El Centro Dramático Nacional presenta Tinieblas, la nueva creación de la artista visual y dramaturga Edurne Rubio, que podrá verse en el Teatro Valle-Inclán hasta el próximo 31 de mayo. La pieza propone una inmersión sensorial en torno a la niebla, entendida como una “oscuridad blanca”, y abre una reflexión sobre la percepción, la desorientación y la dificultad de habitar un mundo construido a partir de certezas.
Diez años después de presentar Light Years Away en este mismo espacio, y tras su paso por Condeduque en 2022 A nublo. 40°25’37.6″N 3°42’42.1″W, Rubio regresa al CDN acompañada de sus colaboradoras habituales, María Jerez y Leticia Skrycky. Juntas continúan explorando una línea de trabajo que entiende el teatro como un territorio en sí mismo, un espacio con coordenadas propias en el que perderse no es un accidente, sino una experiencia buscada.
La obra parte de una premisa narrativa sencilla, casi de cuento: una mujer atraviesa el campo, se dirige hacia una montaña y desaparece en medio de la niebla. A partir de ese punto, la historia se abre y se fragmenta. La protagonista se encuentra con distintos personajes que podrían ser otras versiones de sí misma —pasadas, futuras o posibles—, en un espacio donde las nociones de identidad y temporalidad dejan de ser estables.
En ese universo, la niebla no es solo un recurso escénico, sino el eje conceptual de toda la propuesta. Rubio la define como una forma de oscuridad que no anula la visión, pero sí la distorsiona. A diferencia de la oscuridad total, la niebla permite ver y no ver al mismo tiempo, generando un estado intermedio en el que la percepción se vuelve incierta. Es ahí donde se sitúa la experiencia de Tinieblas: en ese umbral donde lo visible deja de ser fiable y el espectador se ve obligado a completar lo que falta.
Esa incertidumbre se construye a través de elementos escénicos: la luz, el sonido y el humo adquieren un protagonismo equivalente al de las intérpretes, hasta el punto de funcionar como verdaderos agentes dramáticos. La actriz Somaya Taoufiki, presente en la rueda de prensa, describía el proceso como una convivencia con presencias difíciles de delimitar, en las que en ocasiones no sabían si estaban solas en escena o acompañadas por algo más.
Lejos de apostar por una escenografía tradicional, Rubio trabaja con el propio escenario del teatro. La Sala Francisco Nieva del Valle-Inclán no se transforma en otro lugar: se muestra como es, pero alterada por la presencia de la niebla. El resultado es un espacio que, siendo reconocible, se percibe como extraño. La pared de enfrente sigue ahí, cercana, pero al mismo tiempo el espacio parece expandirse, volverse inabarcable, desconocido.

“Sabes que estás en el teatro […] pero no sabes qué hay en esa pequeña frontera que te separa de la niebla”, explicaba la directora. Esa tensión entre lo conocido y lo desconocido es uno de los motores de la pieza, que busca activar la imaginación del espectador en lugar de ofrecerle una imagen cerrada.
Más allá de su dimensión sensorial, Tinieblas introduce también una lectura política. La idea de perderse no se limita a una experiencia individual o metafórica, sino que conecta con realidades contemporáneas. Rubio traza una analogía con los procesos migratorios: personas que recorren largas distancias, a menudo en condiciones extremas, y que en muchos casos se pierden literalmente por el camino o llegan a destinos en los que continúan desorientadas.
En ese sentido, la obra amplía el concepto de pérdida. No se trata solo de extraviarse en un espacio físico, sino de perder referencias, certezas, marcos de orientación. La desubicación se convierte en una condición que atraviesa distintos niveles de la experiencia contemporánea, desde lo geográfico hasta lo emocional o lo cognitivo.
El proceso de creación del montaje ha tenido un carácter marcadamente experimental. Muchas de las ideas que aparecen en la pieza proceden de residencias artísticas y de investigaciones previas. Parte del trabajo se desarrolló en Bruselas, donde Rubio y Skrycky convivieron con una realidad marcada por la presencia de personas migrantes en situaciones precarias. También se realizaron talleres en los que se exploraron cuestiones como la orientación, los mapas mentales o la manera en que los animales se sitúan en el espacio.
Estas investigaciones dialogan con una reflexión más amplia sobre la sociedad actual. En un contexto hiperconectado, en el que los dispositivos digitales permiten localizar cualquier punto con precisión, la posibilidad de perderse parece haber desaparecido. Sin embargo, esa misma acumulación de información no evita una sensación creciente de desorientación.
“Vivimos conectados a los satélites y, sin embargo, necesitamos un poco más de conexión física”, señalaba Rubio. La obra plantea así una paradoja: cuanto más control tenemos sobre el espacio, más difícil resulta habitarlo de forma significativa.
El origen de Tinieblas se remonta a una investigación iniciada hace más de una década. Tras trabajar sobre la oscuridad en entornos subterráneos como Light Years Away, Rubio comenzó a interesarse por la niebla como un fenómeno complementario: una forma de invisibilidad que no proviene de la ausencia de luz, sino de su dispersión.
Esta idea se desarrolló posteriormente con A nublo, donde ya aparecía la niebla como elemento escénico, y encuentra ahora una formulación más compleja. La inspiración incluye también una leyenda de Burgos sobre una mujer que se pierde y logra orientarse gracias al sonido de una campana, un relato que conecta con el interés de la artista por la transmisión oral y por el sonido como herramienta de orientación.

En Tinieblas, el sonido cumple precisamente esa función ambivalente: no solo construye atmósferas, sino que orienta y desorienta al mismo tiempo. La sonidista Sandra Vicente ha trabajado a partir de una composición del belga Lieven Dousselaere que refuerza esa sensación de inestabilidad, en la que el espectador no siempre puede identificar el origen de lo que escucha.
La dimensión temporal es otro de los ejes de la pieza. Lejos de una narración lineal, la obra propone una estructura en la que pasado, presente y futuro se entrelazan. Leticia Skrycky apuntaba durante la presentación que esta forma de construir el tiempo responde a una percepción contemporánea en la que las relaciones de causa y efecto resultan cada vez menos claras.
En lugar de ofrecer una lectura cerrada, la obra se sitúa en un terreno abierto. No pretende transmitir un mensaje concreto ni dirigir la interpretación del público. Como señalaba Rubio, el objetivo es abrir preguntas y generar una experiencia que se perciba de manera física, más allá del plano intelectual.
En ese desplazamiento, Tinieblas suspende el juicio sobre la pérdida. No la presenta como algo necesariamente negativo, pero tampoco la idealiza. La pérdida puede ser inquietante, incluso peligrosa, pero también contiene una dimensión de curiosidad y descubrimiento. En ese equilibrio se mueve la pieza, que invita al espectador a aceptar la incertidumbre como parte de la experiencia.
Con esta nueva creación, Rubio continúa consolidando una trayectoria que cruza las artes visuales y escénicas para explorar formas alternativas de percepción. Tinieblas no busca representar el mundo, sino alterar la manera en que lo percibimos, proponiendo un espacio donde lo visible y lo invisible conviven y donde, durante un tiempo limitado —como la propia niebla—, las certezas dejan de funcionar.
