Desde hace meses me llega constantemente un mensaje a través de las redes sociales. Se supone que es una reflexión que hizo el actor Viggo Mortensen en algún momento. Dice así: “He aprendido que la paciencia es una forma de inteligencia. No todo tiene que resolverse de inmediato, no todo tiene que tener una respuesta clara. A veces, lo mejor que puedes hacer es respirar, observar y permitir que las cosas tomen su curso. La vida no siempre es una batalla que hay que ganar, a veces es un río que hay que aprender a navegar”.
No sé si realmente es suyo. Lo he buscado en algunas de sus entrevistas y nada. Lo único que he descubierto de él, al escucharle atentamente, es que parece ser una persona serena e inteligente. Dicho esto, no se la puedo atribuir como hace todo el mundo. Y aunque me fastidia no confirmar su autoría, me quedo con lo que transmite el contenido.
Será una señal divina o el dichoso algoritmo, la cuestión es que está ahí cada vez que lo necesito. Me obliga a detenerme en seco. Lo leo y me lo aplico. Al texto sólo le añadiría un punto. Creo que también conviene relativizar los pequeños problemas a los que nos enfrentamos en el día a día. No es bueno transitar por una montaña rusa emocional y hay disgustos que nos podemos ahorrar.
La sociedad de la inmediatez nos ha contagiado sus prisas. El móvil es nuestro nuevo apéndice. Vamos todos acelerados y no reparamos en nada. Lo queremos todo para ya y la frustración se apodera de nosotros. Las agendas dan vértigo, pensar en lo que hemos hecho y en todo lo que nos queda por hacer. Nos acostamos exhaustos siendo conscientes de que la jornada siguiente será similar, sin encontrar apenas un momento para respirar.
Por eso cuando cayó en mis manos ‘Mil cosas’ de Juan Tallón me sentí identificada. Me reconocí en varias de sus páginas. Esta novela es una oda al estrés. Narra la vida de una pareja con su bebé que afronta el último día de trabajo antes de irse de vacaciones. Yo me vi tal cual en el papel del padre. Se llama Travis, es periodista y tiene que cerrar el siguiente número de su revista. Está siempre de los nervios.
Además, me hizo gracia que él definiese mi trabajo mejor que nadie. “Siempre he pensado que uno de los puestos más frágiles de toda organización es el de ‘segundo de a bordo’. Cuesta prescindir de un director, de un jefe, en general, porque saltaría enseguida a la conversación. Reclaman demasiada atención los cambios en la cúspide y dan malísima imagen. Atraen fácilmente la palabra crisis que cualquier corporación intenta evitar. Pero ¿un subdirector? Nada más fácil de dejar caer, oculto entre el brillo del número uno y el espesor del staff que hay por debajo. Su desaparición pasaría desapercibida. Distinto es que el desempeño del segundo resulte decisivo, al asumir muchas veces obligaciones que vienen de arriba y no pocas veces cargas que podrían repartirse entre los de abajo”.
En la página 81 supe el final de la historia. Lo adiviné por un simple detalle que no voy a desvelar para no estropear la novela a nadie. Y me sorprendió conocer que al autor le bastaron 23 días para escribir esta obra. Interrumpió otra que estaba haciendo para desarrollarla. Tallón explica que sus protagonistas se desenvuelven “sin respiro, en la pura acción, exprimidos por el trabajo, la velocidad, el ir y venir, los sobresaltos, la ansiedad. Están tan metidos en la espiral del estrés cotidiano que, como casi todo el mundo, no tienen tiempo de preguntarse adónde vamos, qué vida es esta”. ¿Os lo habéis planteado vosotros alguna vez? ¿También lleváis un ritmo frenético? Pues hay que parar.
La paciencia desespera, la paciencia se agota, la paciencia se cultiva. Lo que está claro es que con paciencia todo llega. A veces, sin resultado. Otras, con alguna recompensa. Yo reconozco que he ido adquiriendo esta habilidad o virtud con la edad. Antes todo lo ejecutaba con urgencia. Ahora, sin embargo, saboreo cierto placer en la espera. Aguardar a que llegue el momento de ver a alguien, de hacer un viaje o de obtener los resultados de un proyecto. Como el que inicié en abril de 2024 en Artículo 14. Cuando empecé a publicar aquí me propuse llegar a las 100 columnas. Si lo conseguía, me prometí imprimirlas todas juntas en un pequeño libro para regalárselo a mis hijos. A lo mejor en el futuro ni lo abren, pero pienso que así seguiré siempre cerca de ellos. Un rollo sentimental de esos que me pegan mucho. La cuestión es que hoy justo se cumple esa cifra. He llegado a esa meta. Vamos a por las mil.
