Cine

Josué Reyzábal y los cien años de Cines Callao: la sala que aprendió a sobrevivir a Madrid

Los Cines Callao celebran su centenario con una programación especial y con la mirada puesta en una pregunta: cómo mantener vivo un edificio histórico en una ciudad que cambia a toda velocidad

El próximo mes de diciembre, los Cines Callao cumplirán cien años. Para celebrarlo, han anunciado una programación especial durante lo que queda de 2026, pero el aniversario va más allá de una efeméride. Habla de una sala histórica, de una plaza convertida en icono urbano y de una familia empresarial ligada a buena parte del Madrid del siglo XX.

Para Josué Reyzábal, heredero de tercera generación de la familia propietaria del cine, el centenario tiene algo de celebración, pero también de responsabilidad. “Por un lado, el legado familiar es importante y es un honor para mí, pero luego, claro que hay que celebrar las cosas, y más 100 años, que es muy difícil en estos días, un negocio familiar que dure 10 años”, afirma.

Josué Reyzábal es nieto del burgalés Julián Reyzábal, nacido en 1903 y fallecido en 1978, e hijo de Jesús Reyzábal Larrouy, ex pelotari nacido en 1943 y fallecido en 2013. Su relación con el cine empezó antes de que pudiera entender del todo lo que aquel edificio significaba para Madrid. “Desde muy pequeño aquí he estado yo jugando con muñequitos desde donde estamos hasta la azotea. Ya poco a poco, conforme uno va creciendo, se va dando cuenta de lo importante y emblemático que es para Madrid y para España”.

Ese aprendizaje familiar no se limita, según explica, a la gestión de un inmueble o de una empresa. “Tanto mi abuelo como mi padre me inculcaron una serie de valores que yo estoy inculcando a mis hijos que, efectivamente, va más allá de un negocio familiar, que es el cariño por las cosas y sobre todo también de cara a la ciudad y de cara al país. Aquí han venido las principales celebridades tanto nacionales como internacionales y poder seguir contribuyendo a esa imagen y marca Madrid, es un honor”.

La pregunta inevitable es cómo sobrevive una sala de esas dimensiones en una época en la que se repite tanto que la gente ya no va al cine. Reyzábal sitúa la respuesta en una estrategia iniciada hace unos quince años, cuando la supervivencia de las grandes salas del centro empezó a depender de su capacidad para abrirse a otros usos.

“En los últimos cincuenta años se han cerrado entre cuarenta y sesenta salas de cine y teatros. Cuando llega este problema a la Gran Vía, a nivel político, y ahí nos han ayudado todos, no hay color, sí que nos ayudaron con usos alternativos. Es decir, nosotros en este cine tenemos exhibición cinematográfica, exhibición publicitaria a través de dos pantallas de gran formato LED y luego tenemos eventos corporativos y, por supuesto, las grandes premieres nacionales e internacionales, que se nos conoce mucho por eso”.

En Madrid, muchos antiguos cines han acabado convertidos en tiendas, supermercados, gimnasios, platós de televisión o restaurantes. A veces el peatón pasa por delante sin saber que allí hubo una sala. En el caso de Callao, la reconversión no supuso abandonar la identidad cinematográfica, sino ampliarla. “Gracias a Dios, en el eje cultural más importante de España, que es la Gran Vía, los políticos se sensibilizaron con el tema y nos ayudaron con usos alternativos para la supervivencia de la cultura. Y este es el caso de Cines Callao”.

Imagen de los Cines Callao en 1956
Imagen de los Cines Callao en 1959.
Cines Callao

Fue cuando las lonas que anunciaban las películas fueron sustituidas por pantallas de gran formato. Al mismo tiempo, el Ayuntamiento peatonalizó la plaza situada frente al cine, un espacio de unos 2.000 metros cuadrados que terminó convirtiéndose en parte esencial de la experiencia. “Al final haces un lugar y un espacio muy singular, donde cuando viene Tom Cruise, Angelina Jolie o Brad Pitt, vienen todos los fans y se crea una magia y algo muy espectacular. Ahí empezó, por así decirlo, el boom de los eventos y las grandes premieres de este cine y de esta ciudad”.

En los últimos años, los Cines Callao han sido escenario de varios estrenos europeos de grandes producciones internacionales. Por allí han pasado películas como Springsteen: Deliver Me From Nowhere, F1: La película o El diablo viste de Prada 2. “Eso es un honor, incluso ha habido veces que a nivel mundial, que a mí se me saltan las lágrimas de pensarlo”, dice Reyzábal.

