Carmen Arce nunca imaginó que acabaría formando parte de la historia del fútbol español. Cuando era niña, acompañaba a su hermano a entrenamientos y partidos, fascinada por un deporte que todavía parecía reservado a los hombres. Aquel interés, alimentado en una familia donde el fútbol ocupaba un lugar importante, la llevó años después a convertirse en la primera portera de la selección española femenina y en una de las grandes pioneras del fútbol practicado por mujeres en España.
Durante sus primeros años como futbolista recibió el apodo de ‘Kubalita‘, un sobrenombre inspirado en el mítico futbolista László Kubala y que acabaría acompañándola durante toda su trayectoria deportiva. Con ese nombre se abrió paso en una época en la que jugar al fútbol siendo mujer suponía desafiar prejuicios, convivir con la falta de recursos y competir sin apenas reconocimiento institucional.
En el pódcast Tenía la duda de Podimo, Arce recordó cómo fueron aquellos años en los que el fútbol femenino sobrevivía gracias al empeño de sus jugadoras. Desde sus inicios casi por casualidad hasta su paso por la selección española, pasando por los sacrificios que asumieron aquellas pioneras para seguir jugando, la exguardameta repasó una etapa clave para entender los orígenes de un deporte que hoy vive el momento más exitoso de su historia. “Nosotras no pensábamos que estábamos rompiendo barreras“, asegura. “Solo queríamos jugar al fútbol“.
Los orígenes de una pionera
Antes de convertirse en una de las figuras más reconocibles de los inicios del fútbol femenino español, Carmen ya vivía el deporte muy de cerca. En una familia con una profunda afición futbolística, pasó buena parte de su infancia siguiendo a su hermano en entrenamientos y partidos, alimentando una pasión que acabaría marcando su vida: “Siempre que terminaba el entrenamiento ahí estaba yo“, recuerda.
Su entrada en el fútbol organizado llegó gracias a una iniciativa que, sin saberlo, cambiaría el rumbo de muchas jóvenes. Un anuncio publicado en la prensa buscaba mujeres interesadas en formar un equipo y la respuesta superó todas las expectativas. “Para sorpresa de todas se presentaron muchísimas chicas“, explica Arce. De aquel proceso surgió un grupo de alrededor de treinta futbolistas que comenzó a entrenar y a dar forma a uno de los proyectos pioneros del fútbol femenino en aquellos años.
Fue también en esa etapa cuando nació el apodo que terminaría acompañándola durante toda su trayectoria. Sus compañeras empezaron a llamarla ‘Kubalita‘, que rápidamente se convirtió en parte de su identidad. Décadas después, sigue recordándolo con cariño y asegura que lo lleva “con orgullo“.

El fútbol por encima de todo
Las primeras futbolistas españolas desarrollaron su carrera en una sociedad que todavía asociaba el fútbol casi exclusivamente al mundo masculino. Los prejuicios existían y las mujeres que decidían saltar al campo tenían que convivir con una realidad muy distinta a la actual. Sin embargo, Carmen asegura que aquellas dificultades apenas ocupaban sus pensamientos: “Nosotras no pensábamos que estábamos rompiendo barreras“, afirma. “Estábamos en jugar al fútbol“.
Lejos de verse como pioneras o referentes, ellas vivían el deporte con naturalidad. Su objetivo era disfrutar de aquello que más les gustaba. Con el paso de los años, aquella generación acabaría convirtiéndose en una pieza fundamental para entender el crecimiento del fútbol femenino en España, aunque entonces ninguna de ellas era consciente de la huella que estaba dejando.
Lo que las unía era algo mucho más sencillo: la pasión por el fútbol y las ganas de seguir jugando pese a los obstáculos que encontraban en el camino.
El sacrificio de las pioneras
Practicar fútbol femenino en aquellos años exigía una dosis extra de esfuerzo. Lejos de las estructuras profesionales que existen en la actualidad, las jugadoras afrontaban entrenamientos, desplazamientos y competiciones movidas únicamente por su pasión por el deporte. El fútbol ocupaba el tiempo libre que les dejaban los estudios, el trabajo o las obligaciones familiares, y casi siempre requería sacrificios personales: “Teníamos compañeras que venían de 30 o 40 kilómetros para entrenar“, recuerda.
