad, infancia y diversidad que trascendió el ámbito cinematográfico.
Clase social y desigualdad
Si el cine de Urresola se sitúa en el territorio de la identidad, el de Belén Funes se inscribe en la tradición del realismo social.
Su debut, La hija de un ladrón, presentaba a una joven, Greta Fernández, que intenta sostener su vida mientras cuida de su hermano pequeño y mantiene una relación compleja con su padre, interpretado por Eduard Fernández (su padre en la realidad también). La película retrataba la precariedad urbana con una intensidad poco habitual en el cine español reciente.

Funes observa cómo las condiciones económicas afectan a los vínculos familiares. Sus personajes no viven grandes aventuras, sino que luchan por sostener una vida cotidiana frágil.
Ese enfoque conecta con una tradición del cine social europeo, pero introduce una mirada profundamente contemporánea sobre la precariedad y la responsabilidad afectiva.
La amistad y las fronteras de clase
También Clara Roquet ha contribuido a ampliar el relato del cine español. Su primer largometraje, Libertad, exploraba la amistad entre dos adolescentes durante un verano en la costa catalana.
La película parte de una relación aparentemente sencilla para revelar las diferencias de clase que atraviesan esa amistad. Mientras una de las jóvenes pertenece a una familia acomodada, la otra vive la precariedad laboral de su madre, empleada doméstica.

Roquet utiliza ese contraste para observar cómo se construyen las jerarquías sociales desde la infancia. La película evita el tono moralizante y se centra en los matices emocionales de esa relación.
Creación y comunidad femenina
El cine de Itsaso Arana se sitúa en otro registro. Con Las chicas están bien, la directora propone una película que reflexiona sobre la amistad, la creación artística y la memoria femenina.
La historia sigue a un grupo de mujeres que se reúnen en una casa de campo para ensayar una obra de teatro. A partir de ese punto de partida, la película se convierte en una conversación sobre la vida, el arte y las relaciones entre mujeres.

Arana construye un espacio donde la narración se vuelve casi coral. Las protagonistas hablan, recuerdan, discuten, crean juntas. La película se aleja de las estructuras dramáticas tradicionales y apuesta por una forma de relato más abierta y colectiva.
Paisaje, mito y memoria
Otra voz singular es la de Elena López Riera, cuya obra se mueve entre la ficción y el documental. En El agua, la directora mezcla una historia familiar con las leyendas de un pueblo del sureste español.
La película introduce elementos míticos y atmosféricos para explorar cómo las tradiciones influyen en la vida contemporánea. El paisaje, el agua y las historias transmitidas de generación en generación se convierten en parte del relato.

López Riera trabaja con actores profesionales y con habitantes reales de la comunidad donde filma, creando una textura narrativa que se sitúa entre el realismo y la leyenda.
Una transformación más amplia
Estas directoras no trabajan en aislamiento. Forman parte de un ecosistema cinematográfico que incluye a otras cineastas como Carla Simón, Pilar Palomero o Elena Martín Gimeno, cuyas películas también han contribuido a transformar el lenguaje del cine español.
Simón ha explorado la memoria familiar y el mundo rural en películas como Verano 1993 y Alcarràs. Palomero ha retratado la adolescencia femenina en Las niñas y La maternal. Elena Martín ha abordado el deseo y la educación sexual en Creatura.
Lo que comparten todas estas directoras no es un estilo común, sino una sensibilidad narrativa. Sus películas observan los procesos emocionales de los personajes, se detienen en los vínculos familiares y exploran la construcción de la identidad desde la experiencia cotidiana.
En lugar de grandes giros argumentales, sus historias se construyen a partir de pequeños gestos y transformaciones interiores.
El resultado es una ampliación del imaginario cinematográfico. Temas que antes aparecían en los márgenes —la maternidad real, la educación sentimental, el deseo femenino o las identidades diversas— ocupan ahora el centro de muchas historias.
Un cambio silencioso
Más que un movimiento organizado, lo que ha ocurrido en el cine español es un desplazamiento progresivo de la mirada. La presencia de directoras como Eva Libertad, Estibaliz Urresola, Clara Roquet, Belén Funes, Itsaso Arana o Elena López Riera refleja una transformación profunda del sistema cultural. Sus películas no solo cuentan otras historias. También cambian la forma de contarlas.
El cine español sigue hablando de política, de crisis económicas o de conflictos sociales. Pero ahora también habla —con mayor libertad— de la vida interior de sus personajes, de las emociones que atraviesan la infancia, la maternidad o la identidad. Y en ese nuevo paisaje cinematográfico, las directoras han dejado de ser una excepción para convertirse en una de sus fuerzas creativas más influyentes.
