Cine

Un año sin Diane Keaton es una eternidad

Ya sé que el titular es un poco cursi, pero chico, no se me ocurría otro. Bueno, sí, tenía preparado un “Diane Keaton que estás en los cielos”, pero me eché para atrás por miedo a que ella bajara de las estrellas, me mirara bajo sus gafas de sol modelo Lennon y me atascara un sornavirón con su corbata

Diane Keaton

Hace un año justamente, bueno, exactamente la noche anterior a hace un año, me bebía en mi casa por cuatrillonésima vez Annie Hall. Además, me acababa de terminar esa misma tarde la autobiografía de Woody Allen, A propósito de nada, que dedica la parte más jugosa, irónica, inteligente y divertida – a diferencia del tenebrismo con el que despacha a Mia Farrow- a una de sus primeras y muy furtivas novias, una tal Diane Hall que, posteriormente se convirtió en algo mucho más importante: un alma gemela que ha dedicado toda su vida a perseguirle, raquetas de tenis con copas de vino blanco en mano (Annie Hall), como poetisa dramática (Interiores), o disfrazada de prima intelectual de época (La última noche de Boris Grushenko), y así hasta en cinco películas más. Para entonces Woody ya había salido con Robin y Dory, que no eran las mascotas de Diane, sino sus hermanas.

Al día siguiente de mi atracón ‘keatoniano’, leo en mis newsletters madrugadores que ha muerto por culpa de una neumonía. Lo primero que pienso es quién narices se cree que es una neumonía para llevarse a Diane. Al rato, muy lejos de ofrecerme a la jefa de todo esto como el necrólogo oficial que soy de Artículo 14 para escribir un panegírico sobre la actriz, me escondo como un cobarde, más aún que Alvy Singer; cuando las cosas me tocan muy de cerca, y especialmente las cosas del cine, me arrullo en mi cueva mental y no soy capaz de procesarlo, pierdo al principio de realidad y me dedico a escribir tonterías sin sustancia, como si fuera una agencia de noticias.

Pero claro, ha pasado un año y ya no puedo esconderme más.

Diane Keaton

Y aunque sea un poco timorato, tampoco se me han traspapelado los apellidos del titular. Diane Keaton, en realidad, se llamaba Diane Hall; te suena ¿verdad?, cómo la realidad dialoga con la ficción hasta convertirla en un ejercicio memorable.

Annie Hall, la obra maestra de Woody Allen, probablemente su mejor película -aunque yo, que prefiero decir “favorita”, me quedo con Manhattan-, catapultó a las almenas del cine a su antiguo y breve ligue, esa larguirucha como la define él al verla por vez primera (valga narices en un estropicio estético que es todo Woody), y lo que es más importante, convirtió a Diane en un icono cinematográfico. Ella forma parte (muy) activa de las dos películas más grandes de los 70, cada una en una esquina de su arte, pero fundamentales para entender la evolución del séptimo de ellos: El padrino y la ya citada Annie Hall. Ojo, que para entonces ella ya había contribuido algo, más bien mucho, a la historia del cine en sus primigenias colaboraciones con Allen. Pero con Kay Adams en la mastodóntica saga de Francis Ford Coppola, logra corporeizar al único personaje “normal”, mientras todos los demás le gritábamos que huyera de ahí. Joven e ingenua maestra, algo monjil, que se enamora de un supuesto condecorado llamado Michael Corleone, pero que en realidad es el diablo que le empuja al abismo del oscuro pozo de la condición humana, a lo largo de las tres arias más importantes de la historia del cine y de un arco dramático, el de la sufriente Kay, cosido en petit point para todas las escuelas de interpretación.

¿Cómo es posible que una actriz sea capaz de saltar en esa década gloriosa de un rol a otro, perfectamente contradictorios, en un mismo rostro? Y lo que es más extraordinario, que nos la creamos y la sintamos. ¿Cómo puede mutar la severa y conservadora Kay Adams en la locuaz y algo perdida Annie Hall sin perder un ápice de atractivo?

Diane Keaton en una de sus últimas publicaciones de Instagram
Diane Keaton en una de sus últimas publicaciones de Instagram

Y entre ellas, y después también, decenas de películas que la convirtieron en la reina del lino y que podríamos glosar, pero para prosa ya están los teletipos.

Y, desde luego, Diane Keaton nunca sufrió el problema del edadismo de las mujeres en el cine, ni ningún otro, porque siempre fue rara avis en la industria y nada de eso le afectó. Tan out of de box fue, como dicen los marketineros de los que se reiría, que ella misma trascendió su propia naturaleza y creó el icono de mujer ajena a las modas, excepto a la suya propia, que inspiró a tantas otras: fue ella misma, independiente, talentosa y reconocida por su arte y, por qué no, por su particular belleza, toda ella, que no es contradictorio.

Así que hoy, justo el día en que cumple la eternidad y un día ahí arriba, y con su ‘pana’ Woody haciendo que ¿rueda? una ¿peli? en Madrid, pegando el palo a las autoridades rancio-fact, es el momento perfecto para recordarla, para siempre, hasta siempre Diane Hall, Keaton.

Y, desde luego nunca, jamás, hasta que yo ande por aquí, vamos a celebrar tu descenso al olvido, como te lamentabas en una de tus últimas comedias.

Dalo por hecho, Diane Keaton, Hall, Annie, Kay…todas las mujeres en una.

Y no me mires así: hoy tocaba ponerse cursi.

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