Cuando se le pregunta qué buscan esas producciones en Callao y no en otras de París, Londres o Milán, la respuesta apunta a una mezcla de historia, visibilidad y espectáculo. “Buscan espectacularidad, buscan ese efecto wow tanto fuera, en la calle, como aquí en el cine. Entonces yo creo que también ya tiene tanta solera y está tan consolidado que para un actor o una actriz es algo que tiene mucha categoría celebrar aquí la proyección de su peli por primera vez”.

La vocación tecnológica del cine viene de lejos. Los Cines Callao fueron la primera sala española donde se proyectó una película con sonido sincronizado, El cantor de Jazz, en 1929, dos años después de su estreno estadounidense. También acogieron The Benson Murder Case —titulada en España El cuerpo del delito—, la primera película rodada en español en Hollywood, en una época anterior al doblaje internacional. Más tarde llegarían la primera película en color estrenada en España, La feria de la vanidad, en 1935, y la primera en 3D, Los crímenes del museo de cera, en 1953.

Esa voluntad de estar al día ha convivido siempre con obstáculos nuevos. “A lo largo de la historia ha habido muchos obstáculos, por ejemplo, la televisión. Antes, cuando se creó este cine, no había televisión, no había móviles, no había internet, no había piratería y, por supuesto, no había plataformas como ahora Netflix, HBO o Prime Video. O sea, todos son obstáculos, hasta cuando juega el Real Madrid. Pero bueno, poco a poco, gracias a esos usos alternativos se puede proyectar cine”.

Aunque su aspecto exterior sigue siendo reconocible, el edificio ha vivido numerosas transformaciones. La última gran rehabilitación tuvo lugar en 2023, precisamente con la vista puesta en el centenario. “Fue la mayor rehabilitación de la historia del cine en cien años. Una reforma integral donde efectivamente se preservó la esencia, como por ejemplo el friso de madera, el entelado, todo imitando los acabados de 1926. Pero es verdad que conviviendo con alta tecnología. Tenemos pantalla nueva, el Dolby Surround nuevo, acústica nueva, de todo. Es convivir la alta tecnología con ese edificio y sus acabados de 1926″.

Rosalía a su llegada a Callao en una aparición sorpresa para presentar su cuarto álbum
EFE/ Juanjo Martín

No todo ha llegado intacto hasta hoy. Como tantos edificios históricos de Madrid, el Callao ha perdido por el camino parte de sus elementos originales: la antigua marquesina, algunos relieves decorativos, las figuras femeninas de la fachada, varios remates ornamentales o parte de las vidrieras del torreón. Pero la última rehabilitación, insiste Reyzábal, buscó precisamente reconciliar esa memoria arquitectónica con las necesidades técnicas de una sala contemporánea.

Resulta inevitable preguntarle por Rosalía y por la acción que llevó a cabo el pasado mes de octubre para anunciar la portada LUX en las pantallas luminosas del edificio. La cantante apareció caminando por Gran Vía sin aviso previo, sin escenario y sin una convocatoria tradicional de prensa. Solo ella, una cámara en directo en TikTok y una multitud que empezó a seguirla mientras avanzaba hacia la Plaza de Callao.

“Sí, estábamos detrás de esta producción, pero sí es cierto que ella hizo una convocatoria y se fue un poquito de las manos, dentro de que no hubo que lamentar ningún tipo de tragedia. Pero sí es cierto que fue muy sonado y efectivamente hacemos lanzamientos de discos. Lo hemos hecho también con Alejandro Sanz; hemos hecho conciertos boutique…”.

La acción provocó el colapso de la plaza durante unos minutos, pero también confirmó el poder de Callao como escaparate global. “Por supuesto, salimos en todo el mundo. Muchas veces sí es verdad que gracias a este tipo de acciones, es muy mediático y oye, nos viene bien porque es publicidad gratis”. Hace unos días, la campaña de Rosalía fue anunciada como finalista en los premios nacionales de marketing.

En una era en la que la contaminación visual está cada vez más regulada, Madrid conserva algunos letreros luminosos convertidos ya en emblemas de la ciudad, como el cartel de Schweppes o el de Tío Pepe. Las pantallas de Callao forman parte de esa misma tensión entre identidad urbana, publicidad y patrimonio visual. No son simples soportes: son elementos capaces de convertir una campaña en un acontecimiento.

