Opinión

Ramón, vuelve al cine (si alguna vez te fuiste de él)

Pareja viendo una película en el cine. Imagen de archivo
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Ramón formaba parte de mi ecosistema de cabeza de ratón burguesa. Sí, pero no. Frecuentábamos similar franja sociocultural y tal, familias, colegio, club, etc., en esa infancia norteña de cielo panza burra, pero nunca llegamos a ser de la misma cuadrilla. Él, como alma libre, entraba y salía a su antojo con su Vespino. Puede ser que ya desde entonces el veneno anglosajón, “en EE. UU. —asegura él— nadie te dice qué hacer porque nadie asume el coste de tus errores”, lo tuviera inoculado. Extrañamente, fue después de la diáspora universitaria, con todos disgregados como los miembros articulados de Sirat, cuando empezamos a tratarnos más y mostrar afinidades culturales, estéticas y el amor al cine, que yo convertí en opción fundamental. Con el tiempo, ese monstruo, me he arrepentido de coserme más a él. Tú a Boston y también a Nueva York.

Luego la vida, tú ya sabes, ha hecho su trabajo y todo lo que compartimos se disolvió con ese viento telúrico del que hablaba el joven orfebre Zapatero.

Una enorme elipsis después, casi de hueso a nave espacial, Ramón ha vuelto a aparecerse en mi vida a raíz de una entrevista que le hacen en un periódico local con motivo de su ingreso en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y la conferencia de “entronización” titulada La convergencia del ser humano y la máquina en las finanzas. Demasiada palabra decimonónica, tan del gusto de él, para un caudal de emociones nostálgicas. Y eso que aún no he dicho que Ramón es doctor en física y matemática aplicada por Columbia.

Pero eso es lo de menos.

En ella cuenta, entre otras muchas cosas que no entendemos ni yo ni la periodista que le entrevista, relativas a la inteligencia artificial aplicada a las finanzas y los reactores de fusión nuclear, algo mucho más interesante, al menos para mi área de conocimiento, la filosofía costumbrista: “yo viví en residencias compartiendo cuarto hasta los 32 años, sacrificando la comodidad, el coche o la casa que ya tenían mis amigos, y con 15 dólares al mes sobrantes para ir al cine”.

Además de una desmitificadora lección de vida, para mí es un grito de amor al cine de quien está enterrado por toneladas de lógica. ¿Sabes cuántas latas de Budweiser te puedes comprar en el Walmart con quince dólares? Dieciocho. Te dan para verte la Super Bowl dos veces.
Llevo sin ver a Ramón veinte años como poco; se escribe pronto, pero la última vez que nos encontramos fue en las butacas de unos cines que, por supuesto, ya no existen. Y me gustaría pensar que le ha sido fiel a la sala oscura, porque a lo largo de una entrevista con palabros inescrutables, encuentra tiempo para la simbología cinéfila fina a la hora de describir a una IA primigenia (“los ordenadores empezaron a sustituir a los personajes típicos de película estilo Gordon Gekko”) e incluso cita al Julio César de Shakespeare. Espero que siga siendo el mismo Ramón que yo traté y no un experimento autoficcionado con IA ultradesarrollada.

Una sala de los Cines Embajadores.
Cines Embajadores

Desde entonces hasta esta crónica, se han rodado decenas de miles de filmes; y esa es exactamente la medida que nos separa a Ramón y a mí. La de un científico al que han honrado en nuestra ciudad natal, y que con treinta años le quedaban “15 dólares para ir al cine” de su beca de investigador, y yo, que acudo (casi) gratis a ver películas, cuando no me las pasan cómodamente online las propias agencias, para escribir bien, mal o regular sobre ellas.

La distancia entre un posibilista y un cínico. Qué ridículo me siento.

15 dólares para ir al cine. Y yo con pomposos articulitos sobre el fin del medio, como aquel que publiqué por aquí hace unos días. Andaba un poco Cinema Paradiso y escribí una larga y absurda digresión hablando de la obsolescencia del séptimo arte tal y como lo entendemos y el fin de las salas. Aunque tengo que reconocer, para mi descargo, Señoría, que había algo de luz fordiana al final del túnel.

Mientras tanto, mi Pepito Grillo tenebroso, aquel que presume de no ir nunca al cine —tampoco esto es verdad—, se aprovechó al verme debilitado en mi defensa de la experiencia comunitaria de acudir a la gran pantalla y me felicitó por el citado artículo con un lacónico “está muy bien, y veo que vas aprehendiendo mis viejas teorías”.

Para apuntalar la vergüenza, leo que los Cines Embajadores, ese milagro, van a inaugurar nuevas salas en el centro de Logroño. La obsesión de estos benditos tarados, con un objetivo vital más grande que el de Ethan Edwards, es volver a llevar el anillo de poder a su antiguo y real dueño, el centro de las ciudades, el núcleo del volcán, donde la vida surge y se expande igual que las capas de montaje de Pulp Fiction. Tal como dicen sus socios de FC35, que han ayudado a empujar el proyecto en la capital riojana, “no se trata de mirar al pasado con nostalgia, sino de construir una propuesta adaptada al presente”. El modelo de Cine Embajadores ha demostrado en distintas ciudades que es posible desarrollar cines de proximidad, cercanos al público y capaces de combinar rentabilidad y vocación cultural. Nuestro objetivo es recuperar el hábito de ir al cine en el centro de la ciudad”. Amén.

Mientras Ramón, a su manera, y los Embajadores se bajan al barro, yo estoy aquí, tecleando oculto bajo las pulgadas del Mac, el aire acondicionado a todo trapo y con los links de las películas con el lacito rojo de raso a la espera de ser estrenadas.

Espero no volver a encontrarme con Ramón, ni con los de FC35: entre los dos me soltarían unas buenas collejas ochenteras por cobarde, rendido y acorralado ante las hordas que proclaman con la sangre fresca del streaming en sus labios que el acto volitivo de ir al cine ya es historia.

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