En los 20 años transcurridos desde el estreno de El diablo viste de Prada (2006) han pasado muchas cosas, entre ellas una crisis financiera mundial, una pandemia, una revolución impulsada por las redes sociales y el declive imparable e irreparable de las industrias periodística y editorial. Y en favor de El diablo viste de Prada 2 cabe decir que no pretende fingir que el tiempo no ha pasado, ni que todo sigue bien en el mundo del papel cuché, pese a que, en realidad, los principales atractivos de su predecesora nunca tuvieron mucho que ver con los problemas consustanciales a su tiempo. Dicho de otro modo: si la película original era un cuento de hadas efervescente sobre mujeres vestidas de alta costura de los pies a la cabeza, esta nueva entrega nos recuerda que los multimillonarios son terribles, que internet lo arruinó todo y que las revistas son víctimas del acoso de los anunciantes, la burlas en redes y las órdenes constantes de recortes de plantilla y reducciones de costes.
De hecho, sus primeros momentos generarán la empatía inmediata de cualquier espectador que trabaje en periodismo: segundos antes de recibir un premio por su labor informativa, Andy (Anne Hathaway) y sus compañeros del diario New York Vanguard reciben un mensaje de texto que los informa de su despido. Lo que sucede después, eso sí, resulta menos reconocible y bastante menos creíble: Andy es rápidamente contratada como la nueva y muy bien pagada editora de reportajes de la cabecera que la lanzó profesionalmente, Runway. Lo cierto, sin embargo, es que la revista ya no es la institución mediática icónica que fue en su día. Sus oficinas parecen haber encogido, y las presiones tanto del mercado como de un tecno bro poco fiable (Justin Theroux) amenazan con hundirla. Para empeorar las cosas, ha perdido su credibilidad tras publicar un artículo elogioso sobre una compañía de moda de la que se ha descubierto que emplea a su mano de obra en condiciones esclavistas. Contratar a Andy es el intento de sus máximos responsables de corregir el rumbo y salvar la situación; el problema es que no consultaron el fichaje con la temible editora jefa, Miranda Priestley (Meryl Streep), que no solo finge no recordar la etapa anterior de Andy en la revista sino que además empieza a sabotear a cada paso los esfuerzos de la recién reincorporada.

A partir de ahí, El diablo viste de Prada 2 deshace la evolución que la joven había experimentado en la película original con el fin de reproducir las dinámicas de poder que en su día mantuvo con Miranda. En otras palabras: Andy sigue ansiando la aprobación de Miranda, pero Miranda se niega a concedérsela a pesar de que ya lo hizo -así terminaba la primera película- y entretanto el sufrido director creativo, Nigel (Stanley Tucci), continúa en segundo plano dándole a Andy charlas didácticas en el momento más oportuno y, en general, soltando sus comentarios ingeniosos. Por su parte, Emily (Emily Blunt) sigue siendo una arpía, aunque ahora tiene un trabajo distinto. La película incluso repite la escena en la que Andy tiene que afrontar una tarea imposible para conservar su puesto y, finalmente, impresionar a Miranda, pero esta vez todo resulta bastante menos impresionante; al fin y al cabo, a estas alturas Andy tiene una autoridad ya consolidada que la convierte en una heroína menos vulnerable y, por tanto, menos convincente, y la insustancial subtrama romántica que la película le endosa con un hombre completamente anodino contribuye a ese problema.
Asimismo, El diablo viste de Prada 2 carece en gran medida del humor ácido que definía la primera entrega. Si en 2006 apenas se insinuaba el lado más humano de Miranda, que rara vez llegaba a manifestarse, aquí el personaje se presenta como genuinamente digno de empatía, la última representante de una vieja guardia cuya crueldad nacía de una devoción apasionada por su trabajo que la distingue de los tiburones que saquean hasta el último recurso de cualquier industria que tocan. Acorralada por las fuerzas corporativas, económicas y culturales que conspiran para acabar con su poder, Miranda resulta mucho menos cáustica e intimidante que antes y, en consecuencia, bastante menos divertida. Y la película llega al extremo de darle a Kenneth Branagh el ingrato papel de su abnegado marido, un personaje que parece existir únicamente para demostrar que ella, esta vez más madura y sabia, también puede conservar a un hombre.

Al mismo tiempo, decimos, El diablo viste de Prada 2 simula analizar el estado del periodismo contemporáneo. Sin embargo, lo único que hace es amagar en esa dirección para justificar ciertos giros de la trama: es la excusa para devolver a Andy a Runway, y también una forma de inflar artificialmente la tensión en el tercer acto. Si la primera película tenía una escena en la que Andy despreciaba la alta costura y Miranda le daba una lección sobre la relevancia cultural y económica de esa industria, esta continuación acumula escenas en las que Miranda desprecia el periodismo serio pero no contiene ni una sola en la que alguien defiende con inteligencia el valor del periodismo; ni siquiera se muestra interesada en lo que Andy escribe. Nunca la vemos ejercer la profesión; se limita a hacer llamadas y pulsar “publicar” unas cuantas veces. Y, no olvidemos, su cruzada por salvar no solo Runway sino una profesión entera responde a la absurda convicción de la película de que las revistas de moda son el último bastión del verdadero periodismo.
En realidad, El diablo viste de Prada 2 existe casi exclusivamente para ofrecer a los fans momentos y estilismos que les recuerden a la primera película y para regalarles dos horas más en compañía de sus personajes, y mientras tanto no se molesta demasiado en contar una historia coherente; se limita a esbozar varios conflictos personales inertes y una cadena de tramas y subtramas que no importan en absoluto y que se plantean y se resuelven sin generar la más mínima emoción en el proceso. No tiene nada interesante que decir sobre la vida tal y como la vive la gente, y lo único que parece concluir sobre el periodismo es que está fatal y que no hay solución posible. Y quizá eso sea cierto, pero no basta para sostener una película.
