Cuando los talibanes llegaron a su barrio de Herat en 1996, Roya Mahboob tenía siete años y una bicicleta. Jugaba en el patio de su casa con un pañuelo rojo cuando vio aparecer un jeep lleno de hombres armados. Gritaban a su padre en una lengua que ella apenas entendía. Después de aquella escena, nunca volvió a salir a jugar sola.
“Mi familia me quitó el pañuelo rojo y me obligó a vestir de negro, como todas las demás niñas”, recordaría años después.
Una infancia sin vida escolar
Los talibanes comenzaron a entrar casa por casa. Buscaban libros, cintas de vídeo, televisores. Todo lo que pudiera ser una ventana al exterior terminaba ardiendo en la hoguera montada en mitad de la calle. Para ella fue duro ese cierre repentino del mundo. Dejó de ir a la escuela. Se quedó sin matemáticas, sin literatura, le quedaron las clases religiosas impartidas por un mulá que, según ella misma ha contado, ni siquiera sabía leer. “Todos los caminos hacia el conocimiento quedaron cerrados”, explicó.

Décadas después, aquella niña se convertiría en la primera mujer afgana en fundar y dirigir una empresa tecnológica. También sería una de las primeras emprendedoras del país en utilizar bitcoin para pagar salarios a mujeres sin cuenta bancaria. Y terminaría entrando en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo de la revista Time antes de cumplir los 26 años. Mientras en Afganistán, el acceso femenino a la educación continúa siendo uno de los principales campos de batalla ideológicos, ella lucha desde Nueva York contra los hombres armados que le arrebataron su infancia hasta que su familia huyó a Irán. Su padre, de convicciones seculares, consideró imposible criar a sus hijos bajo el nuevo orden religioso.

Vocación por la programación desde el primer momento
En Irán vivieron como refugiados. Mahboob creció sintiéndose ciudadana de segunda categoría. La educación seguía siendo limitada y profundamente religiosa. Las bibliotecas y librerías estaban vetadas. Sin embargo, su vida cambió cuando su familia decidió regresar a Afganistán en 2003, tras la caída de los talibanes y la invasión estadounidense. De vuelta en Herat, escuchó el rumor de que existían unos locales llenos de ordenadores capaces de conectar a las personas con el resto del mundo. Las mujeres no podían entrar solas en esos cafés de internet y Mahboob convenció a un primo para que la acompañara. “Ese día me enamoré del ordenador” recuerda.
Poco después logró reunir a quince chicas para abrir un curso de informática impulsado por Naciones Unidas. Aprendió programación, e ingresó en la Universidad de Herat para estudiar Ciencias de la Computación. Mahboob trabajó primero en el departamento informático de la universidad y después colaboró con proyectos internacionales para desarrollar infraestructuras digitales en Afganistán. Aprendió inglés para comunicarse con profesores extranjeros y empezó a construir una red de contactos con organizaciones internacionales.
En 2009, durante una reunión con Paul Brinkley, entonces subsecretario adjunto de Defensa de Estados Unidos, alguien le preguntó por qué no creaba su propia empresa tecnológica. Afganistán apenas tenía industria digital y las mujeres empresarias eran casi inexistentes. Así nació Afghan Citadel Software Company.

Eligió el nombre por la gran ciudadela histórica que domina Herat desde hace siglos. Quería que su empresa fuese una fortaleza. Un lugar seguro para mujeres que querían trabajar en tecnología. “Citadel era mi castillo de programación”, explicaría después. Comenzó con pequeños contratos relacionados con tecnología y consultoría para organismos internacionales y el Gobierno afgano. Reinvirtió los ahorros que había conseguido trabajando para la universidad y el Ministerio de Educación. Más tarde recibió financiación privada de un empresario italiano que había visto un documental sobre su historia. “Citadel era un 85% femenina. Para casi todas aquellas mujeres era su primer empleo”, explicó.
Bitcoin: independencia económica
Mahboob entendió antes que muchos organismos internacionales que el acceso femenino al trabajo en Afganistán dependía también de crear espacios seguros y culturalmente asumibles. A la vez lanzó WomanNX, una plataforma para que estudiantes afganas pudieran trabajar desde casa subiendo contenidos, traduciendo documentos o escribiendo textos. El problema llegó cuando quiso pagarles.

Muchas no tenían cuenta bancaria. O necesitaban permiso del marido, del padre o de un hermano para abrir una. El sistema tradicional de envío de dinero, la hawala, era lento e inseguro. En 2013, un socio italiano le habló de bitcoin, moneda digital que podía enviarse entre teléfonos móviles sin bancos de por medio. Mahboob vio inmediatamente su potencial para las mujeres afganas. “Si les daba dinero en efectivo, sus padres, maridos o hermanos podían quitárselo”, contó.
Enseñó a sus empleadas a instalar monederos digitales y comenzó a pagar parte de los salarios en bitcoin. Muchas podían guardar por primera vez dinero propio sin depender de hombres de su familia. “Las chicas estaban felices de tener por fin un dinero que los hombres de sus vidas no podían arrebatarles”, dijo. “Les daba seguridad”. En 2014 creó Digital Citizen Fund, una organización centrada en enseñar competencias digitales a niñas y mujeres afganas. Programación, informática, alfabetización digital y también formación sobre blockchain y criptomonedas. “Bitcoin no discrimina por género”, defendía. Miles de mujeres pasaron por esos programas antes del regreso de los talibanes al poder en 2021.
Para entonces, Mahboob era una figura internacional. Fue incluida entre las personas más influyentes del mundo por la revista Time, participa en foros globales sobre tecnología y derechos humanos y ha creado el equipo de robótica Afghan Dreamers, formado por adolescentes afganas pese a las amenazas y las restricciones culturales. Con los talibanes de nuevo en el poder, las jóvenes formadas por Mahboob han abandonado sus estudios. Ella insiste en que el mundo no puede mirar hacia otro lado. “No debemos olvidarlas. Las mujeres afganas merecen las mismas oportunidades y los mismos derechos para ir a la escuela, trabajar y acceder a la justicia”. Mahboob suele repetir que la educación no debería utilizarse jamás como arma política. “No estamos en los años noventa”, dijo tras la vuelta de los talibanes. “Las mujeres y niñas afganas no van a renunciar a sus derechos”.

Desde Nueva York, donde pasa gran parte del año, sigue trabajando en proyectos educativos y tecnológicos para mujeres afganas atrapadas dentro del país y continúa utilizando bitcoin como sistema de ahorro y transferencia de dinero hacia Afganistán, especialmente en contextos donde las restricciones financieras dificultan las operaciones bancarias tradicionales.
La niña que vio arder libros y videos en las calles de Herat contra la libertad de expresión ha construido un imperio digital para que otras niñas puedan escapar de una vida decidida por otro. En un país feudal, donde las mujeres no tienen derecho a hablar, Mahboo lucha por ellas con los medios del futuro.

