Antes de que el sol termine de romper la línea de los tejados, ya se escucha el sonido de un arnés ajustándose, el golpe seco de unas botas, el resuello impaciente de un perro que quiere trabajar. Para la cabo Marta Fernández, ese es el verdadero inicio del día: el instante en que un perro de detector se convierte en herramienta, compañero y esperanza. Porque el perro que hoy aprende a moverse entre escombros será mañana el que encuentre vida bajo un edificio colapsado. Y el mismo perro -o uno como él- será también el que, en una planta de psiquiatría, consiga que alguien que parecía detenido por dentro vuelva a moverse, aunque sea solo para acariciarle el lomo.
Destinada en el Centro Militar Canino de la Defensa -CEMILCANDEF-, la cabo Fernández avanza en el Curso de Búsqueda y Rescate, la formación que enseña a los binomios caninos a entrar en lugares donde el tiempo se vuelve enemigo: huecos estrechos, estructuras inestables, espacios donde la vida -o su rastro- se esconde bajo capas de polvo y silencio.
Ahora mismo es la única mujer de su unidad. “Desconozco realmente cuántas mujeres hay. En el CEMILCANDEF donde estoy destinada, soy la única Guía canino. Diría que aproximadamente un 15% de los Guías caninos son mujeres”. No lo convierte en bandera, pero su presencia abre una grieta en una tradición que durante décadas tuvo un solo rostro. “Los compañeros y jefes me han tratado en todo momento como una más. Me ayudas y exigen igual que a cualquier compañero”.

Su semana se divide en dos mundos. En uno, entrena entre escombros simulados, enseñando al perro a leer el aire, a seguir un olor que cambia, a ignorar el ruido, a confiar en su guía. En el otro, cruza la puerta de la planta de psiquiatría del Hospital Gómez Ulla, donde la misión es distinta, pero igual de urgente.
Un destino que se impuso solo
Marta creció entre perros, gatos, gallinas y urones. Su padre era cazador y siempre tuvo perros. Cuando entró en el Ejército y descubrió que existía una especialidad dedicada a trabajar con ellos, lo supo sin dudar. “Sentí que podía ser útil en situaciones reales. Y supe que quería dedicarme a ello”. Su familia lo celebró: “¡Lo que a ti te gusta! Lo vas a disfrutar muchísimo”, le animaron.
La primera vez que trabajó con un perro de detección sintió respeto. “Los perros de trabajo no son como los de casa. Tienen otras necesidades, otro comportamiento”. Destaca que hay algunos perros detectores de las Fuerzas Armadas a los que se les elige genéticamente y “desde muy cachorros se les nota en el comportamiento y otros que, por mucho que se entrenen, no tienen las capacidades necesarias”.
El primer perro que le asignaron era “peculiar”. Las primeras semanas fueron un reto: dudas, incertidumbre, la sensación de no saber si lograrían entenderse. Pero llegó el punto de inflexión. Paciencia, trabajo, constancia.”Hoy tenemos un vínculo increíble. Con él he aprendido que, igual que con las personas, los prejuicios se desmontan con empatía y tiempo”.