Los partidos tampoco eran sencillos de afrontar. Los desplazamientos podían alargarse durante horas y era habitual emprender viajes de madrugada para jugar en otra ciudad y regresar a casa el mismo día. Todo ello sin ayudas económicas y con recursos muy limitados, en una época en la que las futbolistas tenían que costearse buena parte de su actividad deportiva.
A pesar de las dificultades, pocas se planteaban renunciar. La ilusión por jugar compensaba el cansancio, los kilómetros y los obstáculos que aparecían en el camino. “Cuando algo te gusta tanto, no piensas en todo lo demás“, explica Arce, recordando una realidad en la que la pasión por el fútbol era el motor que sostenía todo lo demás.
El día que dejó el fútbol
Si hay un recuerdo que todavía emociona a Carmen Arce es el de su retirada. Después de años dedicados al fútbol, una complicada situación familiar marcada por la enfermedad de su madre la obligó a apartarse de los terrenos de juego cuando el deporte ocupaba una parte fundamental de su vida: “Fue dolorosísimo“, reconoce.
La decisión no solo puso fin a su etapa como futbolista, sino que también provocó un distanciamiento emocional con todo lo que había rodeado al fútbol durante años. La exguardameta recuerda aquel periodo como una etapa especialmente difícil, hasta el punto de que prefirió alejarse por completo de un deporte que había sido su gran pasión: “Hubo una época en la que no quería ni oír hablar de fútbol“, admite.
Con el tiempo, esa herida fue cicatrizando, pero durante años el fútbol dejó de ser un refugio para convertirse en el recuerdo de una despedida que nunca había deseado.

Reconciliarse con el pasado
Durante años, Carmen Arce mantuvo el fútbol a distancia. El dolor con el que puso fin a su carrera la llevó a apartarse de todo aquello que le recordaba una etapa tan importante de su vida. Sin embargo, el paso del tiempo terminó brindándole la oportunidad de mirar atrás desde otra perspectiva.
Ese punto de inflexión llegó gracias al documental “Algo más que una pasión“, un proyecto impulsado por el periodista Carlos Troncoso para recuperar la memoria de las mujeres que ayudaron a construir los primeros capítulos del fútbol femenino en España. La entrevista que le realizó para la producción acabó convirtiéndose en algo mucho más profundo que una simple conversación sobre deporte: “Me hizo hablar del fútbol, de mi padre y de todo lo que había significado para nosotros“, recuerda.
Rememorar aquellos años, recordar a las compañeras con las que compartió vestuario y volver a poner en valor una historia que durante mucho tiempo había permanecido en segundo plano tuvo un efecto inesperado: “Ahí fue cuando empezó a curarse la herida“, confiesa.
Desde entonces, Arce ha recuperado la ilusión por seguir de cerca el fútbol. Acude a los estadios, sigue los partidos de la selección española y disfruta observando cómo las nuevas generaciones pueden desarrollar sus carreras en un contexto muy diferente al que conoció ella. Una forma de reencontrarse no solo con el deporte, sino también con una parte fundamental de su propia historia.
El premio a las pioneras
Después de haber vivido los años más difíciles del fútbol femenino, Carmen observa con satisfacción el camino recorrido. La realidad que conoció como jugadora poco tiene que ver con la actual. Donde antes apenas existía visibilidad, hoy hay estadios llenos, grandes audiencias y una selección española que se ha convertido en una referencia internacional: “Todas esas cosas son positivas“, asegura.
Aunque considera que todavía quedan retos por afrontar, la exguardameta destaca la transformación que ha experimentado el deporte en las últimas décadas. Para alguien que compitió sin estructuras profesionales y en un contexto marcado por los prejuicios, ver a las futbolistas actuales desarrollar sus carreras en mejores condiciones supone una recompensa difícil de describir.
Arce insiste en que ni ella ni sus compañeras se veían como pioneras. Nunca jugaron pensando en cambiar el futuro del fútbol femenino ni en ocupar un lugar en la historia. Sin embargo, con cada entrenamiento, cada viaje y cada partido contribuyeron a abrir una puerta que durante mucho tiempo había permanecido cerrada.
Décadas después, el crecimiento del fútbol femenino es también el reflejo del esfuerzo de aquella generación. Mujeres que jugaron por pasión, sin imaginar que su empeño acabaría ayudando a transformar para siempre el panorama del deporte español.

