Teresa Perales recibía a Artículo14 en una mañana soleada en el CAR de Madrid, concretamente en la residencia Joaquín Blume. Una agradable charla desde la recepción amparaba el paseo que teníamos por delante hasta llegar a la pista de atletismo, donde tuvo lugar la conversación.
La nadadora se define a sí misma con tres adjetivos que, pronunciados con su inconfundible acento y su perenne sonrisa, suenan a declaración de intenciones: “cabezota, constante y cero rencorosa”. Calificativos que relaciona con su condición de aragonesa. Perales realizó una metáfora al respecto: “Todos los pueblos que han pasado por Aragón y su corona a lo largo de la historia, y no le tenemos rencor a ninguno de ellos”, reflexionaba Teresa Perales. Zaragoza ha hecho a su imagen y semejanza a la exitosa nadadora.

La neuropatía que creó una gigante
Para Perales, que fue premio Mujeres Excelentes de este periódico, la neuropatía que le quitó la movilidad de las piernas a los 19 años es un dato biográfico, en ningún caso un drama. “Para mí lo habitual, lo normal, era ya no mover las piernas. He vivido mucho más de la mitad de mi vida sin usarlas, así que no he tenido esa sensación de pérdida conforme ha ido pasando el tiempo”, explica con una naturalidad asombrosa.
El verdadero golpe llegó décadas después. En 2023, la misma afección nerviosa le afectó a la movilidad del brazo izquierdo. Para una mujer cuya vida y profesión orbitaban entonces hacia los JJOO de 2024, supuso mucho más que la primera vez con 19 años. “Me afectó no solo en el día a día, sino en algo que para mí era muy importante: nadar y competir”, confiesa. Acostumbrada a dominar su cuerpo en el agua, de pronto se vio ante la posibilidad de no volver a subir a un podio.

El Campeonato del Mundo de Mánchester en 2023 fue testigo de su momento más amargo. Obsesionada con intentar mover un hombro que ya no respondía, perdió el foco en la carrera. “Me salió fatal. Es la primera vez en toda mi carrera deportiva que volví a casa sin ninguna medalla. Se me hizo muy duro pensar: si aquí, que es donde más quiero moverlo, no lo puedo usar… es que no lo voy a mover”. Pero la cabezonería aragonesa entró en juego. En un lapso que para el resto del mundo es un suspiro, pero que para un deportista de élite es una eternidad, Perales tuvo que aprender a nadar por tercera vez en su vida. Un año después, en los Juegos Paralímpicos de París, volvió a ganar.
La sirenita del Ebro vs el tiburón de Baltimore
A pesar de acumular metales a un ritmo vertiginoso desde Sídney 2000, hubo un momento exacto en el que el gran público giró la cabeza para mirarla. Fue en Londres 2012. Teresa Perales alcanzó las 22 medallas paralímpicas, empatando con el gigante de la natación olímpica.
“Ese titular me puso en el mapa: Michael Phelps, tiburón de Baltimore, 22 medallas olímpicas; Teresa Perales, sirenita del Ebro, 22 medallas paralímpicas“, recuerda con una amplia sonrisa la nadadora. Hasta ese momento, Perales bromea con que solo la conocían en su barrio de Zaragoza. Aquel hito mediático no fue casualidad. En Inglaterra, Channel 4 había lanzado una campaña sin precedentes igualando el trato, la publicidad y el espacio de los deportistas olímpicos y paralímpicos. “Aquel titular igualaba a un deportista olímpico con una paralímpica, pero además a un hombre y a una mujer”, subraya. La comparación es perfecta, un deportista hombre y una deportista paralímpica y mujer, puestos a la misma altura. Una comparación para la igualdad perfecta, que no pasó desapercibida.

Han pasado 25 años desde sus primeros Juegos, y Perales ha sido testigo de primera fila de la transformación social y legislativa de España. Recuerda cuando, en sus inicios con la silla de ruedas, su madre tuvo que pelear durante años para poner un ascensor a pie de calle en su edificio porque la negativa de un solo vecino paralizaba la obra. Hoy, la ley ampara al usuario, si ella demanda la adaptación de un espacio, la ley le ampara; aunque Perales reconoce que el sistema sigue fallando en la España vaciada o en viviendas antiguas.
Sin embargo, el mayor avance no está en la legislación, sino en la mirada del otro. “Es una mirada social mucho más amable, que juzga menos”, afirma. Una evolución a la que el deporte ha contribuido de forma decisiva al sacar la discapacidad del ámbito de la compasión y llevarla al del alto rendimiento. Aún así, la nadadora admite una cierta incongruencia en cómo recibe los reconocimientos: “no sé cuántos premios a la ‘superación’ tengo. A veces una piensa: creo que tengo algo más que superación. Lo que teníamos que superar, ya lo hemos superado”. Perales reivindica que se valore el logro deportivo intrínseco, recordando que atletas como Phelps encontraron en el agua un refugio para su hiperactividad, historias de “superación” que el deporte olímpico integra con absoluta normalidad.
Salud mental e inteligencia emocional
Cuando Teresa Perales habla de salud mental, no lo hace desde la teoría, sino desde perspectiva de una piscina olímpica. Describe el deporte de élite como una “burbuja tremendamente exigente”, similar a una oposición continua donde un mal día derriba años de trabajo.
La presión se siente realmente en los instantes previos a lanzarse al agua. El ruido atronador de la grada se apaga de golpe. El juez pronuncia el “Take your marks…” y un pitido marca el inicio. “Tienes que ser la más rápida en saltar. En París gané por tres centésimas de segundo, que no es nada. Hay que estar muy preparada”. ¿Su estrategia para sobrevivir a ese juego psicológico? La desdramatización. En la cámara de llamadas, mientras otras rivales visualizan la carrera con rostros de hielo, Perales sonríe y habla con todo el mundo. Le encanta hablar con la gente instantes antes de subirse al poyete o tirarse a la piscina. Su simpatía natural y su sonrisa le avalan en esta declaración. “Siempre pienso: qué más da, solo son medallas. Ni le he salvado la vida a nadie, ni he cambiado el mundo, no me juego la vida compitiendo”.

