Opinión

El cine y la fábrica de velas

CinePlaza, el cine de verano de Matadero de Madrid
CinePlaza, el cine de verano de Matadero de Madrid
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No soy muy aficionado a los docurealities. En general, si me siento a ver algo, suele ser ficción, películas, ¿te acuerdas de lo que era eso?, aunque este formato cada vez se parezca más a ella, para mal, y más los que se dedican a glosar una figura con estilo panegírico audiovisual. A los diez minutos de visionado ya aparece la gran mentira y, si miras bien, al fondo del plano hay un tío que conduce una Vespa Primavera y que se ha licenciado en la Kellogg School of Management, Evanston, Illinois.

Afortunadamente, no es el caso de Clarkson’s Farm, serie documental distribuida por Amazon Prime Video que cuenta el proceso de adaptación de un famoso presentador británico, Jeremy Clarkson, a granjero (pijo) de los Cotswolds de Oxfordshire (aún más pijo). A lo largo de sus cinco temporadas, nos muestran sus mil vicisitudes para poner en marcha la granja, las toneladas de dinero que invierte, sus problemas con la administración pública británica (en eso somos todos iguales) y, sobre todo, nos descubre el maravilloso paisanaje que se va encontrando, como si todos los personajes que aparecen –Lisa, Kaleb, Gerald, Harriet, Charlie ‘Cheerful’ o Alan-, se hubieran escapado de una película de John Ford. Clarkson’s Farm es una joya humanista, pero lo que realmente me tiene enganchado a ella es la decidida postura de Jeremy de no tomarse a sí mismo en serio. Él es su propio objeto de parodia, un “perdido en la gran ciudad”, pero al revés: su carisma, su inteligencia, su humildad y su saber poner las cosas en su sitio son exactamente la luz que yo busco en la ficción, y esta serie me la da con creces. Reírse de uno mismo en la era del hype autoparódico es como encontrar una tienda de gorras de tweed en Santa Pola.

En el último capítulo, el pobre Jeremy se lamenta ante su contable, el señor Charlie ‘Cheerful’ Ireland, de que cada negocio que abre le resulta ruinoso: desde la propia granja, pasando por su explotación agrícola y ganadera, hasta llegar al pub, su sueño, el Farmer’s Dog en el que invirtió una cantidad indecente de libras esterlinas, que llena todos los días, pero que, sin embargo, no le hace llegar al break even. Y en un momento dado, Mr. Clarkson le suelta con flema al bueno de Charlie: “Estoy pensando en abrir un cine”.

Ya tardaba en salir. El cine, digo. Río y lloro al mismo tiempo.

Llevo un montón de años viviendo en Madrid. Aun así, aterricé cuando el negocio de la exhibición, especialmente dentro de la ciudad, estaba en franco declive. Mis amigos madrileños me cuentan, en las noches de hoguera y marshmallows, la leyenda antigua de que en mi barrio convivían un montón de cines, elegantes marquesinas en mármol pulido que enmarcaban los afiches gigantes de las películas: el Cid Campeador, los cines Goya, el Jorge Juan, el Sáinz de Baranda, el Salamanca o los Conde Duque de Goya. Este último lo llegué a conocer y se quedó varado en el tiempo, dejando que el cartel de Parásitos, último estreno que exhibieron, se pudriera, como si la propia película quisiera hablarnos. Las únicas salas que permanecen abiertas, a escasos cien metros de mi casa, son los Renoir Retiro y cada vez que paso frente a ellas, miro fijamente a las cariátides que adornan la fachada y rezo al Dios del celuloide, que es el mismo que para el resto, para pedirle, no que los mantenga abiertos, eso es demasiado para un pecador como yo, sino que me dé la memoria suficiente para contar a mis nietos que ahí donde ahora hay una tienda de Amancio, antes hubo unos cines preciosos.

Y entre esa melancolía a lo Garci, que por cierto vive en el barrio, y el chiste cargado de veneno de Clarkson, vuelvo a pensar si el cine, las salas más bien, son un negocio al que el tiempo ha pasado por la derecha.

Imagen de los Cines Callao en 1959.
Imagen de los Cines Callao en 1959.
Cines Callao

E inmediatamente pienso en mi abuelo, un empresario muy importante en su sector, la fabricación de velas, de las de cera de abeja, tercera generación de Velas Gauna y que logró convertir el negocio en la fábrica más importante de España, en una época en la que la gente aún tenía muchas velas en casa, recordando tiempos pretéritos a la revolución industrial, además de contar, claro está, con el cliente más potente y con más solera que se pueda tener: la Iglesia. Con ella topó mi familia y muy a gusto, además.

Ignacio falleció antes de ver el declive del negocio que comenzaron Quintín y Moisés, pero ya tenía claro lo que iba a pasar y preparó sus bisnes para ello. Las velas murieron por el propio avance de la sociedad, que discurría en paralelo, pero nunca más volvieron a tocarse; así que, en 1978, la fábrica de Velas Gauna echó la persiana para siempre.

Y pienso también si al cine le pasará lo mismo. Desde fuera tiene toda la pinta, sobre todo si haces caso a los exégetas de la Vespa Primavera. Pero también decían lo mismo de las gafas a finales de los ochenta, que se las iban a cargar las lentillas y el láser, o los libros en papel, incluso también los discos de vinilo y nada de esto ha pasado. Desconozco si la salas tendrán un nuevo renacer, como los brotes verdes de esos benditos locos y sus Cines Embajadores, o, ahora que llega el verano en este agujero de La Mancha y resurgen los cines de verano, amapolas de primavera: los veteranos —y democráticos— del Parque de la Bombilla, los gafapastas del Matadero, los posh en la galería de cristal del Ayuntamiento, Cibeles de Cine, o los últimos en llegar, ejemplo vivo de lo que es Madrid ahora: los Dani’s Cinema Club en la azotea del Hotel Four Seasons, que por lo que cuesta rodar un largo en España, te dan de cenar y te ponen El diario de Bridget Jones. Hablando de azoteas, David Miguel Sánchez rememora en su delicioso libro Cines de Madrid (Ediciones La Librería) el cine de verano en la terraza de los míticos Callao, que utilizaban su imponente marquesina a modo de pantalla para más de seiscientos espectadores.

James Cameron, que tiene más visión que talento, lleva muchos años diciendo que el cine como tal solamente sobrevivirá con las llamadas “películas-evento”, las que él hace, vamos. Y no sé si lo que dice es exactamente así o tiene matices, pero el caso es que el cine ha de crear un espacio con un valor añadido frente a la comodidad del sofá.

Y la gran diferencia del séptimo arte frente a otras industrias que fueron superadas por la modernidad y quedaron obsoletas es que su esencia, lo que hace la maravilla y cose la poesía de nuestro trabajo, sigue siendo una historia o, como diría Alfred Hitchcock, la mezcla perfecta entre emoción e historia. Eso nunca va a cambiar y es inherente al ser humano desde el momento en que empezó a pintar y proyectar sus emociones en los techos y paredes de las cuevas.

No lo sé, nadie lo sabe, si el negocio del cine, acudir a la sala oscura y dejarte llevar por su viaje de luz, será como tener una fábrica de velas o renacerá buscando un nuevo amanecer.

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