La habitación propia

Los cuentos infantiles que enseñan a los niños a entender lo que sienten y a poner límites

La literatura infantil se presenta como una herramienta clave de la crianza. Cada vez más libros infantiles enseñan a los niños y a las niñas a identificar lo que sienten, entender su cuerpo y construir la forma en que se hablan a sí mismos

Los cuentos infantiles que enseñan a los niños a entender lo que sienten y a poner límites
Los cuentos infantiles que enseñan a los niños a entender lo que sienten y a poner límites
Montaje: kiloycuarto

Hace unos años, si un niño gritaba, lloraba y se tiraba al suelo, rápidamente se diagnosticaba un problema de conducta que había que corregir. Había que calmarlo, distraerlo, cortar ese llanto y esa rabieta. En la actualidad, cada vez más voces están desplazando el foco a no detener la reacción, sino entender qué es lo que está pasando.

Esto no ocurre solamente en el plano de la psicología; muchos de los libros que hoy ocupan estanterías de librerías y habitaciones infantiles buscan convertirse en herramientas que permitan a los niños y a las niñas reconocer lo que sienten, empezar a nombrarlo e ir un paso más allá de narrar una historia o transmitir una moraleja cerrada.

¿Qué necesito cuando me enfado? de Tania García es un ejemplo de cómo abordar esta escena reconocible en muchas infancias, cuando el enfado les desborda. El libro desmonta esa idea de que el niño “se está portando mal” proponiendo otra lectura: está expresando una emoción que aún no sabe gestionar. Ese matiz marca el giro de toda una tendencia.

Del caos emocional al lenguaje

Durante décadas, la literatura infantil ha funcionado a partir de enseñanzas marcadas por lo que está bien, lo que está mal o lo que debe hacerse. En ese esquema, las emociones ocupaban un lugar secundario o quedaban reducidas a simples reacciones. Hoy, en cambio,el objetivo es dotar a la infancia de un lenguaje interno que les permita identificar lo que sienten y saber manejarlo. En el proceso, aprenden también las madres y los padres que no tuvieron estas enseñanzas.

El monstruo de colores de Anna Llenas se ha convertido en un referente precisamente por cómo enseña a ordenar emociones que aparecen mezcladas y confusas. Alegría, tristeza, rabia, miedo, calma. Nombrarlas, separarlas y reconocerlas. El éxito del libro responde a la capacidad de traducir algo abstracto en una experiencia comprensible.

En esa misma línea, Tengo un volcán de Míriam Tirado y Joan Turu convierte la rabia en una imagen concreta: un volcán que crece y puede estallar. Con esta metáfora, los autores buscan hacer visible la emoción. “A través de la imagen, pueden entender mejor lo que las palabras quieren decir y entonces llega la comprensión total”, explica Tirado. En su versión pop-up, el libro añade una capa más: la emoción se despliega físicamente, se mueve, ocupa espacio. Al leerlo, los niños y las niñas no solo escuchan y leen, sino que también interactúan.
Poner palabras o imágenes a una emoción es una forma de empezar a procesarla. Es el primer paso para que deje de ser algo difuso y se convierta en algo identificable.

‘Tengo un volcán’ de Miriam Tirado y Joan Turu
Carambuco Ediciones

El cuerpo como territorio propio

El mapa emocional no se limita a lo que se siente; también incluye el cuerpo. En los últimos años, la literatura infantil ha empezado a abordar con más claridad una cuestión que durante mucho tiempo no tuvo presencia alguna: los límites físicos, la autonomía, la prevención.

Tu cuerpo es tuyo de Lucía Serrano introduce estos temas desde un lenguaje directo y accesible. Habla de sexualidad, de cuidado, de respeto y de consentimiento. Lo hace sin dramatizar y con claridad para que los más pequeños puedan entender el cuerpo como espacio propio que debe ser comprendido y protegido.

La incorporación de este tipo de libros a la educación desde edades muy temporadas señala un cambio importante, le estamos dando el lugar que merece a la educación emocional, que ya no se entiende solo como gestión de sentimientos, sino como conciencia integral: qué siento, qué me pasa, qué me gusta, qué no y dónde están mis límites. La infancia se convierte en el momento clave en el que se empiezan a construir los límites que ayudarán a gestionar emociones en la adultez.

Aprender a hablarse desde dentro

Si nombrar emociones es un primer paso, la forma en la que uno se habla a sí mismo es el segundo. Durante mucho tiempo, este tipo de discurso interno se ha asociado al ámbito adulto, incluso relegado al terapéutico. Sin embargo, cada vez más propuestas lo trasladan a la infancia. Estamos en una era en la que cuanto antes, mejor.