Esta visión pragmática y sana del éxito es el motor de la Fundación Teresa Perales, un proyecto cimentado sobre tres pilares: el deporte inclusivo, la inteligencia emocional y la ayuda humanitaria. Un proyecto que, paradójicamente, lleva casi dos años atrapado en la burocracia porque en un registro oficial no entendían “qué tenía que ver la inteligencia emocional con el deporte”.
Para Teresa, lo es todo: “Nos quejamos de los casos de suicidios de deportistas cuando dejan su carrera. Ganar te lleva a la cima, y no ganar te hace sentir que no eres nadie. Cuando entiendes que ni la cima es eterna ni el drama es eterno, convives mucho mejor con el equilibrio y te quitas de en medio la frustración”. Algo tan sencillo nos atormenta día a día. Ganar o dejar de hacerlo es la manera de sentir felicidad deportiva, pero cuando llegan las derrotas, aunque se prolongue en el tiempo nunca va a ser para siempre. Perales reflexiona sobre esto, entendiendo que el drama, al igual que la victoria, nunca van a ser eternos; y estar preparado para ello, es importantísimo.
Ese mismo impulso por intervenir en el mundo real le llevó, al estallar la guerra en Ucrania, a organizar un operativo de rescate logístico desde su teléfono móvil. Tras contactar con Yelena, una antigua rival que huía de las bombas con sus hijos hacia un centro de alto rendimiento lleno de refugiados con discapacidad, Perales vació una farmacia en Zaragoza comprando sondas, antibióticos y geles hemostáticos. Tirando de contactos, que a día de hoy guarda en su móvil bajo el nombre de “Grupo de la resistencia ucraniana”, logró que la Generalitat Valenciana donara una ambulancia llena de material médico que, a día de hoy, sigue operando en Ucrania. “No participo solo colaborando económicamente, que eso no tiene gracia; me gusta meterme en el barro”, confiesa con orgullo.
Los Ángeles 2028
Hace pocos días se colgó su medalla cien, y la fundación Mapfre ha premiado su trayectoria con el galardón “A toda una vida”. Sin embargo, la aragonesa no siente que haya acabado de darlo todo.
La trayectoria deportiva de Teresa Perales y su impacto social han sido reconocidos recientemente con el Premio Mujeres Excelentes de Aragón, otorgado por Artículo 14. Este galardón tiene como objetivo dar visibilidad al liderazgo femenino y destacar a mujeres de la región que son referentes en sus respectivos ámbitos. En el caso de la nadadora zaragozana, el premio subraya su papel como figura clave no solo en la historia del deporte de élite, sino también en la normalización de la discapacidad y el fomento de la inclusión en la sociedad.
Teresa Perales lleva amenazando con retirarse desde los Juegos de Atenas en 2004. Pero la historia sigue reescribiéndose. Tras igualar a Phelps y superar todas las expectativas en París 2024, el horizonte tiene ahora un nombre claro: Los Ángeles 2028.
Las matemáticas de su ambición son prácticamente perfectas. Empezó a competir con la selección española en 1998. Si logra clasificarse y subir al podio en la ciudad californiana, cerrará un círculo irrepetible. “O sea, ahora llevo 30 años compitiendo con la selección… Si en Los Ángeles gano medalla, serían 30 años, 30 Juegos… 30 medallas. Sería espectacular”, calcula con emoción y una gran sonrisa. La nadadora asegura que con una sola medalla, ya superaría a Phelps, pero su ambición y su condición aragonesa le propone nuevos retos constantemente, quiere ganar dos medallas en Los Ángeles para cerrar un círculo perfecto: 30 años de JJOO y 30 medallas. En su muñequera lleva todos los JJOO que ha disputado, Perales afirma que nada más conseguir la clasificación deberá hacerle sitio a Los Ángeles 2028.

A la pregunta como quiere que le recuerden cuando ya no se lance al agua para competir, una vez más sacó a pasear su humildad: “quiero que se acuerden de la sonrisa, la cercanía. Alguien que fue simpática, a la que nunca se le subió nada, y que siguió adelante pasara lo que pasara”, reflexiona.
Y para explicar esa huella, recurre a una lección que le dio su hijo cuando apenas tenía cuatro años. Tras preguntarle qué era el alma y escuchar a su madre enredarse en una explicación filosófica que ni ella misma llegó a entender, el niño lo resumió con una lucidez aplastante: “Entonces, mamá, el alma en realidad es lo que nunca muere, ¿no?”. Ese es, precisamente, el legado de Teresa Perales. Un espíritu incombustible que trasciende el deporte, un alma de 30 quilates que, pase lo que pase en Los Ángeles, ya es inmortal. Su simpatía, su sonrisa y sobre todo su humildad, hacen que sea, además de nadadora profesional, una gran persona. Con su amable y cariñoso trato en Artículo 14 nos queda claro que es una gran profesional y sobre todo, el porqué de su éxito.
Valores como la humildad, la resiliencia, el respeto y la disciplina, además de estar rodeada de un entorno fantástico, hacen que, siempre mantenga las ruedas en el suelo.

