Hablar de Carolina Bonaparte suele llevar casi siempre al mismo punto de partida: su apellido, su condición de hermana menor de Napoleón y su papel dentro de una dinastía que convirtió Europa en un tablero de guerra y propaganda. Pero su historia también se cruza con otro gran mito cultural: Pompeya. No porque ella sacara a la luz por primera vez la ciudad sepultada por el Vesubio, sino porque durante su reinado en Nápoles dio un impulso decisivo a la forma de excavarla, documentarla y presentarla al mundo. En ese sentido, el vínculo entre Carolina Bonaparte y Pompeya no pertenece tanto al descubrimiento inicial como a la construcción moderna de su fama europea.
Carolina Bonaparte, nacida en Ajaccio en 1782, llegó a Nápoles en 1808 como reina consorte junto a su marido, Joaquín Murat, después de que Napoleón lo colocara en el trono napolitano. Fue reina de Nápoles entre 1808 y 1815, y la historiografía napoleónica la recuerda como una mujer ambiciosa, cultivada y con fuerte instinto político. No es casual que en el entorno napoleónico se la presentara como la hermana más parecida al propio emperador.
La visita que cambió su relación con Pompeya
El punto de inflexión llegó el 27 de octubre de 1808, cuando Carolina Bonaparte visitó Pompeya acompañada por Michele Arditi, director de las excavaciones. Según el Parque Arqueológico de Pompeya, aquella visita fue decisiva. Carolina quedó fascinada por el yacimiento y, desde entonces, apoyó con fondos de la casa real una transformación profunda en el sistema de excavaciones. No fue un simple gesto de mecenazgo cortesano. Su intervención ayudó a convertir un conjunto de hallazgos dispersos en un sitio arqueológico coherente, visitable y pensado también para el público.

Ese cambio tuvo consecuencias muy concretas. Para delimitar la extensión de la antigua ciudad, Carolina Bonaparte asignó a un regimiento del ejército francés la tarea de excavar a lo largo del trazado de las murallas. A partir de ahí se pudieron comprar terrenos a campesinos dentro del área arqueológica y mantener abiertos nuevos frentes de excavación, entre ellos los del Foro y los edificios cívicos cercanos. El propio Parque de Pompeya resume el resultado de forma muy clara: por primera vez, la ciudad empezó a tomar “el aspecto de un sitio arqueológico coherente y visitable por los turistas”.
De la excavación al relato: cómo Carolina ayudó a inventar la Pompeya moderna
La importancia de Carolina Bonaparte no se limita al impulso material de las excavaciones. También fue fundamental en algo quizá todavía más decisivo: la documentación y difusión del yacimiento. Uno de sus grandes aciertos fue financiar al arquitecto francés François Mazois, a quien animó a registrar los trabajos mientras se realizaban y a producir planos, dibujos técnicos y estudios de los objetos hallados. Ese trabajo acabaría siendo esencial para fijar una imagen moderna y sistemática de Pompeya.
Hay, además, un detalle revelador. En una carta de 1812 al ministro del Interior italiano, Carolina Bonaparte propuso que se asignara nombre a cada barrio y a cada calle, y que se numeraran las casas para registrar con precisión el lugar exacto de hallazgo de cada objeto. La idea no prosperó entonces, pero medio siglo después Giuseppe Fiorelli la retomó y la convirtió en una de las bases del sistema moderno de catalogación de Pompeya. La reina también sugirió una publicación periódica para informar al público sobre los descubrimientos. Es decir, no solo pensó en excavar: pensó en cómo organizar, narrar y hacer legible el yacimiento.
Una reina ilustrada, pero también una figura de propaganda
Ese interés por Pompeya no fue del todo inocente. El propio Parque Arqueológico de Pompeya recuerda que el entusiasmo de Carolina Bonaparte por la Antigüedad también se enmarcaba en la propaganda napoleónica y en el uso político del pasado para legitimar a la nueva dinastía reinante en Nápoles. Pompeya servía como tesoro arqueológico, pero también como escaparate de una monarquía que quería presentarse como ilustrada, moderna y heredera del prestigio de Roma.

Ahí está parte del interés del personaje. Carolina Bonaparte fue al mismo tiempo una figura culta con intuición para el patrimonio y una soberana muy consciente del valor simbólico de la arqueología. Entendió que excavar ruinas romanas era también construir imagen, autoridad y relato. No hay contradicción entre ambas cosas: precisamente esa mezcla de cultura, cálculo político y sensibilidad estética explica por qué su nombre sigue apareciendo cuando se habla del salto moderno de Pompeya.
El exilio y una memoria injustamente borrada
La caída de Napoleón arrastró también el destino de Carolina Bonaparte. Tras el derrumbe del poder napoleónico y la salida de Murat del tablero europeo, tuvo que abandonar Nápoles en 1815. Pasó años en el exilio y terminó sus días en Florencia, donde murió en 1839, según Britannica. Con el tiempo, su figura quedó sepultada por una doble sombra: la del propio Napoleón y la de una historiografía que durante mucho tiempo celebró más a los excavadores varones que a las mujeres que ayudaron a cambiar la forma de estudiar y mostrar Pompeya.