Me hablo bonito de Carmen Esteban trabaja precisamente ese terreno. El libro plantea la idea de que los niños y las niñas no solo sienten, sino que también empiezan a construirse a través del lenguaje que utilizan consigo mismos. Ante un error, una frustración o una dificultad, esa voz puede ser dura, exigente, o puede ser comprensiva. “De manera inconsciente, tendemos a ver lo negativo. Es un mecanismo de supervivencia”, explica Esteban. “Por eso es importante que desde pequeños aprendamos a detectar cuándo ese autodiálogo, en vez de protegernos, nos desprotege haciéndonos sentir más inseguros o ansiosos”.

El libro utiliza la imagen de una “nube gris” que aparece en la cabeza: no desaparece del todo, porque también cumple una función. “A veces estos pensamientos negativos nos ayudan a mejorar y a estar más atentos”, matiza. El objetivo no es eliminar el malestar, sino entenderlo y relacionarse con él de otra manera. Esa voz interior no surge en el vacío. “Los adultos influyen mucho: la forma en la que hablan, corrigen o animan suele acabar internalizándose”, señala la autora. Pero no es el único factor, también intervienen la personalidad, las experiencias o el entorno.

‘Me hablo bonito’ de Carmen Esteban
Carambuco Ediciones

Lo que sí parece claro es el impacto a largo plazo. “Si uno es amable consigo mismo, será más capaz de tolerar el error sin machacarse, tendrá una autoestima más estable y mostrará mayor resiliencia”. Y no solo hacia dentro: “también será más amable con los demás, más asertivo y capaz de poner límites sin sentirse culpable”.

Cuando los adultos también entran en el relato

Una de las transformaciones más interesantes de esta tendencia es que ya no sitúa al niño o a la niña como único sujeto emocional. Los adultos, tradicionalmente presentados como figuras estables o normativas, empiezan también a aparecer atravesados por sus propios estados. Es importante que las infancias entiendan que los adultos también tienen emociones y sepan comprenderlas y respetarlas.

A veces mamá tiene truenos en la cabeza de Bea Taboada, introduce esa complejidad. La madre no es solo quien acompaña o corrige, también tiene días de nubes, de tormenta, de calma. La emoción deja de ser un fenómeno exclusivamente infantil para convertirse en algo compartido.

Esa misma idea aparece en Tengo un volcán. “El padre de la protagonista también descubre que tiene un volcán”, explica Tirado. “Es importante que los adultos tomemos consciencia de nuestra dificultad para transitar ciertas emociones como la rabia”. La gestión emocional es un proceso que se construye en relación, ya que los adultos no tuvieron estas herramientas cuando tocaba. Leer estos libros implica, muchas veces, abrir una conversación en la que adultas y niñas comparten lenguaje y herramientas.

Los cuentos como herramientas de la crianza contemporánea

La proliferación de este tipo de títulos no es casual, responde a un contexto en el que conceptos como crianza respetuosa, educación emocional o acompañamiento han ganado presencia. Los libros funcionan como mediadores, ofreciendo palabras, imágenes y situaciones que facilitan ese trabajo y permiten que determinadas ideas como qué es el enfado, cómo se gestiona, qué significa respetar el cuerpo y cómo hablarse se integren en la vida cotidiana.

En el caso de la rabia, el cambio es especialmente visible. “La emoción siempre es válida, pero el comportamiento puede no ser correcto”, explica Tirado. “Tenemos que validar las emociones y acompañarlas mientras damos herramientas para transitarlas de forma asertiva”. Ese matiz resume bien el punto a tratar: no se trata de eliminar la emoción, sino de aprender a convivir con ella sin dañarse ni dañar a otros.

‘A veces mamá tiene truenos en la cabeza’ de Bea Taboada y Dani Padrón
Algar

La infancia que aprende a nombrarse

Los niños y las niñas que hoy crecen con estos libros incorporan desde muy temprano un vocabulario que antes llegaba mucho más tarde, o no llegaba directamente. Saben decir que están enfadados, que algo les incomoda, que necesitan parar o que se están hablando mal.

Ese aprendizaje no elimina el conflicto, pero sí transforma la relación con lo que ocurre por dentro. “Si sabes lo que te pasa, es más fácil entender por qué y descubrir qué necesitas para sentirte mejor”, apunta Tirado. “Todo eso ayuda a tener un mayor bienestar”.

La literatura infantil, en este contexto, pretende formar parte de una transformación. Lo que está en juego no es únicamente cómo leen los niños y las niñas, sino cómo empiezan a entenderse. Y, en última instancia, qué tipo de adultos construirán a partir de esas primeras palabras.

TAGS DE ESTA NOTICIA