A una hora del plazo límite y tras días de amenazas crecientes, Donald Trump dio marcha atrás. El presidente de Estados Unidos anunció este martes la suspensión durante dos semanas de los ataques contra Irán que él mismo había prometido si Teherán no abría el Estrecho de Ormuz. La decisión, comunicada en un mensaje en redes sociales, introduce una pausa incierta en una crisis que había escalado hasta niveles inéditos en los últimos años.
Hasta ese momento, el tono en Washington había sido inequívoco. Trump había advertido de bombardeos contra infraestructuras clave, centrales eléctricas y puentes, e incluso llegó a afirmar que iba a “terminar con toda una civilización” si Irán no cedía antes de las ocho de la tarde, hora de la costa este estadounidense. La amenaza, de una dureza inusual incluso para sus estándares, había disparado la inquietud internacional y tensionado aún más los mercados.

El papel de Pakistán
El nuevo giro de Trump llegó tras intensas gestiones diplomáticas en las que Pakistán desempeñó un papel central. Su primer ministro, Shehbaz Sharif, pidió públicamente a Trump que concediera más tiempo a la negociación y, en paralelo, instó a Irán a reabrir el Estrecho como gesto de buena voluntad. La intervención de Islamabad, uno de los pocos actores con interlocución en ambos lados, contribuyó a desactivar, al menos de forma provisional, el inminente choque.
En paralelo, Irán ha decidido mover ficha. Teherán se sienta a negociar y ha hecho llegar, a través de mediadores, un documento de diez puntos que plantea las bases para un eventual acuerdo. Según distintas informaciones, Washington considera esa propuesta una base “viable” sobre la que trabajar, aunque las conversaciones se encuentran aún en una fase preliminar y sin confirmación oficial detallada por parte iraní.
La tregua anunciada por Trump “de doble sentido”, según sus propias palabras, está condicionada a la “apertura completa, inmediata y segura” del Estrecho de Ormuz, por donde transita una parte esencial del petróleo mundial. Sin ese paso, la amenaza de ataques sigue sobre la mesa, aunque ahora diferida.
La posición de Teherán
En vísperas del ultimátum, el presidente Masoud Pezeshkian apeló al orgullo nacional y aseguró que millones de ciudadanos estaban dispuestos a defender el país. Al mismo tiempo, la decisión de trasladar una propuesta formal sugiere que Teherán busca evitar una confrontación directa sin renunciar a su posición de fuerza.
El Estrecho de Ormuz se ha consolidado como el punto neurálgico de la crisis. Su cierre parcial en las últimas semanas ha sacudido los mercados energéticos y ha elevado el precio del crudo con rapidez. El anuncio de la tregua provocó un alivio inmediato: las bolsas repuntaron y el petróleo registró caídas ante la expectativa de una reapertura, aunque sea temporal.
Pese a ese respiro, el impacto económico ya es palpable. El encarecimiento de la energía se ha trasladado a los combustibles y amenaza con alimentar la inflación a escala global. En Washington, además, la crisis empieza a tener derivadas políticas. Trump, que había planteado una respuesta rápida y contundente, se enfrenta ahora a un conflicto más prolongado y de gran coste político.
¿Reunión en Pakistán?
Diversas informaciones apuntan a la posible celebración de una reunión en Pakistán en los próximos días para avanzar en un eventual acuerdo, con la participación de varios actores regionales además de representantes de Estados Unidos, Israel e Irán.
La comunidad internacional observa con cautela. Naciones Unidas advirtió de que atacar infraestructuras civiles podría constituir un crimen de guerra, y varios aliados europeos han insistido en la necesidad de evitar una escalada militar. La tregua aparece, en este contexto, tanto como un movimiento táctico de Washington como una respuesta a la presión externa.
Mientras tanto, la tensión no desaparece del todo. Estados Unidos ha alertado de supuestos ciberataques iraníes contra infraestructuras críticas, lo que añade una dimensión menos visible pero igualmente relevante al conflicto.
El plan de diez puntos
Durante las próximas dos semanas, la diplomacia tendrá una oportunidad limitada para abrirse paso. La presentación del plan de diez puntos por parte de Irán introduce un nuevo elemento en la negociación, pero no garantiza su éxito. Persisten las diferencias de fondo y la desconfianza entre ambas partes.
La tregua no resuelve la crisis, pero sí la desplaza del terreno de la amenaza inmediata al de la negociación incierta. Todo dependerá ahora de si Washington y Teherán son capaces de transformar este paréntesis en un principio de acuerdo o si, por el contrario, el reloj vuelve a ponerse en marcha hacia una nueva escalada.
