En el escenario de Utopía en llamas no hay relato lineal ni personajes que evolucionen en un sentido clásico. Lo que hay es un dispositivo: un espacio —un club en el kilómetro cinco de una carretera cualquiera— donde las voces se superponen, donde “ellos entran y ellas nunca salen” , donde el cuerpo de una mujer nigeriana arrojado al mar no es el final de una historia, sino el punto de partida de una pregunta incómoda: quién mira, quién consume y quién sostiene ese sistema.
La obra, escrita por Alda Lozano y codirigida junto a Concha Delgado y Sandra Ferrús para el Centro Dramático Nacional, se presenta como una “crónica de una tragedia en veinte fotos”, un collage escénico que alterna la crudeza del testimonio con una poética fragmentada. Esa estructura no es una elección estética inocente, sino una forma de violencia en sí misma, aunque el espectador se encuentre rodeado de un montón de hombres ¿celebrando? algo de lo que no se termina de sentir partícipe. O, mejor dicho, es una reproducción consciente del modo en que la violencia contra las mujeres se consume hoy: a golpes de imágenes, de titulares, de escenas que impactan pero no siempre se integran en una comprensión profunda.
Desde una perspectiva feminista, Utopía en llamas acierta al situar el foco donde pocas veces se coloca con claridad: no en las víctimas como objeto de compasión, sino en el sistema que las produce y las necesita. La autora lo señala de forma directa : España se encuentra entre los países europeos con mayor demanda de sexo de pago, y la mayoría de las mujeres en prostitución son víctimas de trata . La pregunta, entonces, no es solo qué les ocurre a ellas, sino qué ocurre con quienes miran, pagan y sostienen ese circuito.

La obra no responde de manera didáctica, porque no hay discurso explícito, ni pedagogía evidente. Las directoras insisten en que el espectáculo apela “a la tripa” y no a la razón, en una apuesta por lo sensorial, lo visceral. Ese es uno de sus mayores aciertos, y también uno de sus riesgos, porque se convierte en un espectáculo brutal, incómodo, doloroso y descarnado. Como tiene que serlo la trata y explotación.
Convertir la violencia en experiencia sensorial puede ser una forma de devolverle su impacto real —de impedir que el espectador se refugie en la distancia moral—, pero también puede deslizarse hacia una estetización del dolor. La línea es fina, y Utopía en llamas camina constantemente sobre ella sin cruzarla en un ejericcio de equilibrio magistral.
Lo que evita que la obra caiga del todo en esa trampa es su insistencia en despersonalizar el relato para volverlo colectivo. No hay una única protagonista. Ni siquiera Niara, cuyo cuerpo desaparece en el mar, ocupa ese lugar central. Lo que emerge es una red: de mujeres, de trayectorias, de silencios compartidos. Y frente a ellas, una ausencia elocuente: la de los hombres que consumen, que aparecen como fuerza difusa pero estructural.
Este desplazamiento es clave. Durante décadas, la representación de la prostitución en el teatro y el cine ha oscilado entre la romantización y el victimismo. Aquí no hay redención posible, pero tampoco hay sentimentalismo. Lo que hay es una constatación: la violencia no es excepcional, es sistémica.
Sin embargo, el propio dispositivo escénico introduce una tensión que no siempre se resuelve. Al fragmentar la historia en “veinte fotos”, la obra reproduce esa lógica de consumo rápido que denuncia. Cada escena impacta, pero la acumulación puede generar una cierta saturación emocional. El espectador recibe, pero no siempre tiene tiempo de procesar y comprender: es un ejercicio que tiene que hacer después.

En ese sentido, la propuesta dialoga con otras piezas recientes del teatro contemporáneo español que abordan la violencia estructural desde lenguajes híbridos y performativos. Pero aquí el foco en el cuerpo femenino —en su explotación, su desaparición, su resistencia— adquiere una densidad particular. No es un cuerpo metafórico: es un cuerpo atravesado por variables concretas como el origen, el color de piel, el género o la clase, tal y como subraya la propia autora .
Así, la obra no se limita a denunciar la trata como fenómeno aislado, sino que la inscribe en un sistema global de desigualdad. La pregunta sobre si “la pobreza deshumaniza” no es retórica: es el eje desde el que se articula toda la propuesta. Las mujeres que habitan el Utopía no son solo víctimas de una red criminal, sino de una jerarquía mundial que decide qué vidas importan y cuáles pueden desaparecer sin ruido.
La escenografía, el sonido y la coreografía —concebidos como elementos narrativos al mismo nivel que la palabra— refuerzan esa sensación de desorientación constante. El espacio no es estable, el tiempo no es lineal, la identidad no es fija. Todo se desplaza, como se desplazan las propias mujeres en las rutas de trata.
Utopía en llamas mantiene algo que la diferencia de otras propuestas: una incomodidad persistente. No permite al espectador salir indemne. No ofrece una distancia segura desde la que observar. Obliga a preguntarse —aunque sea de forma difusa— por la propia posición dentro de ese sistema. Y esa incomodidad es necesaria. Porque desplaza el foco del “qué les pasa a ellas” al “qué hacemos nosotros”. Y en ese desplazamiento hay una toma de posición clara: la violencia contra las mujeres no es un problema ajeno, sino una estructura en la que todos, de una u otra forma, participamos.