El curso que prepara para lo peor y lo más necesario
El Curso de Búsqueda y Rescate es el mismo para todos los perros. No distingue en el curso entre localizar personas vivas o restos humanos sino que es algo que, bajo el mismo título lo decide la UME, según las necesidades operativas. Pero el entrenamiento es una coreografía precisa. Todo empieza por el olor. Los perros detectores de drogas o explosivos se les enseña uno determinado y actúan con recompensa. “Ponemos muestra de lo que esperamos que el perro encuentre al lado del rodillo y cuando el animal se sienta le damos su juguete. Poco a poco vamos escondiendo el juguete hasta que el perro asocia que cuando en encuentre ese olor y se siente, aparece su juguete”, precisa la cabo Marta Fernández. Y es que la capacidad olfativa les permite “detectar algo minúsculo y que emane muy poco olor”.
¿Y se pasa miedo al saber que estos perros de trabajo se exponen a riesgos extremos? “La situación de riesgo es real, el miedo existe porque nadie quiere tener un accidente, ni por su puesto que sufra el perro. Pero no se nos puede olvidar que la figura del perro de trabajo está para ayudar a las personas y evitar el máximo poner una vida humana en peligro”. ¿Y qué siente cuando un perro de trabajo acierta? “Orgullo y satisfacción. Lo asemejo un poco a los padres cuando ven a alguno de sus hijos sacando a relucir una lección que les has enseñado con mucho esfuerzo y dices todo orgulloso: ese es mi hijo”.
Misión canina
El olor es fuerte, invasivo, genera rechazo. Hay que enseñarles a gestionarlo, a no huir, a convertirlo en señal de trabajo. “Es diferente. Aunque buscas un olor, el de cadáveres les genera aversión. Se trabaja de otra manera”, destaca.
En la parte de terapia el olor no importa sino el carácter. “Necesitas un perro sociable, que se deje tirar del pelo, que quiera jugar, que sea obediente”. Una de las perras que ha llegado a para esta misión era de explosivos: “La probaron y funcionó”. Pero no es lo habitual y “ahora mismo no tenemos ningún perro que haga las dos cosas a la vez. Hay especialidades compatibles, pero no todas”.
Un día acude al CEISFAS, un centro de día para personas con discapacidad física. Allí, el perro se convierte en una herramienta terapéutica: obediencia, juegos, ejercicios que devuelven movilidad, motivación y autoestima.

El otro día entra en la planta de psiquiatría del Hospital Gómez Ulla y ahí ocurre algo que no aparece en ningún manual militar. La presencia del perro cambia la sesión sin necesidad de hacer nada extraordinario. Basta con que esté. Su sola entrada modifica el aire: suaviza los gestos, afloja las manos, abre un espacio donde antes había tensión. Con él se puede trabajar lo que, a veces, las palabras no alcanzan: los afectos, los vínculos, el apego.
El perro invita a moverse -aunque sea un poco-, a estirar un brazo, a seguir un ritmo, a participar en ejercicios que mezclan música, movimiento y juego. No porque el perro los exija, sino porque los facilita. Su presencia permite que la actividad motora despierte, que la mente se active, que la funcionalidad cognitiva encuentre un punto de apoyo. Y, sobre todo, permite algo que en psiquiatría es oro: la risa. Una risa inesperada, pero real; que abre la puerta a la interacción, que refuerza la comunicación, que baja la tensión emocional de quienes llevan días -o semanas- viviendo hacia dentro. El perro no cura. Pero hace posible que todo lo demás empiece a funcionar.

Disciplina y ladridos
¿ Y cómo es un día de un perro militar? La jornada empieza a las 8:00: Deporte, ducha, desayuno. Y después, horas de trabajo: obediencia, búsqueda, ejercicios específicos según la especialidad.
Los perros jóvenes -de unos doce meses- maduran a una velocidad que sorprende. En un año pueden estar listos para intervenir en situaciones reales. “Son meses de trabajo en los que el animal aprende lo que quiere su guía. Ganan confianza, maduran, y todo el engranaje empieza a funcionar”.
El vínculo entre guía y perro no es un tópico romántico: es una herramienta operativa. “De la confianza mutua sale un buen trabajo”. Pero ese vínculo también duele. “Lo más duro es que el perro sufra algo grave, que se lo den a otra persona o que, cuando se jubile, no puedas llevártelo”.
Aun así, Marta no se permite vivir en la anticipación. “Disfrutamos el día a día. Y cuando se van, se les despide con pena, pero también con agradecimiento”. Disciplina y sensibilidad: una combinación que funciona. Marta desmonta la idea de que la disciplina militar es incompatible con la sensibilidad hacia los animales. “Somos personas como cualquier otra. Sabemos dar cariño y también ponernos serios. Es necesario”.
Cuando piensa en el futuro, Marta lo tiene claro:”Me gustaría seguir con la terapia asistida y ayudar en todo lo que pueda. Pero siempre con perros. Para mí es un lujo trabajar con estos animales. Son un regalo”.