La publicidad exterior digital, conocida como DOOH, conserva una fuerza difícil de replicar en internet. Ocupa el espacio común, se impone al paseo y obliga a mirar. En plazas como Times Square, Piccadilly Circus o Shibuya, el conjunto luminoso forma parte de una saturación casi natural. Madrid, en cambio, ha sido más contenida. Esa contención juega a favor de Callao: aquí una pantalla todavía puede destacar.

A espacios como Callao se les suele situar en el centro de algunos debates sobre la transformación de Madrid: turismo, gentrificación, pérdida de identidad o la idea de una ciudad cada vez más pensada para visitantes que para vecinos. Reyzábal, madrileño “casi gato”, reconoce que no puede ser del todo objetivo. Él mismo es beneficiario directo de la afluencia de una plaza turística como Callao.

Aun así, defiende la capacidad de la ciudad para ofrecer alternativas. Entre risas, sugiere que quien no disfrute de la experiencia del centro tiene muchas otras opciones de ocio en Madrid.

Premiere de The Last of Us temporada 2 - Cultura
Una fotografía de los Cines Callao en la premiere de la segunda temporada de ‘The Last of Us’.
Artículo 14/ David Lorao

La relación de la familia Reyzábal con el cine no se limita a la sala de Callao. Julián Reyzábal fundó Ízaro Films, productora que durante el franquismo impulsó títulos como El extraño viaje, de Fernando Fernán Gómez, y que más tarde se convirtió en uno de los nombres asociados al cine popular de la Transición, con comedias protagonizadas por figuras como Andrés Pajares o Fernando Esteso.

Aquel cine podía ser ligero, comercial y rápido, pero también hablaba de una forma muy concreta de entender el negocio cinematográfico: intuición popular, capacidad de producción y olfato para conectar con el público. Las ganancias de la productora se reinvirtieron después en ladrillo, en una estrategia empresarial que terminó vinculando el apellido Reyzábal a algunos de los espacios más conocidos del Madrid contemporáneo.

Uno de ellos fue la Torre Windsor, que Julián Reyzábal no llegó a ver terminada. El edificio de oficinas, de 106 metros de altura y 32 plantas, ardió en 2005 en uno de los incendios más recordados de la historia reciente de la ciudad. Los bomberos necesitaron millones de litros de agua y decenas de horas de trabajo para extinguir el fuego. Pese a la espectacularidad del incendio, no hubo víctimas mortales. Hoy, la Torre Titania ocupa el solar donde se levantaba el Windsor.

La historia familiar podría llevar la conversación hacia muchos otros lugares, pero dentro de los Cines Callao todo acaba volviendo al mismo punto: la sala, la plaza, la fachada y lo que ha ocurrido entre esas paredes.

Si esas paredes hablaran, dice Reyzábal, contarían toda clase de historias: enamoramientos, rupturas, nervios de estreno, encuentros imposibles. Él mismo organiza pases privados para ver películas con sus hijos y confiesa que una estrella de Hollywood que le haría especial ilusión ver estrenando una película allí es George Clooney.

Los Cines Callao celebraron hace poco una gala conmemorativa con alfombra roja y nombres como Luis Tosar, Alejandro Amenábar, Luz Casal o Isabel Coixet. También han acogido una noche de bingo inspirada en los años ochenta. Para final de año está prevista una fiesta homenaje a Xenón, la desaparecida discoteca situada en los subterráneos del cine, que funcionó entre 1970 y 1997.

La fiesta se celebrará en la sala principal, cuyas butacas se retiran de forma habitual para eventos de este tipo. Esa imagen resume bien el presente de Callao: un cine que se desmonta y se recompone, que proyecta películas pero también acoge conciertos, galas, presentaciones y acciones publicitarias. Un edificio de 1926 obligado a hablar el idioma de 2026.

De aquí a los próximos cien años, Reyzábal espera que el cine siga funcionando, si no bajo la gestión de sus descendientes, al menos en manos de alguien capaz de entender lo que significa. Quizá esa sea la verdadera pregunta del centenario: no si Callao seguirá siendo exactamente el mismo, sino si Madrid sabrá conservar espacios donde todavía pueda ocurrir algo parecido al cine.

TAGS DE ESTA NOTICIA