Julio Cortázar, escritor: “La esperanza es el único sentimiento que no es realmente nuestro, pertenece a la vida”

En el Capítulo 56 de 'Rayuela', Julio Cortázar explicó por qué pertenece a la vida y no al individuo que cree sentirla

Julio Cortázar - Cultura
Julio Cortázar en 1967, retratado por Sara Facio.
Wikipedia

Julio Cortázar murió convencido de que la esperanza no le pertenecía a él. Ni a nadie. En el Capítulo 56 de Rayuela dejó escrito que ese sentimiento «pertenece a la vida», no al individuo que cree sentirlo. Es una distinción pequeña sobre el papel. En la práctica, es una de las ideas más radicales que ha producido la literatura latinoamericana del siglo XX, y explica casi todo lo que hizo Cortázar durante los treinta años que siguieron a la publicación de esa novela.

Porque si la esperanza no es tuya, no puedes renunciar a ella. No puedes decidir que ya no merece la pena. La vida —esa fuerza que actúa a través de ti sin consultarte— simplemente sigue empujando. Eso es lo que Cortázar pone en boca de Horacio Oliveira cuando todo, absolutamente todo, se ha derrumbado: la Maga desaparecida, el bebé Rocamadour muerto, el exilio en un manicomio bonaerense. El momento más oscuro de la novela produce su frase más luminosa. No por casualidad.

Un escritor que tardó en llegar a sí mismo

Lo curioso de Cortázar es que durante años fue exactamente el tipo de escritor que luego negaría haber sido. Refinado, esteticista, construyendo cuentos fantásticos perfectos desde una distancia cómoda con la realidad política de su tiempo. El Cortázar de Bestiario (1951) era brillante. También era alguien que había puesto el Atlántico de por medio entre él y la Argentina de Perón, y que desde París traducía textos para la UNESCO sin demasiada urgencia por cambiar el mundo.

La Revolución Cubana lo sacudió. No de un día para otro, sino de una manera que fue sedimentando hasta volverse irreversible. Para cuando escribió Rayuela en 1963, Cortázar ya era otro. No había abandonado la literatura fantástica ni el juego formal —esa novela es, entre otras cosas, un experimento radical sobre cómo se lee—, pero había añadido algo que antes no estaba: la convicción de que escribir sin comprometerse era una forma de traición. La esperanza como fuerza biológica, como resistencia de la vida contra la muerte, era también una justificación filosófica de por qué no se podía mirar para otro lado.

Lo que Rayuela propuso que nadie había propuesto antes

Julio Cortázar, escritor: "La esperanza es el único sentimiento que no es realmente nuestro, pertenece a la vida"
Portada de la novela ‘Rayuela’, de Julio Cortázar.
DeBolsillo

En 1963 la novela llegó a las librerías con un «Tablero de dirección» en las primeras páginas que ofrecía dos lecturas posibles del mismo libro: una lineal y otra fragmentada, saltando entre capítulos según las instrucciones del autor. Parecía un truco. No lo era. Era una declaración de principios sobre quién construye el significado de un texto: no solo quien lo escribe, sino también quien lo lee.

Esa idea conectó con una generación que en los sesenta llevaba años buscando exactamente ese tipo de pacto. Rayuela fue un terremoto porque no prometía respuestas: prometía preguntas mejores. Y porque Oliveira, su protagonista, era la clase de personaje incómodo que no te deja instalarte en ninguna certeza. Seis décadas después, el libro sigue generando debate, sigue siendo objeto de tesis doctorales y sigue siendo el texto con el que mucha gente descubre que la literatura puede hacer cosas que creía imposibles.

La política como consecuencia lógica

Hay una línea recta entre aquella frase del Capítulo 56 y las decisiones más arriesgadas que tomó Cortázar en los años siguientes. Participó en el Tribunal Russell II, el organismo que documentó las violaciones de derechos humanos de las dictaduras latinoamericanas. Donó los derechos de su novela Libro de Manuel a los presos políticos argentinos. Adoptó la nacionalidad francesa en 1981 como gesto explícito de rechazo al régimen militar de su país.

Nada de eso era inocuo. Nada de eso era cómodo. Pero para alguien que llevaba veinte años convencido de que la esperanza no pertenece al individuo sino a la vida misma, el compromiso no era una opción entre otras. Era la conclusión natural de una idea que había puesto en una novela y con la que ya no podía hacer trampa.

El final que no fue una derrota

Sus últimos años estuvieron llenos de pérdidas. La muerte de Carol Dunlop, su compañera y cómplice, con quien había escrito Los autonautas de la cosmopista —una especie de diario de viaje que es también uno de los libros de amor más extraños y genuinos de la literatura en español—, lo dejó muy solo. Él mismo estaba enfermo. Murió de leucemia el 12 de febrero de 1984 en París, la ciudad que había sido su hogar durante más de treinta años.

Está enterrado en Montparnasse, cerca de Baudelaire y de Beckett. Tenía 69 años y dejaba detrás una obra que iba desde los cuentos fantásticos de Bestiario hasta la poesía de Salvo el crepúsculo, pasando por Historias de cronopios y de famas, por Todos los fuegos el fuego y por esa novela que sigue siendo, sesenta años después, la prueba más contundente de que la literatura hispanohablante puede hacer exactamente lo mismo que cualquier otra cuando se lo propone. Que la esperanza, en efecto, no pertenece al individuo. Pertenece a lo que queda.

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