Hollywood

Amor a la Corleone: Diane Keaton, Al Pacino y veinte años de idas y venidas

La historia de amor entre Diane Keaton y Al Pacino fue un romance de cine: empezó en 'El Padrino', sobrevivió a dos décadas de idas y venidas y terminó ante la única puerta que él nunca quiso cruzar, la del matrimonio

Diane Keaton y Al Pacino, una historia de amor nacida en 'El Padrino' y marcada por veinte años de idas y venidas
Diane Keaton y Al Pacino, una historia de amor nacida en 'El Padrino' y marcada por veinte años de idas y venidas

La historia de Diane Keaton y Al Pacino no empezó como empiezan los romances destinados a salir bien. No hubo boda, ni casa compartida, ni final de postal. Hubo, en cambio, algo mucho más cinematográfico y bastante más peligroso, una atracción nacida en el rodaje de El Padrino, años de idas y venidas, una mujer que quería casarse y un hombre que parecía incapaz de dar el paso.

Se conocieron en el universo aquella película, que no era exactamente el sitio ideal para enamorarse, salvo que una crea que el amor necesita humo, secretos familiares y hombres hablando en voz baja en habitaciones oscuras. Ella interpretaba a Kay Adams, la mujer luminosa que mira a Michael Corleone desde fuera del clan. Él era Michael: el hijo que empieza pareciendo distinto a su familia y acaba convertido en su destino.

Diane Keaton, que todavía no era del todo “Diane Keaton” en el sentido monumental del término, entró en aquella película con algo que el mundo Corleone no tenía, aire. Era alta, nerviosa, graciosa de una manera imprevisible, como si sus pensamientos llegaran siempre medio segundo antes que sus frases. Al Pacino, en cambio, parecía hecho de concentración, silencio y combustión interna. No era todavía la leyenda de Scarface ni el actor volcánico de los grandes discursos. Era un joven actor del Bronx con ojos de tragedia griega y una intensidad que parecía pedir disculpas por existir antes de incendiarlo todo.

Diane Keaton, la actriz que dio vida a Kay Adams y quedó unida para siempre al universo Corleone

En pantalla, Kay y Michael vivían una historia de amor que se deterioraba como se deterioran las promesas cuando alguien empieza a confundir poder con destino. Fuera de pantalla, Keaton se enamoró de Al. Lo recordaría años después como encantador, divertido, hablador. Es decir, no solo como el hombre oscuro que imaginaba el público, sino como algo más peligroso; un hombre brillante que además podía hacerla reír.

Lo suyo fue una relación intermitente durante años, especialmente entre los setenta y los ochenta. “Intermitente” es una palabra elegante para describir una forma muy sofisticada de agotamiento: ahora sí, ahora no; ahora volvemos, ahora desaparecemos; ahora parece que esto tiene futuro, ahora el futuro se ha ido a fumar solo a otra habitación. Mientras tanto, los dos se convertían en mitología. Keaton ganó el Oscar por Annie Hall, transformó su manera de vestir en un idioma propio y demostró que una mujer podía ser icono sin comportarse como estatua. Pacino se convirtió en uno de los grandes actores estadounidenses de su generación. Los dos amaron a otras personas. Los dos siguieron trabajando. Los dos siguieron regresando, de algún modo, al mismo punto.

El problema no fue la falta de amor. Las historias importantes rara vez se rompen por falta de amor; se rompen por cosas más pequeñas y más letales: una expectativa, una palabra no dicha, una firma que no llega, una pregunta que se repite demasiadas veces. Diane quería casarse con él. Pacino no quería casarse. Nunca se casó. Ella le dio un ultimátum. Él no lo aceptó. Y ahí terminó la historia, no con una escena melodramática bajo la lluvia, sino con algo más seco y más adulto: dos personas que se quieren, pero no quieren la misma vida.

La ironía es casi demasiado perfecta. En El padrino, Michael y Kay sí se casan. En la vida real, el matrimonio fue precisamente la frontera que no pudieron cruzar. Hollywood les dio tres películas para representar una pareja destruida por el poder, el silencio y la distancia. La vida les dio una versión menos operística, pero quizá más dolorosa: una mujer que pedía compromiso y un hombre que no sabía —o no quería— ofrecérselo.

Keaton y Pacino, pareja dentro y fuera de la pantalla, entre la química cinematográfica y una relación que nunca llegó al altar

Años después, cuando Diane recibió el premio del American Film Institute, Al Pacino estuvo allí. Ya no eran la pareja de los setenta, ni los amantes que se perdían y se encontraban, ni dos jóvenes fingiendo que el futuro era una cosa negociable. Eran dos leyendas, dos supervivientes, dos personas que habían compartido algo que no se convirtió en matrimonio, pero sí en memoria. Desde el escenario, él le dijo que la quería para siempre.

La historia de Diane Keaton y Al Pacino fue una historia de amor entre dos personas demasiado singulares para obedecer el molde clásico: ella, libre incluso cuando quería una promesa; él, magnético incluso cuando no sabía quedarse. Quizá no fueron la pareja que debía envejecer junta. Quizá fueron la pareja que debía dejar una de esas huellas raras que no se ven en los álbumes familiares, sino en las películas, en los homenajes, en las entrevistas, en una frase dicha décadas después.

En El Padrino, la imagen final de Kay mirando cómo se cierra la puerta ante Michael se convirtió en una de las grandes metáforas del cine. En la historia real de Diane y Al, esa puerta parece todavía más elocuente. No porque él fuera Michael ni ella fuera Kay, sino porque algunos amores funcionan así: una persona mirando hacia dentro, otra incapaz de abrir del todo, y entre ambos una vida que pudo ser, pero no fue.

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